El Mundo Today

2011/10/08

Mujer frente al mar

Ahí estaba ella.
De espaldas a mí.
Frente al mar.
Los codos apoyados en la barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante, dibujando en su espalda una ladera que moría en la suave elevación de las nalgas.
Esa tarde no llevaba el vestido acostumbrado, ese leve dibujo de tela blanca que caía de sus hombros desnudos acariciándola al son de la brisa, trazando sus formas allí donde el viento quisiera ceñirla. Esa tarde, el tejido gris de su chaqueta escondía la piel que me tenía obsesionado desde hacía tiempo y un nuevo aire elegante parecía hacerla más inasequible que nunca. Tal vez por eso, esa tarde, me acerqué a ella.
Me apoyé en la barandilla, justo a su lado. El rompeolas es un lugar alejado y solitario, pero ella parecía no dar importancia a mi proximidad. Sus gafas oscuras seguían dirigidas hacia algún punto del mar. Su inmovilidad espoleó mi audacia y permití que mi mano, guiada por su propio impulso, acariciara suavemente la media allí donde la falda le permitía nacer.
Un leve respingo. Sólo eso, y una ola que se encrespó levemente. Nada más. Ella no dijo nada, ni siquiera se movió, mantuvo su postura y prendió el cigarrillo que pendía de sus labios. Y mientras mi mano dibujaba la cara interna de su muslo, la dura línea de su nalga, el suave límite de su braga, yo supe que ella no iba a entregarme su mirada. No quería verme ni saber quién era. No iba a volverse, me concedía su espalda y se entregaba a mi caricia con la falta de pudor del que está solo, elevando un poquito sus nalgas, arqueando de forma casi imperceptible la cintura y moldeando entre sus labios el humo del cigarro.
Su vulva era una esponja caliente que palpitaba en la yema de mis dedos, que la recorrían sin prisa una y otra vez, saboreando golosos la hinchazón cada vez más evidente. Ella empezó a gemir muy bajito, de forma acompasada al ritmo de las olas, cabalgando en ese mar que me robaba su mirada y que a cada instante yo sentía más bravío.
Echó la cabeza atrás y en un instante su respiración se transformó en algo ronco y agitado y mis sienes comenzaron a latir llevando calor hasta mis ojos y todo se aceleró.

Tras unos instantes de silencio, ella, siempre de espaldas a mí, se ordenó con paciencia sus prendas, se ajustó las gafas y se alejó. Sólo entonces me dí cuenta de que un hombre la esperaba en un coche.



<< Pág. de un diario

Reto nº 5 >>

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