El Mundo Today

2012/12/11

Más versos del mar (por “el Botas”)



“José del Río Sainz es hoy, desde su estatua en el Sardinero [más bien la Magdalena o el Camello] de Santander, un poeta olvidado. Las lecturas obligatorias en los colegios e institutos han convertido la Literatura española en un catálogo de nombres reducidísimo, y los editores reproducen mil veces los mismos títulos bajo mil cubiertas diferentes, atentos sólo a que su autor esté incluido en la listas elaboradas por los pedagogos de turno”.
Luis Alberto de Cuenca, prólogo a Poesía de José del Río Sainz




(Para el capitán Aldea)


DE ARRIBADA
Se acuerda la arribada. El fiero ariete
del mar, siempre implacable, nos encuentra;
en el costado nos abrió un boquete
por el que el agua tumultuosa entra.
Volvemos pues. La costa está cercana.
Mañana la veremos, mas ¿quién sabe
si podrá resistir hasta mañana,
en este caos, la maltrecha nave?
Vuelve el vapor con gesto de vencido;
parece que se arrastra: es el herido
que busca una ambulancia que le atienda
y que al tender el débil paso incierto
ignora si en el polvo de la senda,
antes de hallar auxilio, caerá muerto.

PILOTOS
Diez y nueve años, fuego en las miradas,
infantil el alma, fiero el corazón;
azules las gorras y galoneadas,
así los pilotos del comercio son.
Cuando a tierra saltan, en grupo ruidoso
cantan y se ríen como granaderos;
de los viejos puertos turban el reposo
y son la esperanza de los taberneros.
Todas las tabernas del muelle conocen
cuánta es su alegría. No hay en ellas mueble
que tras de sus cenas ellos no destrocen,
ni baile que el brío suyo no despueble.
Pero saben todos que al saldar la cuenta
pagan largamente todos estos daños.
Son de dinamita ruidosa y violenta
sus escandalosos diecinueve años
y los taberneros los ven complacidos;
el vino en sus mesas forma rojos charcos;
y cuando se encuentran borrachos perdidos
en coches los llevan de vuelta a sus barcos.
Todas las muchachas de los cafetuchos
suspiran por ellos, les brindan su amor
y sus confidencias reciben a escuchos
junto a ellos sentadas en el mostrador.
Diecinueve años vividos de prisa,
diecinueve años con sed de placer;
son heraldos suyos la riña y la risa
y hay siempre en sus labios besos de mujer.
Los guardias les temen por su borrachera,
que es la más furiosa, la más pendenciera
—bien lo prueban muchos uniformes rotos—.
¡Flor brava de raza, juventud triunfante,
vida escandalosa! Tal son los pilotos
de la pintoresca marina mercante.

EL NOSTRAMO
Con la perilla blanca y encrespada,
bronceada la tez, rudo el semblante,
de pie sobre la proa y la mirada
fija en la lejanía y vigilante…
Tal sigo recordando a aquel nostramo,
tenaz trabajador, honrado y noble;
ligero y vigoroso como un gamo
y erguido y arrogante como un roble.
En los trances difíciles, sereno;
entre el fragor del mar, igual que un trueno
resonaba la voz del veterano...
¡La misma voz que acaso ya temblona
reza en un pueblecito guipuzcoano
ante el florido altar de la Patrona!

VELAS LEJANAS
Sobre la línea azul que el rumbo corta
ha cantado el serviola: —¡Cuatro velas!—
¡Bendito sea Dios, cómo conforta
ver abrirse en el mar nuevas estelas!
Hay un silencio trágico y profundo.
Tras tantos días sin que nada viéramos,
únicos habitantes de este mundo
habíamos llegado a creer que éramos.
De esos navíos el perfil remoto
nos da la sensación de un sueño roto.
No estamos solos en el mundo, pienso.
Allí, sobre un sostén de débil tabla,
hay quien surca también el mar inmenso,
quien goza y sufre, quien solloza y habla...

TRAFALGAR
Al subir a la guardia, en los extremos
del puente hacia estribor, veo parado
al capitán. —A Trafalgar tenemos
por el través —me dice emocionado.
¡Trafalgar! Este nombre resucita
la epopeya magnífica y sagrada.
¡Sobre estas olas negras está escrita
la oración funeral de nuestra Armada!
Una serie de barcos en conserva,
como un rosario acuático, se observa
entre los densos nubarrones fríos.
Y creemos asistir al movimiento
que ordenó Villeneuve a sus navíos
para dejar a Cádiz bajo el viento.

NANTES
La vista panorámica de Nantes
se nos muestra feliz ante los ojos;
el sol poniente arranca mil cambiantes
al reverbero de tejados rojos.
Desembarcamos. La ciudad es toda
un music hall. Parece que asistimos
como invitados a una alegre boda
y queramos o no, nos divertimos.
Desde el puente colgante, los paseos
vemos llenos de gente, y los torneos
acuáticos que el pueblo entero libra.
Su alegría el ambiente nos contagia;
y hasta la tierra que pisamos vibra
como la tierra de un país de magia.

PRESENTIMIENTO
Cuando el sol se levanta en la mañana
quiero que ya su luz en pie me halle;
salgo igual que se sale a una ventana
cuando el Rey atraviesa por la calle.
Y leo en los fantásticos matices
del grandioso y magnífico espectáculo
presagios o siniestros o felices
como lee la Sibila en el Oráculo.
Él es un buen amigo que me advierte
cuándo el Arcángel negro de la muerte
con la hoz al hombro por mi vida pasa...
Y es de tal fuerza mi presentimiento,
que en medio de la mar a veces siento
cuando solloza un ser querido en casa.

CRIMEN
El viaje ha sido rudo, fue la ruta
interminable sobre el mar azul;
cargaron mercancías en Calcuta
que descargaron luego en Liverpool.
Después de interminables singladuras
vuelve a su tierra la tripulación.
¡Oh las tabernas sórdidas y obscuras
donde se ahogan las penas con el ron!
Se hunden las manos fieras y marinas
en los bolsillos del calzón naval,
donde cantan las libras esterlinas
como rubias sirenas de metal.
—¡Eh, tabernero! buen compadre, echa
de ese ron de Jamaica del pañol...!
y se entrega la gente satisfecha
en brazos del alcohol.
Una copa, otra copa, ya parece
que se pierden el rumbo y el compás,
el ansia de beber en todos crece...
—¡Tabernero, echa más!
Dice un nauta escanciando una botella
—¿Os acordáis de Fanny, aquella rubia?
Ríen todos y brindan por la bella,
mientras azota el ventanal la lluvia.
Se recuerdan detalles y episodios
de todas las amantes, y así van
fermentando en el alma viejos odios
con fuerza de huracán.
—¡Otra copa, compadre! Fue en Coruña
donde me hiciste aquella vil traición.
Suenan insultos, y una mano empuña
un cuchillo que parte un corazón...
Al otro día se apareja, esbelta,
la fragata a la mar. Torna de vuelta
al otro día el barco, su camino
vuelve a emprender al puerto de destino,
donde aguarda el amor. ¡Bella Mallorca!
Y en suelo extranjero
se queda un marinero
esperando la cuerda de la horca.
Las velas braceadas a ceñir,
los viejos cabos al besarlos gimen
y recordando el crimen
los marinos no cesan de reír.

LOS VIEJOS CROMOS
¡Oh, los viejos cromos de la cacería,
que vemos a veces en las prenderías
y en las viejas fondas
y en los restoranes de las estaciones;
cromos donde hay frondas
y selvas sombrías
y galanterías
y galgos y halcones!
¡Oh, esos viejos cromos que vimos de niños;
paisajes nevados, campos como armiños,
donde hay un trineo con una muchacha
seguida de lobos; donde un cazador
de barbas hirsutas, esgrimiendo un hacha,
hace frente a un oso con fiero valor!
¡Oh, esos viejos cromos que copian escenas
de la vida a bordo, en donde se ven
sobre añil rabioso, cien negras antenas
y cien gallardetes de navíos cien!
Donde un viejo nauta
enciende su pipa,
la mirada cauta,
redonda la tripa
y la sotabarba
a estilo holandés;
donde los grumetes
comen su bazofia.
mientras una niña,
de nevada cofia,
remienda unas velas
pegada al bauprés.

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