El Mundo Today

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2012/05/16

Mano de santo

Una historia que me nos ha enviado Ignacio

Durante bastantes años, trimestralmente, recibí en mi domicilio una revista de divulgación de los tremendos logros y gloriosas empresas del Opus Dei. No sé bien cómo llegaron mis datos a formar parte de su archivo, pero siempre sospeché de un antiguo compañero de gimnasio que cojeaba de rezos e irradiaba proselitismo.
He de decir que soy ateo y poco amigo de los intentos publicitarios de captación a ninguna causa. Añadiré que tuve en mi mocedad una novia que, estudiando la carrera, cayó temporalmente en manos de la Obra y apartó totalmente las mías de su cuerpo durante más de un año, dejando en mi interior cierto rencor hacia aquellos bienintencionados educadores que me proporcionaron un inolvidable periodo de restricciones amorosas.
Nunca leí la revista, ni siquiera abría el sobre. Pasaba intacto del buzón a la basura hasta que un día, por curiosidad, decidí hojearla. Tras unas primeras páginas dedicadas al autobombo de la causa y a un rancio abanico de datos biográficos del fundador, descubrí una jugosa sección titulada Nos escriben donde agradecidos lectores relataban supuestos milagros conseguidos gracias a una estampita de Monseñor Escrivá. Todos estaban relacionados con desequilibrios morales de algún desdichado familiar o amigo que obtenía la intercesión del beato sin haberla solicitado. Alcohólicos redimidos, parejas desenamoradas devotamente reunidas, señoritas de dudosa conducta devueltas al redil... Todo un desfile de hijos pródigos rescatados de la degeneración con el sencillo procedimiento de la postalita, un par de oraciones del lector benefactor y, naturalmente, un donativo económico a la Obra.
Digamos que no me convenció. De hecho, me sentí poco inclinado a seguir recibiendo el panfletillo y, sobre todo, a que mis datos personales permanecieran en un protocolo en el que yo no había solicitado ingresar.
Escribí una carta rogándoles amablemente que tuvieran la cortesía de darme de baja. Con el siguiente envío trimestral descubrí que habían hecho caso omiso de mi misiva por lo que remití una segunda algo menos cortés que la anterior. Ni caso.
El fracaso de la tercera me hizo pensar que no iba a haber forma humana de que se olvidaran de mi dirección postal y casi había capitulado cuando se me ocurrió escribirles la epístola que adjunto a continuación:

“Muy señores míos:
Les agradecería profundamente que incluyeran esta modesta aportación de mi experiencia personal en la sección Nos escriben de su instructiva revista.
Yo era un hombre normal y feliz hasta que cierto desengaño amoroso me sumió en una profunda impotencia sexual. Hasta ese día he de decir que no sólo gozaba de un perfecto funcionamiento sino que era capaz, de vez en cuando, de alguna proeza no exenta de mérito. Sólo por citar un ejemplo les diré que en cierta ocasión tuve la oportunidad de pasar la noche con tres hembras a las que, si he de creerlas, fui capaz de satisfacer plenamente. Pero todo ese mundo de placer había desaparecido para mí. Mi polla no se me levantaba y yo debía conformarme con recordar nostálgicamente la tensión en la bragueta, las cabalgadas sobre bellas mujeres, el festival de eyaculaciones.
Puse todos los medios a mi alcance, pero ni los mejores tratamientos médicos ni los cuidados de las más excitantes y morbosas prostitutas conseguían despertar mi pajarito. Un amigo que me quiere bien me proporcionó una estampita de Monseñor Escrivá, y yo, más por no despreciar el ofrecimiento que por convencimiento de sanación, recé la oración, enrollé la postalita haciendo con ella un canuto adaptado a mi mano y comencé a masturbarme con ella.
El milagro fue poco menos que instantáneo. La erección monumental. La eyaculación prodigiosa.
Caí al suelo de rodillas preso del fervor y del orgasmo. No podía creerlo. Comencé a entonar un emocionado ‘Señor, no soy digno...’ y descubrí que la erección se recobraba. Sin dejar de cantar, me hice tres pajas. No cupe en mí de gozo.
Desde entonces he recuperado la alegría de vivir. Tengo múltiples amantes agradecidas y disfruto increíblemente de los servicios de las profesionales.
El donativo lo enviaré más adelante, en este momento no me viene muy bien.

Atentamente, etc.”

 Creo haberlo conseguido. Hace dos años que, milagrosamente, no recibo la revista.

Autor: Ignacio

2012/04/19

Reto n.º 10

Querido amigo:
Muchas veces ocurre que no somos plenamente conscientes de nuestros sentimientos hasta que encontramos las palabras para definirlos y cuando esas palabras no existen, o las desconocemos, lo mejor que podemos hacer es inventarlas. Eso es lo que yo he hecho; he creado la palabra audiofilia, que significa: “Placer intelectual de índole sexual que se experimenta al escuchar narraciones eróticas”.
Creo que tú y yo siempre hemos sido audiófilos, por eso te propuse el juego de las lobotomías y por eso tú entraste tan rápidamente al trapo; pero ha sido a raíz del último reto cuando me he dado verdadera cuenta de que abrigo esta parafilia. Y ahora que lo he descubierto me propongo cultivarla con mimo; voy a utilizar todo tipo de argucias para que mis amigos me solacen contándome historias que les hayan lobotomizado.
Me gustaría que fueras mi cómplice en esta nueva aventura. Su premio será una bonita colección de lobotomías reales.

Y tú, desocupado lector, también puedes ser nuestro compinche. Envíanos tus lobotomías a tomstrbd@gmail.com
A ser posible, con una imagen que la ilustre.



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<< Donde habitan los monstruos
Première lobotomie >>

2012/04/04

Las vueltecillas

Una historia que me ha contado Ponciano
A finales de los años cuarenta nos mandaron al pueblo un cura majísimo, el mejor que habíamos tenido desde la guerra. Fíjate si era bueno que un día fue a la capital, vio a un pobre descalzo y le regaló sus zapatos y todo el dinero que llevaba encima. Como no le quedó ni para el autobús, tuvo que volver al pueblo andando y descalzo. Era un santo aquel hombre, sólo tenía un defecto: le gustaba hacernos pajas a los monaguillos y, además, de un modo especial. Pillaba a uno, le abría la bragueta, le metía la mano en los calzoncillos y con un dedo le daba vueltecillas a su colilla hasta que se la ponía tiesa. Y no te creas que nos la meneaba a escondidas, no; cuando le metía mano a un monaguillo lo hacía delante de los demás. Al que le tocaba la china tenía que aguantar marea y encima soportar las risitas de los otros.
Recuerdo que una vez me puse enfermo y el cura vino a visitarme. Se sentó en la cama, apartó las sábanas, me bajó el pijama y empezó con las vueltecillas de marras. Pero esa tarde se calentó más de lo normal, quizá por verme en la cama y con tan poca ropa. El caso es que lo vi sudar y jadear de tal manera que me entró miedo. Menos mal que se me ocurrió gritar:
-¡Madre, tráigame un vaso de agua!
Rápidamente me subió el pijama, me tapó y puso cara de bueno: Si aquel día no llegó a andar tan listo, no sé qué hubiera pasado.
En esa época se les tenía tanto respeto a los curas que no nos atrevíamos a protestar, y ni se nos pasaba por la cabeza contárselo a nuestros padres. Así que desde los ocho a los diez años tuve que soportar las pajillas de aquel buen señor una semana sí y la otra también.
-Pero si se os ponía tiesa es que os daba gustirrinín…
-Yo no sé si me daba gustirrinín o no, lo que sí te digo es que la primera vez que me la meneé yo solito lo hice dándole vueltecillas a mi colilla con el dedo.

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<< Picaruela

2012/04/02

Picaruela

Lobotomía enviada por RebecaX
Ocurrió en séptimo de E.G.B., teníamos un parcial de dibujo y el maestro me dijo que me sentara en la primera fila. Hacia la mitad del examen alcé los ojos y vi que se estaba toquiteando, acariciándose compulsivamente el paquete por encima del pantalón. Él creía que no lo veía nadie, porque el frontal de su mesa estaba tapado por un tablero, pero entre éste y la superficie había una separación de unos centímetros por la que yo podía observar perfectamente todos sus movimientos. Le miré a la cara y me di cuenta de que tenía los ojos clavados en mis muslos; yo llevaba una falda muy corta y por la postura en la que estaba sentada, seguramente se me veían las braguitas.
Mi primer impulso fue cerrar las piernas, pero no sé por qué abrí la pierna derecha y coloqué el pie de la izquierda sobre la silla del pupitre, dejando que la faldita resbalara sobre mis muslos. Así permanecí durante el resto del examen. Al acabar tenía las bragas tan mojadas que tuve que ir al baño para quitármelas.

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<< Reto nº 9

2012/03/17

Reto n.º 9

Creo que con el último reto, este viaje que estamos realizando al infierno de nuestras mentes ha tocado fondo. Me parece que necesitamos salir de paseo para airearnos un poco.
En una de tus cartas me decías que creías que todas las personas han sentido alguna vez esa ambivalencia de sentimientos que nosotros llamamos lobotomía.
Comprobémoslo sobre el terreno. El reto que te propongo es que cada uno consiga que un hombre y una mujer le cuenten sendas historias reales que comulguen con el espíritu de las lobotomías


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<< Informe psicológico

Otras lobotomías recibidas en respuesta al reto:

Reibeca X
Reibeca X (y 2)
Lobotomía de Goethe
Lobotomía de Berceo

2012/03/14

Datos personales
Nombre: M.C.R.
Sexo: Mujer
Edad: 42
Estudios: Primarios
Fechas de exploración: 5, 15, 30 de agosto de 1999
A petición del Dr. Angulo
Realizado por la Dra. Teresa Azcárate

Referencia y objetivos
La paciente ingresa en el centro hospitalario el 4 de agosto visiblemente trastornada por una experiencia traumática. El Dr. Pedro Angulo, Coordinador de la Unidad de Medicina Interna, solicita informe psicológico a fin de valorar posibles consecuencias.
En el transcurso de las dos primeras sesiones no me es posible obtener ninguna colaboración de la paciente, ya que sufre brotes de amnesia psicógena referida al acontecimiento traumático que remiten en los últimos días del mes, permitiendo la obtención de datos en la sesión del día 30.

Datos personales relevantes
Paciente aquejada de tetraplejia severa producida por un accidente de tráfico a los diecisiete años. Inmovilidad e insensibilidad absoluta en tronco y extremidades superiores e inferiores.
Presentaba, antes de la experiencia traumática, un perfil psicológico normal dentro de su cuadro personal de minusvalía.

Casada a los 35 años con J.M.M., que se ocupa desde ese momento de su cuidado y manutención.

Conducta durante la exploración
Debido a fenómenos disociativos y al grado de medicación sedante al que estaba sometida, la paciente es incapaz, como he dicho, de recordar durante las dos primeras sesiones las circunstancias del suceso traumático que, sin embargo, le provocan reexperimentaciones intensas (flashback) en los periodos de sueño y pesadillas.
Al remitir el cuadro de amnesia el día 30, la paciente es capaz de relatar lo acontecido con detalle, intercalando eventos que, por su carácter increíble, explicaríamos como fenómenos alucinatorios por sensibilización.

Circunstancias concurrentes y valoración
La noche del 31 de julio J.M.M. fallece, por infarto de miocardio, según informe del forense, en el transcurso de una relación sexual con su mujer y queda tendido sobre ella hasta que es rescatada cuatro días y diecisiete horas más tarde por la policía, alertada por los vecinos del mal olor que surgía del inmueble.
Dada la relevancia de los detalles narrados por la paciente para ilustrar la severidad del trastorno me tomaré la libertad de transcribirlos.
El difunto mantenía como norma general contactos de tipo sexual una vez por semana, siendo éstos consentidos por la paciente. Debido a la insensibilidad corporal de ésta de cuello para abajo, la práctica habitual entre ellos era la fellatio, practicada de forma pasiva por la esposa, que permanecía tendida en la cama mientras el marido, sobre ella, introducía el miembro en su boca para estimularse mutuamente.
La muerte sorprende al varón en el momento del orgasmo de forma que queda inerte sobre ella en decúbito prono y en posición inversa respecto al cuerpo de la paciente, obstruyendo en gran medida su boca y garganta con el miembro erecto y el semen eyaculado. Las náuseas y el vómito de la mujer dificultan aún más su situación y consigue a duras penas deglutir la mezcla de fluidos y salvarse de una muerte por asfixia, que vuelve a amenazarla cinco minutos más tarde, al producirse la relajación post mórtem de los esfínteres que provoca la secreción espontánea de la orina y las materias fecales.
Cuesta trabajo mantener la objetividad científica al imaginarse a la paciente superando de nuevo la crisis para encontrarse con otra poco halagüeña tesitura: esperar la muerte por inanición, casi asfixiada por un peso que le impedía gritar pidiendo ayuda, atrapada bajo el cadáver de su compañero, que pronto empezaría a sufrir un proceso de descomposición acelerado por las altas temperaturas del verano. Considero que la ubicación de este cuadro clínico dentro de los trastornos de estrés postraumático está bien fundamentada.
He de confesar, no obstante, que me siento confundida por la confluencia de síntomas de alexitimia y represión de las emociones, comunes en estos casos por su efecto protector, con otros de tipo alucinatorio que contribuyeron sin duda a agudizar el estrés. La paciente narra unos hechos que la autopsia ha desmentido y que aportan al cuadro clínico un perfil espeluznante.
Afirma que pocas horas después de la defunción del marido aparecieron en su abdomen unas manchas verdosas de putrefacción y que al segundo día observó cómo surgían del cuerpo descompuesto unos gusanos blancos por el orificio de la uretra. Mantiene que, impelida por el hambre y el instinto de supervivencia, decidió ir nutriéndose con estos pequeños organismos y que lo hizo hasta la víspera de su rescate, día en el que se sintió desfallecer.
A pesar de que en el informe del forense no consta ninguna amputación del cadáver, ella está convencida de que ese día se alimentó con el pene y los testículos de su marido, reblandecidos por el proceso degenerativo y afirma, en su delirio, que sintió al hacerlo el primer orgasmo de su vida.
La comorbilidad exageradamente alta de estas alucinaciones puede ser fruto de la imprecisión de los límites con otras entidades nosológicas y me obliga a concluir que nos encontramos, como ya he adelantado, ante un cuadro de estrés postraumático agudo junto con otros trastornos psicopatológicos de difícil catalogación.

Reto nº 9 >>
<< Soy un guarro

2012/03/12

Lo confieso: soy un guarro; pero no un guarro cualquiera, yo soy un guarro muy especial, soy el guarro más repugnante del mundo.

Nunca me ducho, nunca me afeito, nunca me peino. Aprovecho los viajes en metro para realizar mi higiene personal; me limpio los dientes con las uñas y arrojo sobre los pasajeros encorbatados los trocitos de carne putrefacta, luego me hurgo la nariz con el dedo y pego las bolitas en los agarramanos.

Soy un coleccionista de suciedad; me rasco la cabeza con la mano y deposito la caspa que ha quedado incrustada en mis uñas en cajas de cerillas. Me gusta frotarme el cuerpo con los dedos para despegar mi grasienta mugre, hago bolitas y las guardo en otras cajas. Tengo docenas de ellas y he dejado escrito en mi testamento que quiero que las metan en mi ataúd cuando me muera.
Creo que todo lo que les he contado les habrá convencido de que soy un guarro; pero ya les he dicho que soy un guarro muy especial: soy un guarro revolucionario.
Desde niño utilizaba las guarradas como método de venganza personal; si alguien me hacía una trastada, me introducía durante un buen rato su lapicero en mi zapatilla y lo dejaba en su pupitre sin que me viera. Si lo que me hacía era una putada, me introducía el lápiz en la raja del culo. ¡Qué a gusto me quedaba cuando los veía chupándolo!
Ahora que soy un hombre maduro, empleo las guarradas como forma de lucha social: el mejor medio para luchar contra los cerdos capitalistas son las guarradas revolucionarias.
Voy por la calle pisando todos los excrementos de perro que veo y luego me limpio las suelas en las puertas de los bancos y en las cerraduras de los coches de más de cinco millones.
Siempre que mi organismo me lo permite, defeco en los váteres de los grandes centros comerciales e impregno con el precioso producto de mi vientre el botón de la cisterna y los picaportes.
Soy un guarro ecologista; reciclo los mondadientes. Guardo mis palillos usados en una bolsita y los introduzco subrepticiamente en los palilleros de las terrazas de moda.

Supongo que ya tendrán claro que soy un guarro muy especial; pero les he advertido que soy el guarro más repugnante del mundo y espero que se convenzan de ello cuando les hable de mi vida sexual.
Cagar me la pone dura; aprovecho mis cagadas para meneármela. Me siento en la taza y extendiendo por mi ombligo y mis muslos la orina que acompaña a toda deposición. Luego comienzo a meneármela, aspirando el aroma de mis pedos mientras pienso en el mejor polvo de mi vida. Se lo eché a un marica con diarrea, mi picha surtía en sus intestinos el mismo efecto que una lavativa; cada una de mis embestidas era respondida por un reguero de excrementos.
Ese ano caliente y pringoso en el que mi pene se deslizaba ayudado por la acción lubricante de su mierda y esos grumillos acariciando mi glande me excitaron tanto que le eché tres polvos seguidos mientras él se cagaba patas abajo.
¡Ah, qué recuerdos! Sólo pensar en esos buenos momentos bastaría para que me corriera; pero he alcanzado tal pericia en el noble arte de Onán que hago coincidir la eyaculación con la salida de mi zurullo. Una experiencia gloriosa, créanme, inténtenlo en sus casas.

Si a estas alturas todavía les queda alguna duda de que soy el guarro más repugnante del mundo, espero disiparla aportando dos nuevos datos sobre mis usos y costumbres:
Uno: jamás me lavo las manos.
Dos: soy el panadero de su barrio. 


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<< Reto nº 8

2012/03/02

Reto n.º 8

A veces, sólo a veces, pienso que nuestros fantasmas son fotófobos: al ver la luz se desvanecen.
A veces, sólo a veces, pienso que la confesión de nuestras obsesiones es la penitencia que nos hemos impuesto para perdonarnos a nosotros mismos por haberlas generado.
Y cuando pienso todo esto, el juego de las lobotomías me recuerda a la pasión que sufrió Cristo para redimirnos de los pecados; y los retos, las estaciones de nuestro via crucis personal.
Sólo nos queda la crucifixión. Crucifiquémonos, pues; rebasemos el límite del límite y escribamos dos cuentos tan repugnantes que den asco, que causen malestar físico, que provoquen arcadas.
Ya estoy harto de lo políticamente correcto. Me resulta tan empalagoso que me produce náuseas; debería llamarse vomitivamente correcto.
Para desintoxicar, me gustaría sentir náuseas, por una vez, ante algo políticamente incorrecto.

(Perdona por la jerga religiosa: cuatro años en un seminario no pasan en balde).



<< Soy un guarro
>> Platero y yo y yo
>> Ir a la primera lobotomía

2012/01/29

Platero y yo y yo

La primera vez que leí Platero y yo tenía trece años. Había ido a pasar las vacaciones de verano al pueblo de mis abuelos y mi madre lo metió en la maleta junto con unos cuantos libros más de ambiente rural.
Recuerdo que inicié su lectura una tarde, en la piscina. No había terminado la primera página cuando mi pirindola se empinó de tal modo que tuve que colocarme boca abajo para no provocar un escándalo público. En los días siguientes, cada vez que comenzaba a leer el librito, el fenómeno se repetía a un ritmo de dos erecciones por capítulo. Al principio no me preocupé demasiado: estaba acostumbrado a que mi sexualidad incipiente y mi traviesa lombricilla me dieran sorpresas de ese tipo; pero un día el asunto se complicó. La noche de aquel infausto día mis abuelos estaban en la calle tomando el fresco y aproveché para ver uno de esos programas nocturnos que tratan de emular a La parada de los monstruos. Entrevistaban a un señor que confesaba sentirse atraído sexualmente por las vacas lecheras y por las ovejas recién esquiladas. Aquella noche me enteré de la existencia de la zoofilia e inmediatamente una pregunta golpeó mi cerebro: ¿Sería yo un zoófilo de la categoría de los burrófilos?
El resto de las vacaciones fue terrible. Siempre que me cruzaba con un burro no podía evitar quedarme mirándolo, angustiado ante la posibilidad de que su cuerpo despertara el deseo en el mío. Por suerte, ni los ojazos de la burra del tío Tiburcio, ni los muslos del burro del tío Robustiano, ni siquiera el culito respingón de la burra del tío Toribio lograron turbar mi ánimo. Esto me tranquilizó un poco, sin embargo el efecto vasodilatador que Platero y yo ejercía sobre mí continuaba, y prosiguió a lo largo de los años.
Escribí a consultorios radiofónicos y a revistas de parapsicología explicándoles mi caso, pero nadie pudo aclararme el misterio, hasta que un día, cuando tenía veintidós años, yo mismo encontré la solución del enigma. Cursaba cuarto de Filología y en clase nos estaban explicando las teorías de una de esas corrientes de forenses literarios, no recuerdo si era la escuela taxidermista o la estructuralista, de repente tuve una revelación: Platero y yo no es un libro infantil, es un libro erótico escrito en clave metonímica.
Me explico, según mi teoría Platero es el nombre que el autor emplea para llamar al coño de su novia, haciendo uso de la metonimia: llamar al todo por el nombre de la parte, en este caso su parte preferida del todo de su novia. En algunos pasajes también emplea la personificación para denominar a su propio miembro, v. g. en el capítulo XX lo llama la niña chica, queriendo significar no que sea pequeño, sino que es tan grande como una niña pequeña.
Analizando la obra desde una perspectiva metonímica y teniendo en cuenta la interrelación texto/estructura extratextual, la dicotomía forma/contenido y la sintagmática de la unidad léxico/ semántica se llega a la conclusión de que el verdadero tema del libro es la descripción de los juegos que el poeta y su picha realizaban con el coño de su novia por los campos de Moguer.
Antes de que mi razón lo comprendiera, mi inconsciente ya lo había intuido, de ahí el efecto que la obra causaba sobre mi libido.
Podría aportar al menos una docena de argumentos para avalar mi teoría; pero prefiero que los lean convenientemente expuestos en el capítulo dedicado al tema en la tesis que estoy preparando y que se titulará: Análisis semiótico de la vagina española a través de la literatura.
De todos modos, les ofrezco una breve antología de Platero y yo, que leída a la luz de las claves que acabo de aportarles, les convencerá de lo acertado de mi teoría.




Platero y yo (Antología)


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón (…).
Come cuanto le doy। Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra.
(Pag. 9)

Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva siempre a donde quiero.
Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar… Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.
Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada protesta. Sé que soy su felicidad.
(Pag 66)

La niña chica era la gloria de Platero। En cuanto la veía venir hacia él con su vestidito blanco, saltaba igual que un niño.
Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa.
(Pag. 98)

En las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertas ven las primeras rosas del alba y las saludan galantes, Platero, harto de dormir, rebuzna largamente. ¡Cuán dulce su lejano despertar, en la luz celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso también del día, pienso en el sol desde mi lecho mullido.
Platero rebuzna de nuevo। ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba misma. Y, gracias a Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.
(Pag. 125) 

2012/01/19

Pequeñas travesuras

Siempre he sido un libertino. Desde que tengo memoria.
A los seis años una chica del colegio que casi me triplicaba la edad me desvirgó tras la tapia de las piscinas en una audaz combinación del juego de médicos con el de “Arre, caballito”. Lo cierto es que sólo recuerdo unas respingonas tetillas que botaban frente a mi cara y una agradable comezón que superaba incluso a la de hacerse pis en la cama, pero aquella experiencia me marcó para los restos.
Toda mi época escolar se convirtió en una persecución constante de mi pequeño sátiro a la infinidad de ninfas que poblaban el colegio, delicadas criaturas de culito prieto y rubor fácil.
A los dieciséis años entré como aprendiz de un carpintero, que me despidió dos días después al descubrirme lamiendo las ingles de su señora, bendita ella y su sedoso pubis.
A los dieciocho me contrataron como portero en la discoteca del pueblo, proporcionándome dos años de peleas con novios y escarceos con novias en el reservado. La gonorrea que contraje en la mili frenó de alguna forma mi ardorosa actividad y me empujó, con la ayuda de mis familiares alarmados por mi mala vida y la de un capitán de la guardia civil por la de su mujer, a un matrimonio que nunca debió formalizarse.
Yo jamás prometí nada a mi esposa y por lo tanto en nada fallé. De hecho, trabé gran amistad con dos conocidos de mi pueblo que le demostraban, día a día, a mi Jimena que mi degeneración no era algo tan inusual.
Pronto la fama de los tres juntos superó con creces la mía, hasta el extremo que rara era la mujer que se atreviera a saludarnos, salvo las que eran capaces y aficionadas al juego a tres bandas en el que nos perfeccionamos.
Mi mujer no daba muestras de arrepentimiento en su obcecada actitud respecto a mis aficiones y amistades, al contrario, cada día las escenas que me montaba se superaban en dramatismo e histeria. Cada noche que mis amigos y yo llevábamos una presa a mi casa, ella amenazaba con suicidarse, y lo hacía a gritos, proporcionando un contrapunto casi artístico a los gemidos de nuestra bien servida huésped.
Un día, uno de mis camaradas nos anunció su matrimonio con una muchacha de la localidad famosa por su ninfomanía y sus hectáreas de viña. Para celebrarlo decidimos pasar una noche especial, por todo lo alto, con la mejor profesional del lugar pero, cuál fue la desilusión al descubrir que nuestra fama nos cerraba las puertas de los dos puticlubs del pueblo. Decidimos adaptarnos a las circunstancias y bajar el listón echando mano de una de nuestras amantes habituales… fogosas, sí, pero más torpes de ejecución y duras de maniobra. Tampoco fue posible. Las fiestas navideñas y cierta epidemia de gripe habían dejado desoladas las calles.
Tristes pero enteros, porque donde hay casta no hay desánimo, nos dirigimos a mi casa para tomar unas copas y recordar otras noches más propicias, pero al llegar descubrimos que mi querida Jimena había decidido amargarnos la noche cumpliendo sus viejas amenazas.
Su cuerpo desnudo flotaba en una nube roja en la bañera.
El seco impacto de la sorpresa heló nuestra alegre charla y durante unos momentos no pude apartar los ojos de sus muñecas abiertas. Pasaron lentos los segundos de duelo antes de que yo, sobreponiéndome a mi aversión a la sangre, pudiera sonreír a mis amigos y decirles:
-A este cadáver no le va a quedar agujero sano esta noche.


<< Reto nº 7
Platero y yo y yo >>

2012/01/09

Reto n.º 7



¿Te has fijado en la relación que existe entre el humor y el erotismo?
En ambos está implícita la voluntad de transgresión.
El humor nos consuela de lo que no hemos podido ser; las fantasías sexuales, de lo que no podemos hacer.
El mejor humor es el que se rebela ante lo establecido, lo institucionalizado y lo sacralizado; y no hay nada tan irreverente como una buena perversión.
Te propongo que unamos ambos conceptos y escribamos un par de historias perversamente divertidas.


<< Nueve palabras
 Pequeñas travesuras >>

2011/11/24

Buena chica

Como todos los sábados, llegó al chalet unos minutos antes de la diez.
Saludó a sus padres con un beso, se lavó los dientes, volvió a besarlos para desearles las buenas noches y subió a su habitación.
Papá y mamá se miraron complacidos, orgullosos de su hija y satisfechos de sí mismos por la educación que habían sabido proporcionarle.
-¡Reza tus oraciones antes de acostarte! -gritó papá desde el salón.
Pero ella no lo oyó; estaba ensimismada mirando las marcas de mordiscos que le habían dejado en los muslos esos tres vejetes tan cachondos con los que había pasado la tarde.


Reto nº 6 >>
<< Mi amigo Luis

2011/11/07

Mi amigo Luis

Sólo hay una persona en el mundo a la que odio de verdad, a la que odio con las tripas: a Luis. De niños pertenecíamos a la misma pandilla, pero él era el jefe y yo su esclavo. Me trataba como a una bolsa de basura, disfrutaba humillándome y ridiculizándome, sobre todo si había chicas delante.
Convirtió mi infancia en un infierno y mi adolescencia en una tortura interior. Sólo cuando me fui del barrio comencé a recobrar mi autoestima, y hasta que no terminé la carrera no reuní la seguridad suficiente para acercarme a una mujer.
Por eso le invité a mi boda, para restregarle por los morros a mi esposa, para que viera que el bufón había conseguido enamorar a una princesa preciosa que guardaba su pureza para él.
Durante el banquete disfruté mirando cómo contemplaba con lascivia los maravillosos pezones de mi mujer. Y contemplando yo a la suya, que ya parecía la madre de la mía. De todos los sabores de aquel día, el de la venganza fue el más dulce.
Su regusto me duró hasta después del baile, salí al aparcamiento y vi a mi antigua pandilla riéndose alrededor de un coche. Me acerqué para ver qué ocurría.
En su interior Luis estaba desvirgando a la que ya era mi esposa.


Buena chica >>
<< Morbo


2011/10/30

Morbo

La citó en el parque.
Pensaba tanto en ella que necesitaba verla de vez en cuando para luego poder soñarla lo más exacta posible, con su olor exacto, sus rasgos exactos y la textura exacta de su piel.
Antes de salir de casa, se descapulló el pene; quería que estuviera bien despierto mientras estaba con ella y sabía que el roce de la tela del pantalón con el glande lo mantendría en un estado de semierección permanente.
La mujer se cubrió el pubis, humedecido ante la expectativa del encuentro, con las braguitas que siempre se ponía cuando pensaba en él.
Se besaron en la mejilla, prolongando el beso para captar plenamente el olor del otro. Después conversaron sobre cuestiones intranscendentes, pero sus cuerpos hablaban de otro tema. Las miradas ávidas dirigidas a zonas estratégicas, los pezones erguidos de ella, el movimiento de los muslos de él oprimiéndose los testículos eran los signos de ese lenguaje con el que sus cuerpos habían tratado de comunicarse durante años sin conseguirlo.
Esa tarde, sin embargo, el hombre captó el mensaje y respondió abrazándola con la urgente brusquedad de un primerizo y besándola con la voracidad de quien ansía recuperar a mordiscos el tiempo perdido en una juventud malgastada.
La mujer se sentó sobre él, rodeándole las caderas con los muslos para restregar su vulva contra el miembro endurecido.
Se miraban sorprendidos ante su propio atrevimiento; se habían masturbado tantas veces pensando el uno en el otro, habían derramado tantos litros de fluidos soñando con momentos como el que estaban viviendo, que ahora no sabían qué decirse. Volvieron a besarse, dejando que sus lenguas se dijeran sin hablar lo que nunca se habían atrevido a confesar con palabras.
Desde un banco cercano, un adolescente los observaba con disimulo, tratando de obtener información de primera mano sobre la misteriosa técnica del beso. Para el resto de la gente eran una más de las parejas del parque.
No sabían que él era sacerdote.
No sabían que ella estaba casada.
No sabían que eran hermanos.


<<Mi amigo Luis
Brindis>>

2011/10/22

Brindis

Cuando ella lo abandonó, el pasillo empezó a ganarle terreno poco a poco.
No podía tocar nada, todo cedía al apoyarse.
Se convirtió en un blando bufón de trapo de sueños inconclusos, convertidos en gelatina pegada en el techo.
Al convencerse de que no volverían a pastar los camellos en su seto, dejó de amaestrar caracoles y de controlar su mundo desde la ventana.
Desistió de poner rienda a la materia.
Cuando ella volvió a casa, las paredes habían ganado la batalla. El suelo se mecía en olas casi imperceptibles y el aire estaba frío.
Lo encontró en el pasillo, colgado de una viga, desnudo y empalmado.
Una nota en un sobre minúsculo rezaba:
“Brindo la muerte de este toro a mi gran amor,
a mi dulce sueño,
a ti, mi vida.”


Morbo>>
<< De un diario

2011/10/13

Página de un diario

Yo la quería mucho. Aún la quiero. Seis años viviendo con la mujer que amas son una bendición. Pero ella se quejaba. Siempre se quejaba. No siento, me decía. Te quiero pero no siento. Ella corría enloquecida tras su orgasmo. Yo me conformaba felizmente con su frío.
Yo la quería mucho. Aún la quiero. Seis años de querer a una persona no es algo que se olvide en media hora. No te apures, le decía. No hay obligación, esto es un juego. Te quiero tal como te siento. Fría. Y por las noches añoraba cuevas húmedas. Me masturbaba. Frutas abiertas. Agua caliente.
Yo la deseaba mucho. Aún la deseo. Probaba cien caricias, inventaba mil juegos. Me sometía. La sometía. Compraba juguetes. Imaginaba roles. La untaba de aceite. La noche entera un beso. Todos sus rincones. Mis dedos por ella. Mis labios, mi lengua. Como un poseso. Enardecido, loco.
Enamorado.
Todo inútil. No siento, me decía. Te quiero pero no siento. Ella decidió que el calor se le negaba. Dejó de preocuparla. Yo me conformaba. Dejé de masturbarme. Así me sentía más fiel. Más cercano. En mis sueños ya no había musgo. Casi. Y fuimos felices un tiempo. Pero ella cambió. Siempre cambiaba. Decidió que había miedo. Ella corría enloquecida tras su frente. Yo me conformaba feliz con su presencia. También me la negó.

Llovía lejos, en algún sitio, y ella se fue. Un mes que parece un año. Seis años que no son nada. Nada. No soy nada sin ella.
Hoy ha vuelto. Esta mañana. Eran las seis y ha vuelto. La luz en la cocina era bonita. Amanecía, y en mi corazón casi. Sus ojos alegres y ya está, he dicho, pero no. No era eso.
Estoy cansada, cariño. Pero tenía que contártelo hoy mismo. Ya siento. Nunca creí que fuera así. Tan bello. Un joven árabe. Así, en un bar, sin conocerlo. Me miraba y ven, me ha dicho. Y yo, como si no fuera yo, con él, toda la noche. Sin descanso. Mi cuerpo suyo, mi piel, toda yo como si no fuera yo, en su manos. Mi entrega. Te trataré como a una diosa. Y cantaba cosas bajito. Y me soplaba. En la nuca. En los pezones. En un muslo. Me tocaba suave. Me agarraba fuerte. Me hacía daño. Me volvía loca. Y su verga de repente como si no cupiera. Y era yo la que gritaba. Era yo, cariño. ¿Te imaginas? Te trataré como a una perra. Y yo, como si no fuera yo, hambrienta. Lo lamía. Todo su cuerpo, cada palmo. Le pedía más, dame más por todas partes. Era yo que suplicaba. Cariño, ¿te imaginas?

Sí, yo imaginaba. Claramente.
Entre mis vísceras partidas, las imágenes. En mi vientre roto ella a cuatro patas. Sobre mis riñones desgarrados sus labios chorreantes. Bajo mi corazón abierto ella abierta en un gemido.
Se ha dormido. Está agotada mi amor. Y en nuestra cama se ha dormido. Yo la miro. Qué bonita la luz en su pelo. Se lo acaricio. Suavemente. Con todo mi cariño lloro. Suavemente.


<<Brindis
Mujer junto al mar >>

2011/10/08

Mujer frente al mar

Ahí estaba ella.
De espaldas a mí.
Frente al mar.
Los codos apoyados en la barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante, dibujando en su espalda una ladera que moría en la suave elevación de las nalgas.
Esa tarde no llevaba el vestido acostumbrado, ese leve dibujo de tela blanca que caía de sus hombros desnudos acariciándola al son de la brisa, trazando sus formas allí donde el viento quisiera ceñirla. Esa tarde, el tejido gris de su chaqueta escondía la piel que me tenía obsesionado desde hacía tiempo y un nuevo aire elegante parecía hacerla más inasequible que nunca. Tal vez por eso, esa tarde, me acerqué a ella.
Me apoyé en la barandilla, justo a su lado. El rompeolas es un lugar alejado y solitario, pero ella parecía no dar importancia a mi proximidad. Sus gafas oscuras seguían dirigidas hacia algún punto del mar. Su inmovilidad espoleó mi audacia y permití que mi mano, guiada por su propio impulso, acariciara suavemente la media allí donde la falda le permitía nacer.
Un leve respingo. Sólo eso, y una ola que se encrespó levemente. Nada más. Ella no dijo nada, ni siquiera se movió, mantuvo su postura y prendió el cigarrillo que pendía de sus labios. Y mientras mi mano dibujaba la cara interna de su muslo, la dura línea de su nalga, el suave límite de su braga, yo supe que ella no iba a entregarme su mirada. No quería verme ni saber quién era. No iba a volverse, me concedía su espalda y se entregaba a mi caricia con la falta de pudor del que está solo, elevando un poquito sus nalgas, arqueando de forma casi imperceptible la cintura y moldeando entre sus labios el humo del cigarro.
Su vulva era una esponja caliente que palpitaba en la yema de mis dedos, que la recorrían sin prisa una y otra vez, saboreando golosos la hinchazón cada vez más evidente. Ella empezó a gemir muy bajito, de forma acompasada al ritmo de las olas, cabalgando en ese mar que me robaba su mirada y que a cada instante yo sentía más bravío.
Echó la cabeza atrás y en un instante su respiración se transformó en algo ronco y agitado y mis sienes comenzaron a latir llevando calor hasta mis ojos y todo se aceleró.

Tras unos instantes de silencio, ella, siempre de espaldas a mí, se ordenó con paciencia sus prendas, se ajustó las gafas y se alejó. Sólo entonces me dí cuenta de que un hombre la esperaba en un coche.



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Reto nº 5 >>