El Mundo Today

2008/12/29

Colaboración (V): Del género bobo

2. Consenso verbal y consenso social


¿Paridad = Igualdad?




Uso a propósito términos como varón o hembra para enfatizar hasta qué punto es artificiosamente interesada esta asimilación espuria de sexo biológico a género gramatical, cuyo origen está en un calco irreflexivo y acrítico de la voz inglesa gender. Por descontado, uno nunca sabe si estas leyes sexualmente discriminatorias servirán o no para el bien que persiguen. En su defensa suele aducirse que la discriminación que instauran es necesaria para corregir la injusticia de partida, etcétera; pero la mayoría de estos argumentos son pura subjetividad. En fin, cómo saber algo tan difícil. Lo indudable es que estas leyes son antiigualitarias, vale decir injustas; y el igualitarismo es un axioma de base de la izquierda. Si renuncia a él, más le vale llamarse neorreligión a lo new age; todo muy bonito, pero ¿qué Mahomas querrá decir? ¡Ah! ¿Que cuanto más vaporoso, mejor? Así se ganarán Elecciones, pero estas medallas autoimpuestas que recargan el pecho de nuestro fatuo Líder Supremo son usurpadas, tan vanas como Él mismo.

A aquellas damas que sobrevivieron al naufragio del «Titanic», gracias a una merced del patriarcado conocida como caballerosidad, nunca se les habría ocurrido esgrimir su plaza en el bote salvavidas como una «conquista de la igualdad»; pero el reducido grupo de altas funcionarias públicas privilegiadas por las políticas de «discriminación positiva» —que funciona como una casta al estilo de las de la India, aunque minoritaria, porque no hay dotes para todas— jamás pone en duda, ni tolera que se ponga, que las dádivas que les otorga el Líder Máximo a cambio de su adhesión incondicional (a él, a Su Persona, no a ningún proyecto igualitario) sean sino etapas que van quemándose inexorablemente en el camino lineal al parque temático que ellas sueñan con seguir regentando ad infinitum. Tan lineal, de hecho, que cualquier duda sobre la eficacia o idoneidad de estas políticas con vistas al objetivo de lograr la igualdad es, sin más, un ataque contra «la mujer», ente abstracto encarnado, naturalmente, en ellas mismas, el lobby pseudofeminista que se atribuye el monopolio de la izquierda biempensante tal como aquellas beatas de misa diaria monopolizaban la moral dominante en la provinciana España de Franco. Como entonces, también ahora cualquier disidencia o duda se marcará con el estigma que reservan a los discrepantes quienes se presentan invariablemente como abanderados del diálogo, aunque no quepa mayor fraude a éste que apresurarse a colgar sambenitos para evitar a toda costa el tener que contrastar argumentos.

El ingrediente nuevo en algo tan viejo como este patriarcado pasado por la túrmix de la mercadotecnia demoscópica (las mujeres superan demográfica luego electoralmente a los varones) es que, ahora, a la discriminación sexual se le llama Igualdad; y a la dádiva en premio a la sumisión al santo varón que ocupa el poder, como ese Ministerio de Propaganda de nuevo cuño que se dedica a hacer como si velara, a muy buen precio, por la aplicación de estas medidas sexualmente discriminatorias, a ese pisito en el centro se le llama «políticas de igualdad». Ni que decir tiene que su titular será necesariamente una mujer, pues, en virtud de las leyes pro igualdad, el que este Ministerio lo desempeñe un varón es algo que no se plantea ni siquiera como debate teórico a lo Bizancio, por ejemplo: «¿Puede un hombre que haya llamado 1000 veces al Teléfono de la Esperanza, digo de la Bibiana, hasta trascender su bestialidad típicamente masculina, pasar por el ojo de la aguja de Mi Ministerio?».

Esta imposibilidad ontológica de que un varón sea ministro de Igualdad subraya dolorosamente el hecho de que este Ministerio no sea sino un regalo del machaca Zapatero a sus chicas. Por otra parte, tampoco la ministra del ramo concebiría nunca otra igualdad distinta de la sexual, que ella llama «de género», como apóstol que es de esa colonización cultural que nos trae la neolengua, vitola inconfundible de las dictaduras. Así, las cuestiones de fondo relacionadas con la inmigración, por ejemplo, que tocan nada tangencialmente a la Igualdad, a esta ministra ni la rozan, pues no atañen para nada a su reduccionista y miope visión de «género».

Aunque sea sin darse cuenta, la ministra acierta, porque su concepto de igualdad, muy de patio de mi casa, muy de chica Zapatero, pertenece en efecto a un género diferente. Un género banalizado, degenerado, del socialismo clásico, que, antes de ponerse a dividir a la humanidad en dos géneros, uno víctima y otro verdugo, cantaba aquello de «el género humano es la Internacional». Por lo visto en el XXXVII Congreso del PSOE, se mantiene la bonita tradición de terminarlos entonando tan enardecedor himno, pero más bien a la manera en que rumiaba el agnóstico del chiste real su renuncia a Satán, por imperativo jurídico, en el bautizo de una sobrina a la que apadrinaba (y adoraba laicamente).

Para qué recordar letra alguna, en efecto, si, como decía la despótica Reina de Alicia en el País de las Maravillas, «las palabras significan lo que yo diga que significan». Total, el lenguaje está «para jugar con él», dice Zetapé en Su país de las maravillas. Menos hipócrita sería decir: «Mi lenguaje está para engañaros, cosa que por otra parte estáis deseando». No en vano, cuando perpetraba la Constitución de Cataluña, se jactó ante los medios de disponer de ocho nombres diferentes entre los que escoger para poder decir nación... pero sin decirlo, claro. No vaya a ser que alguien consiga leerse el texto preconstituyente del Estado catalán. Y es que a él le gustará jugar con el lenguaje (su infantilismo no iba a limitarse a lo moral), pero con el lenguaje no se juega a lo tonto, de cualquier manera. No: aquí, como en el póquer, o se juega para ganar algo o no merece la pena que se juegue en absoluto. Aunque haya que hacer trampas, tirarse faroles, encargar a Garzón el certificado de defunción de Montesquieu, cosas así, que distraigan a los españoles, un pueblo, ya se sabe, básicamente de chicha y nabo. Porque una cosa es quejarse en abstracto del supuesto sexismo del lenguaje, confundiendo interesadamente el efecto con la causa (en un vago determinismo lingüístico que atribuye propiedades mágicas, no ya a las palabras, sino a los morfemas y hasta a los grafemas), y otra aceptar que con llamarlo lenguaja en vez de lenguaje, ya está resuelto el asunto. El pasado 24 de noviembre, víspera del Día Internacional contra la Violencia de Género (sic), la ministra Aído presentaba como estrella una medida consistente en catequizar a la judicatura mediante cursillos programados para instruirles en la artificiosa jerga de uso obligado en estos casos, aclarando más allá de toda duda que los términos con que siempre se han designado los antaño llamados crímenes pasionales no servían para impartir justicia. La Justicia, en suma, como disquisición terminológica, como Inquisición lingüística.

Puede que todo esto parezca banal, y desde luego lo es, pero ya Orwell, un tipo bastante más rojeras que «ZP» y «Gaspy» juntos —nombres ridículos, sí, como de cereales o gato, pero autoimpuestos por servidumbre a la mercadotecnia electoral y su falso colegueo: ahora que se los banquen—, advertía que, cuando un Ejecutivo propende al totalitarismo, antes prepara la destrucción del consenso social, empezando por destruir el verbal. Para ello es imprescindible llamar a las cosas «por los nombres que no son», como escribió inmejorablemente doña Pilar Ruiz Albisu para denunciar la «componenda» de los intercambios de favores políticos entre el Ejecutivo y ETA a través del PSE de Patxi López, ese estadista a quien los asesinatos etarras de concejales de su partido en Guipúzcoa en vísperas electorales le provocan una incontenible indignación... contra Rajoy.

Colaboración de M.R. Santander

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2008/12/23

Clásicos de Navidad

Me toca publicar en Nochebuena. ¡Qué estrés! Es un día tan especial, tan querido o tan odiado o tan temido, pero nunca indiferente. Es difícil encontrar algo importante que escribir para esta fecha. Después de mucho pensar, he decidido dejar a un lado las palabras y he intentado buscar en la memoria algunas imágenes que nos hayan unido a todos en estas fechas o que nos puedan hacer reír a todos. Espero haberlo conseguido. Saludos navideños.

La lotería


Las muñecas de Famosa


El Almendro


Freixenet


Los padres no existen


Martes y Trece

2008/12/04

Colaboración (IV): Del género bobo


1. La dama ofendida y los villanos justicieros

En el debate suscitado por la conmoción que provocó la reciente muerte de un joven de 18 años en la discoteca «El Balcón de Rosales» (Madrid), predomina como de costumbre esa actitud de acogerse al Poder, tan propia de nuestro tiempo. Éste ha aplacado la inquietud de los padres de adolescentes con las habituales medidas jurídicas o administrativas como el cierre de locales emblemáticos de la noche madrileña, descubriendo de repente irregularidades tan viejas como conocidas, al menos hasta que vuelvan a su cauce las aguas de una opinión pública sin memoria a medio plazo. En cambio, están brillando por su escasez o ausencia las alusiones a la inductora del homicidio, como si cierta caballerosidad mal entendida eximiese de toda responsabilidad, siquiera ética, a quien a fin de cuentas instigó a los encausados por esta paliza con resultado de muerte. Probablemente se trate de la misma caballerosidad mal entendida que impulsó a los machacas de la dicha discoteca a excederse en su poco envidiable oficio de machacar al prójimo. La misma a la que apeló en la noche de autos la inductora del homicidio, que se presentaba como víctima de una agresión, tratándose en realidad de un empujón fortuito y no lesivo. Naturalmente, no les dijo a los machacas que mataran a aquel chico, pero sí les instó a adoptar alguna medida claramente desproporcionada respecto de la ofensa sufrida, medida cuya concreción dejó a juicio de los mismos machacas a quienes había acudido en busca de castigo para aquel al que ella designó como su agresor. Y los machacas no necesitaron más para desencadenar su versión neocaballeresca de la violencia «de género».

Lo malo de que la dama ofendida en este lance dejara al juicio de los machacas el grado de machaque fue que por supuesto un machaca no destaca precisamente por lo ponderado de sus juicios, como lo prueba el hecho de que trabaja como machaca. Y lo relevante de tales designaciones es que tienen un claro componente de discriminación sexual que se ha omitido o, mejor dicho, se ha obviado en los medios. Desde luego, hay pocas evidencias de la discriminación sexual imperante en nuestra sociedad como las normas vigentes en una discoteca al uso en Madrid, donde las chicas no pagan entrada y —si son guapas y/o dan conversación—, tampoco las consumiciones; y todo escenifica con una claridad incluso exhibicionista un mercado nada intervenido del sexo ocasional, banal, superficial, heterosexual. Casi tanto como un Consejo de Ministras, Ministros y Entes Epicenos.

Tanto da. Está claro que ningún machaca en su sano juicio, es decir, en su juicio sexista, aplicaría el grado de la muerte a una mujer, por mucho que ésta se pase en la pista de baile o lo que sean esos movimientos pélvicos misteriosa pero ciertamente relacionados con alguna ley de la oferta y la demanda de raíz socioeconómica. Pero a más de una se la ha visto conducirse de forma bastante más peligrosa que la de aquel chaval de Madrid, dada la peor tolerancia al alcohol que demuestran las hembras del Homo sapiens, debida seguramente al «machismo» inherente a la biología, la medicina y en general cualquier ciencia con tradición varonil. Cabe suponer también que: ni la pobre chica se habría sentido agredida si hubiera tenido el topetazo con otra mujer, es decir, que en caso de ser una mujer, ya no sería agresor; ni los machacas se habrían «extralimitado» en su reacción, y hasta puede que no hubieran reaccionado en absoluto, si la identificada como víctima no hubiera sido una mujer; es decir, que en caso de ser un varón, ya no sería una víctima.

Nihil novum sub sole. Esta ley no escrita pero vigente en la pista de baile (o lo que sea eso) rige también fuera ella. No en vano es tan vieja como el patriarcado, como los 10.000 últimos años de machismo. Es la misma por la que los hombres siempre han ido a la guerra dejando a sus mujeres en retaguardia, la misma por la que los botes salvavidas del «Titanic» se distribuyeron prioritariamente entre las mujeres de a bordo.

Luego dicen que progresamos. Yo lo pongo en duda. Más bien me parece que esta misma ley, hoy escrita (deliberadamente mal, para que se entienda lo menos posible, pero escrita al fin y al cabo), dicta también el mismo criterio que ha reinstaurado la discriminación sexual, hoy llamada «positiva», en el actual ordenamiento jurídico español, ora favoreciendo la promoción de ciertas mujeres por razón explícita de su sexo (Ley de Paridad), ora aboliendo la presunción de inocencia o eliminando la necesidad de presentar pruebas cuando el imputado sea varón y la acusadora, mujer (ver Ley de Violencia de Género, sic). La inductora del crimen de Rosales bien podría, en vez de dirigirse a los porteros de la discoteca, haber denunciado con éxito a quien ella misma designó como su agresor ante la autoridad competente. También le bastaría, como ocurrió con la denuncia ante los machacas, su testimonio para iniciar los procedimientos, como aquí en Cantabria le ha bastado a la magistrada María Jesús García Pérez poner en duda la eficacia de esta Ley para ser depurada por el llamado Consejo de la Mujer de Cantabria. Y eso que era ella quien se dedicaba a aplicarla en el Juzgado de Violencia de Género (sic) de Santander, así que algo debía de saber al respecto. Al menos, al no ser varón, se libró del linchamiento mediático que invariablemente le habría tocado padecer. También pasan generalmente desapercibidos hechos como el descenso en los parámetros objetivos de la igualdad desde que se aplican estas políticas presentadas como las únicas que puede aplicar un progresista; y desde luego se omite cualquier reflexión de que la paridad nunca puede ser igualdad desde el momento en que descarta que, en pie de igualdad, mediante el libre concurso de la meritocracia, pueda darse un gabinete en el que los más excelentes resulten ser todos o casi todos varones, o bien, lo que igualitariamente es lo mismo, todas o casi todas hembras.

Colaboración de M.R. Santander

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2008/12/02

Visitar Dublín: la cuestión de la comida


Me gustaría abrir este artículo con la polémica pregunta: ¿se come bien aquí? En mi humilde opinión, si bien Dublín no es de los lugares donde se come mejor en el mundo, pues vaya, se come bien, sí. Ahora bien, hay que conocer las costumbres culinarias para saber adaptarse y no juzgar la aparente escasez alimenticia a ciertas horas del día.

En España la tendencia es a comer un plato fuerte al mediodía y cenar por la noche con otro plato fuerte, unas tapillas o bien un vaso de leche o una sopita. En Irlanda, los horarios se invierten y la comida ligera de la noche en España se convierte en lo que los irlandeses conocen como el “lunch”: las tapillas se convierten en el famoso sándwich, que se puede adquirir en cualquier pub, donde también hay a la disposición del hambriento cliente sopas recién hechas o platos fuertes en forma de “carvery lunch”.

Esta denominación viene del inglés “carved meat = carne cortada” y, efectivamente, esto es lo que se sirve en la mayoría de los pubs donde se ofrece este tipo de comida. Suele poder elegirse entre dos o tres tipos de carne: carne asada (de vaca, jamón o pavo), que se corta en rodajas delante del consumidor y se suele acompañar de patatas (al horno, en puré o fritas) y verduras hervidas (zanahorias, col, nabos). En los últimos años hay más variedad en los pubs y la oferta incluye platos con sabores asiáticos, acompañados de arroz, pollo con diversas salsas y acompañamientos, etc.

Por eso la próxima vez que un quinceañero afirme de forma categórica que en Irlanda se come fatal, asentid con solidaridad (es posible que el pobre lo haya pasado francamente mal, no sólo por la cuestión de la comida) pero recordad que el sándwich, las patatillas y la manzana que sus familias les dieron para pasar el día en el centro sólo son comparables a nuestra sopita, nuestras tapillas y nuestro vaso de leche de la noche. Estoy segura de que a la mayoría de estos estudiantes turistas los recibía una pródiga cena con diversos platos por la noche.

Otro dato interesante en esta misma línea de cultura culinaria es el “incomprendido” término inglés: "dinner". Aunque en las escuelas se nos enseña que equivale a cena, realmente significa comida fuerte, que suele comerse por la noche (de ahí nuestra traducción por cena) pero también se puede consumir a las 2h o 4h de la tarde. Esto es harto frecuente los domingos, en los que la resaca del día anterior pide un desayuno irlandés en toda regla antes de la hora de la comida y el copioso desayuno hace que los irlandeses se salten el lunch y se vayan directamente a comer su dinner, habitualmente en un pub. El domingo los pubs exudan vida comunitaria; las familias se reúnen para comer y, sobre todo beber, todos juntos, los músicos sacan sus instrumentos musicales y deciden deleitarnos los oídos y, en fin, la vida cotidiana se modifica un poco en los ambientes más tradicionales.

Un día de estos, cuando se acabe el período de recesión y pueda volver a salir de casa (es una buena excusa para evitar mencionar mi pecado capital: la pereza), os comento dónde se puede comer bien.

2008/11/11

Meditación para principiantes

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché la palabra meditación con la ávida atención de una pretendiente a “adquirir/controlar/ practicar” este arte tan ancestral. He utilizado tres verbos porque no consigo etiquetar una práctica que no sé si dominaré algún día, ni si existe control siquiera sobre ella; no sé si se puede adquirir o si la he adquirido; quizás la única seguridad que tengo es que practico a diario con la convicción de que algo ocurrirá algún día, la humildad de que existe la posibilidad de que nada ocurra y el cariño de quien acepta lo que tenga que ser y mientras tanto va disfrutando y aprendiendo del proceso.

Antes de comentaros mi experiencia personal durante estos cuatro meses en que realizo una meditación diaria de unos minutos, os explicaré brevemente en qué consiste, para qué sirve y cómo podéis meditar en caso de que haya estimulado vuestra curiosidad y queráis comenzar a hacerlo.

La meditación es una técnica que tiene por finalidad revitalizar, calmar y aclarar la mente. Su propósito es entrenar la mente para entrar en estados de conciencia más sutiles y trascender las pequeñas tribulaciones cotidianas. Las personas que practican la meditación con asiduidad dicen haber mejorado su salud y su productividad laboral, aumentado su concentración y creatividad y sentirse satisfechos personalmente.

Pero en última instancia, ¿para qué sirve la meditación? Pues hablando en términos legos y a mi humilde entender se trata de una técnica que se utiliza para alcanzar un estado de paz y claridad interiores que permiten nuestra presencia en el mundo allí donde estemos. Es difícil definir el término de “presencia”. Es una especie de comunión total y auténtica con el mundo interior y exterior, de la sensación de pertenecer y de que todo es perfecto tal cual es, sin necesidad de cambiar nada, simplemente existiendo, siendo uno mismo. Va unida a una sensación interior de intensa alegría, pero no una alegría eufórica y desbordada hacia el exterior, sino una alegría contenida y relajada que sentimos en el interior y nos conecta a todo.

Para alcanzar este estado de comunión y de auténtica dicha no es necesario sentarse a meditar; todos lo hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, cuando todo parecía encajar, todo parecía perfecto y al mismo tiempo todo era posible y nos alegraba esa sensación.

Pues bien, la meditación nos ayuda a entrenar nuestra mente para llegar a alcanzar ese estado de dicha o éxtasis con mayor facilidad en cualquier momento o situación de nuestra vida. Hay muchas técnicas para meditar, pero quizás las más conocidas sean:

1) Ser testigos de la respiración
2) Observar una imagen (mandala, llama o símbolo)
3) Pronunciar un mantra, una frase o una afirmación

Como vemos, hay evidentes similitudes entre las dos últimas y la oración y la contemplación cristianas.

Nos centraremos en la primera técnica, que es la que he utilizado en los últimos meses. Podéis sentaros en la posición del loto (yo no soy tan flexible, así que simplemente cruzo las piernas), sentaros en una silla con la espalda recta o en cualquier posición que consideréis cómoda (los practicantes de Tai Chi saben a qué me refiero, lo comentamos otro día si queréis).

Concentrad vuestra atención en cómo respiráis. No intentéis cambiar vuestra respiración, simplemente observar cómo el aire va entrando por las fosas nasales hasta alojarse en vuestro interior y como va después saliendo. ¿Respiráis con los pulmones o el diafragma? ¿Con rapidez o lentitud? Dejaos sentir vuestra respiración, no la modifiquéis, no existe un modo correcto o incorrecto de respirar, dejad simplemente que vuestra atención se fije en cómo respiráis. Dejaos respirar.

Es muy posible que aparezcan pensamientos que os distraigan de este seguimiento atento de la respiración. No os preocupéis demasiado por ellos; cuando aparezcan, respetad su existencia, pero no les prestéis demasiada atención, no dejéis que os distraigan. Volved vuestra atención a la respiración. ¿Seguís respirando con rapidez o lentitud? ¿Con los pulmones o el diafragma? ¿Ha cambiado algo?

Ésta es una introducción bastante subjetiva y simplista, pero espero haberos dado una idea. Quizás mi consejo sea que si os planteáis seriamente comenzar la práctica de la meditación, hagáis un cursillo u os unáis a un grupo de meditación.

Yo comencé haciendo un par de talleres. Uno de ellos integraba Tai Chi, relajación y meditación y en él llegué a sentir un estado de éxtasis increíble. El otro no fue tan intenso, pero me convenció para comenzar a practicar todos los días en casa. El facilitador nos instó a meditar 5 minutos diarios durante 3 meses, sólo 5 minutos, ¿quién no tiene 5 minutos? Nos comentó que era posible que al cabo de esos 3 meses quisiéramos prolongar el tiempo de meditación. Así fue en mi caso. No medité todos los días, pero sí casi todos y llegó un momento en que sentí verdadera curiosidad por cómo sería mi respiración ese día. La respiración me descubre cosas sobre mí misma, me dice lo relajada o lo estresada que estoy sin que yo lo haya percibido, el grado de actividad mental que tengo ese día en concreto y lo distraída o concentrada que estoy; me avisa de la fatiga, me sorprende al calmarse al poco de sentirse observada, en fin, me abre una puerta a otro mundo, un mundo interior, al cuál sólo acabo de asomarme, pero promete grandes aventuras.

Vídeo del mantra Vajra Guru"

2008/10/21

Una mirada subjetiva al mundo cubano (III)

Días más tarde mi viaje me llevó a conocer a una doctora que tenía una visión totalmente distinta de la relación cubana con Venezuela. Gracias a ella, se ha enriquecido mi viaje temático y os puedo presentar nuevos aspectos del mundo de que fui testigo. Según pude entender, el gobierno venezolano había concedido ciertas ayudas para que algunos médicos de Cuba pudiesen trabajar en otros países de Sudamérica en régimen de ayuda humanitaria. Ah, la ayuda humanitaria siempre nos despierta ese calor humano en los miembros internos, ¿verdad? La bondad de la humanidad, su gran deseo de compartir, de ayudar. Los doctores cubanos se marchaban en oleadas de la isla. Su vida en el extranjero tenía muchísima más calidad: no sólo un sueldo mejor, con el consiguiente bienestar, sino también la posibilidad de enviar enseres nuevos a Cuba. La doctora con quien estuve hablando no quería marcharse del país. Su hija estaba estudiando secundaria y se le haría doloroso dejarla sola. Hablaba con escepticismo de estos nuevos acuerdos con el vecino venezolano.

Y es que la situación médica a la cual se enfrentaba día a día la entristecía y preocupaba sobremanera. Si bien en un pasado no muy lejano debía atender tan sólo a un barrio de su ciudad, ahora ese número se había triplicado. No daba abasto con sus pacientes. Su gran celo profesional y su gran corazón la arrastraban a largas horas de trabajo, con el único consuelo de ayudar quizás a algunas personas, a cambio de un sueldo escaso y la imposibilidad de adquirir su vivienda por ser su casa un bien social. ¡Qué gran ejemplo de ayuda humanitaria! creo que pensé. Su sonrisa ocultaba una inquietud sosegada, si bien comentaba con cierto desasosiego que ya les había dicho a sus familiares que no se pusieran enfermos, que no era un buen momento para caer enfermo en Cuba.

Su vocación me recordó al gran entusiasmo de una profesora de secundaria, que veraneaba en uno de los lugares que visité. Me contó con todo lujo de detalles su formación profesional, en la cual la práctica desempeñaba un papel primordial; me habló de la educación con emoción y sabiduría. Hablar de dinero parecía no formar parte de su lenguaje habitual. Su mundo eran las letras, los números, la enseñanza, el saber, la convivencia y la generosidad de poder aportar algo al pequeño mundo que adoraba. Conociendo a ambas mujeres pude vislumbrar el tan sonado mundo educativo y sanitario de Cuba, si bien este último se estaba derrumbando, como parecían derrumbarse muchas de las estructuras que formaban parte del entramado de la isla.

Se intuía un cambio, el taxista hablaba de lo que ocurriría después de la muerte del “barbas”, la casera hablaba con emoción de un posible sustituto, la doctora comentaba que el régimen parecía precipitarse a un punto sin retorno. Y, sin embargo, a pesar de sentirse en el ambiente el germen de este cambio, de una transición a otro estado de cosas (recordemos que Fidel estaba tan enfermo que ya no gobernaba el país), la isla seguía vibrando con la misma intensidad y calor humanos que enamoran a numerosos visitantes del globo. Mi visita había llegado a su fin. Había escuchado opiniones sobre el sexo, la familia, la política, la educación y la salud; se me había regalado un viaje cultural por encima de mis expectativas y disfruté al máximo cada diálogo, cada opinión, cada palabra.


Éste es un enlace a una de las canciones que componen el rico repertorio musical cubano.

2008/09/30

Una mirada subjetiva al mundo cubano (II)

En este viaje temático también habrá que hablar necesariamente de la política, algo tan vital en un país que parece resistir a los sistemas establecidos en el mundo occidental. Los cubanos me sorprendieron por emitir juicios políticos abiertamente, por haber creado códigos para saltarse las normas, por saber aceptar el sistema y resolver de otra manera sus asuntos sin perder la sonrisa (o casi). El taxista nos había acomodado, piropeado e incluso recitado varios poemas de amor, pero ahora cerraba una de la ventanillas de su viejo aunque no incómodo vehículo para comentar con cierta excitación: ése sí es un tema caliente: la democracia.

Convencido del carácter democrático del régimen en el cual vivía debido a la aprobación masiva del referéndum que, años ha, colocó a Fidel al frente del gobierno del país, el taxista manipulaba a su antojo las normas de dicho régimen, esquivándolas y creando su propio mundo de valores individuales. Su inteligencia le permitía esbozar modos de ganarse la vida que contribuían a su bienestar personal y en los cuales se obviaba el bien común. Buscaba su propia ventaja y felicidad para luego verterlas en la ayuda a sus vecinos, familiares y otros conciudadanos. Su planteamiento de la vida me recordaba al enfoque individualista de muchas sociedades occidentales, en el cual el bien individual prima sobre el social y no al revés, como correspondería teóricamente a un sentir comunista.

Esto leí de la conversación que mantuvimos con un jovencito e inexperto maestro de primaria, el cual estaba preocupado por el salario de su oficio. Al escuchar mi comparación con los sueldos mínimos que los profesores ganaban en la época de Franco, mi taxista se ofendió ante tal "ataque" a su régimen por vía de una comparación con una dictadura, instó al jovenzuelo a no preocuparse tanto por su profesión y a buscar formas de ganarse la vida (por ejemplo recurriendo al turismo) que fuesen más lucrativas. Ante mi sugerencia de seguir en la profesión educativa, si tal era su vocación, intentando cambiar las cosas desde dentro, el taxista se mostró aún más inquieto e intolerante. No había que cambiar las cosas, las cosas estaban bien como estaban, parecía querer decir, sólo hay que saber agarrar la oportunidad donde se presenta. Este joven era inteligente. Podría explotar a los turistas y ganar más dinero del que podría soñar un maestro de escuela.

El taxista defendía el turismo como salida válida a una pobreza subyacente a la cual era inútil buscar culpables. También una casera de las casas particulares mostraba su gozo ante la llegada de turistas. Por fin había logrado ahorrar lo suficiente para instalar un calentador de agua y poder así ducharse con agua caliente, para comprar un televisor y un frigorífico extra para los extranjeros, para facilitar la estancia a sus huéspedes y, de ese modo, adquirir un nivel de vida superior al de la mayoría de sus vecinos: ciertas carnes, pescados, frutas y verduras eran lujos que podía permitirse gracias a sus turistas. El dinero reinaba todas sus conversaciones: estaba pensando arreglar esto en la casa, comprar aquello, mejorar lo otro. A veces daba la sensación de que cierta codicia acompañaba sus palabras, pero quizás su preocupación por el dinero y las mejoras de su casa eran una mera distracción ante la dolorosa y desgarradora ausencia de parte de su familia debido a cuestiones políticas.

Evidentemente, la culpa la tenía el gigante yanqui, con su egoísta renuncia a expedir visados para los familiares cubanos, fuente de todas sus miserias y derrotas. Su esperanza y alegría residía en la colaboración con el nuevo redentor de las Américas: Chaves. Se dio la casualidad de que me encontraba en la isla caribeña en el momento cumbre del debate de las Américas del pasado noviembre, en el cual nuestro rey pronunció la famosa frase que no necesito recordar. En Cuba no apareció en las pantallas el famoso improperio mientras yo escuchaba la televisión de mi casa particular, a cuya imagen se llamaba con un fuerte manotazo en el bastidor. Quizás se emitió en otra ocasión, no lo sé. La duda seguirá ahí. Aunque siendo Chaves el héroe salvador de aquella gente sencilla, me preguntaba qué pensaría el pueblo cubano de unas palabras tan irascibles procedentes de un hombre tan apreciado como nuestro monarca. Desde luego, conocí su opinión sobre Zapatero, a quien consideraban un mequetrefe por no apoyar a Chaves en sus acusaciones contra Aznar. Ah, Chaves, el gran Chaves, aquel que ayudaría a Cuba a salir de la pobreza.

Nuestro viaje se detiene aquí. Continuaremos hablando de Chaves y de otros asuntos cubanos.

2008/09/09

Una mirada subjetiva al mundo cubano (I)

Dicen las buenas gentes que las imágenes valen más que mil palabras, pero en el paisaje cubano, las imágenes no aciertan a describir toda la gama de sensaciones que despierta en el viajero un lugar tan paradójico. Casi con alegría vi desaparecer mi cámara a espaldas de la seguridad del aeropuerto de La Habana. Aquel robo se convertiría en el impulso necesario para transformar en palabras un viaje tan enriquecedor. Como bien apuntaba Miércoles, es muy difícil hacerse una idea de un país en unos días. Por eso no quiero dármelas de entendida ni emitir juicios baratos. Mi intención es mostraros retratos temáticos de una Cuba concreta y subjetiva a la que tuve acceso.

No basta hablar de los edificios en ruinas de su capital, de la pobreza que se observa en sus calles ni de la precariedad interior de sus casas; ello sería como presentar un retrato en blanco y negro. Y los cubanos son unos enamorados del color, que añadirían al retrato con chistes y alusiones sexuales, con opiniones políticas dichas con desparpajo, con rencores desnudos hacia el vecino rico, con el orgullo de saberse pobre pero honrado y querido, con la tristeza y la angustia apenas contenidas en los ojos de una mujer que llora a sus nietos exiliados.

La primera parada de nuestro viaje temático será el sexo y la familia. La dueña de la casa particular donde me alojé parecía tener una imagen clara de las nacionalidades que visitaban la isla con intención de establecer relaciones sexuales con algún isleño. No mencionaremos ninguna aquí para no herir la sensibilidad de nuestros vecinos europeos. Su moral quedaba establecida del modo siguiente: en su casa había cabida para extranjeros con jineteras, extranjeras con jineteros, y parejas de homosexuales extranjeros, pero no para extranjeros homosexuales con jineteros cubanos.

Llevaba casada veinte años con su quinto marido. Decía que ella no soportaba la infidelidad y se había divorciado cuatro veces por este motivo. No obstante, las alusiones a la infidelidad, sobre todo masculina, fueron constantes durante todo el viaje y entre grupos de gente diversa. A veces tenía la impresión de estar viendo una de esas películas del Cine de barrio en las que el españolito de turno alardea de sus conquistas extramaritales. En otras ocasiones, me daba la sensación de formar parte del reparto como la sueca de esas películas, al ser observada y piropeada constantemente en español y en inglés, cuando no acompañada varios metros de calle por numerosos cubanos.

El significado del término de familia en Cuba es distinto al sentido anglosajón de la palabra e incluso al sentido latino del término. Según la norma anglosajona, las familias cubanas vivirían separadas, no sólo debido a los elevados índices de divorcio, sino también a la separación a la cual obliga el exilio o incluso a la emigración interior dentro de la isla. No obstante, el cubano no se muestra como un ser individualista y raramente se encuentra aislado de la comunidad. Ello lo facilita el sentido que el cubano parece tener de la familia, en el que los buenos amigos pasan a ser llamados y considerados hermanos y las personas mayores cercanas son los tíos. Los cubanos viven en comunidad y para la comunidad y, por tanto, crean sus propios núcleos familiares sin olvidar los vínculos consanguíneos que los unen a aquellos que viven lejos.

Hasta aquí hemos llegado hoy, pero continuaremos este viaje.

2008/08/19

Las propiedades ocultas de la miel (II)

Me gustaría escribir un artículo científico sobre este tema, pero, ay de mí, debo confesar que la ciencia no es lo mío. Además, tampoco quiero que toméis las líneas que siguen como verdad científicamente probada. Os recuerdo que provienen de un archivo PowerPoint, posiblemente traducido de esta página web. Como todo lo que procede de este mundo virtual, debemos tomarlo con extrema cautela, si bien los autores del PowerPoint y de la página web mencionada citan la revista Weekly World News de Canadá como fuente de la información.

En el archivo mencionado se nos explica que la mezcla de miel y canela puede aliviar numerosos malestares comunes, como la picadura de insectos, la artritis, la pérdida de cabello, la infección de riñón e incluso el desagradable dolor de muelas. ¿Quién se atreve a ser conejillo de indias y a probar estos remedios caseros? Yo me apuntaré la próxima vez que descubra una de estas dolencias. Pero, en fin, dejémonos de introducciones y vayamos al meollo. Recetas para el alivio de:

Picadura de insectos: hágase una mezcla con una cucharadita de miel, dos de agua tibia y una de canela en polvo. Aplíquese suavemente sobre la zona afectada.

Artritis: esta vez la mezcla consiste en una taza de agua, dos cucharadas de miel y una cucharadita de canela en polvo. Se debe tomar esta bebida dos veces al día, por la mañana y por la noche.
Se afirma en este revelador documento que la ingesta regular de esta bebida puede curar incluso la artritis crónica.

Pérdida de cabello: aplíquese al cuero cabelludo una pasta de aceite de oliva (lo más caliente que se resista) con una cucharada de miel y una cucharadita de canela en polvo. Déjese a modo de máscara durante 15 minutos.

Infección de riñón: mézclese en un vaso de agua tibia dos cucharadas de canela en polvo y una cucharada de miel. Se dice que esta bebida acaba con los gérmenes que producen la infección. Debe tomarse por la mañana y la tarde hasta que dejen de notarse las molestias.

Dolor de muelas: aplíquese a la muela en cuestión una pasta hecha con una cucharadita de canela y cinco cucharaditas de miel. Repítase la aplicación al menos tres veces al día.

El archivo expone otros remedios del par miel/canela a otras enfermedades comunes, pero aquí os conmino a que probéis estos primero y luego nos contáis si han surtido efecto. Y con esto pongo fin a mi intención pseudo-científica. Hasta la próxima.

2008/07/29

Las propiedades ocultas de la miel (I)

Hace unos años mi vida dio un giro nutritivo radical al verme rodeada de apicultores en una feria internacional. Al principio con timidez y poco a poco con más desparpajo, comencé en mi calidad de intérprete a meter unas curiosas narices en todos los negocios de los argentinos productores de miel, vendedores de abejas reinas, promotores de regiones de cultivos ecológicos de Argentina.

Tengo la convicción de que uno siempre puede aprender de una conversación, por inculta y banal que pueda parecer la persona con quien se entabla. Todos tenemos una perspectiva válida y experiencias que nos han marcado y todos gozamos al compartirlas con los demás. Así pues, mis oídos se sintieron en su ambiente entre unos apicultores tan agradables, tan sanos, tan profundos dentro de su simplicidad de hombres de campo en su gran mayoría.

En una semana me enamoré de ellos, de su mundo, de las abejas que tanto amaban y de su pasión: la miel. Llevo más de cuatro años reemplazando el azúcar malsano que solemos añadir a nuestros cafés y tés, e incluso postres, por una miel pura, a veces ecológica, proveniente de alguno de los principales países productores. Si se me acaba la miel y debo utilizar el azúcar durante unos días, mi cuerpo protesta con cierta nostalgia: ah, la miel, mi miel. A aquellos que asientan con entendimiento, les aconsejo que vuelvan a verificar las etiquetas de los tarros de miel que compran. La mayor parte de los productos del mercado comercializados como miel son mezclas de diversas mieles de numerosos países, cuya calidad es más que cuestionable.

Una vez adquirida una miel de calidad, procedente de un solo país y a ser posible de una región salvaje sin cultivos contaminados de antibióticos que protegen sus frutos, pero contaminan sus flores, procedamos a compartir un truco de belleza milenario que nos transmitió una argentina de avanzada edad, con una mirada decidida.

Se mezcla miel pura con una yema de huevo, se revuelve cuidadosamente y se coloca en la cara durante unos minutos a modo de máscara.

Esto se debe hacer una vez a la semana. Os confieso que los potingues y otras artimañas de belleza femenina no son lo mío, pero confiada en el consejo de una ancianita simpática, me dispuse a probar el afeite. Después de estornudar como una loca durante unos minutos, me liberé de aquella máscara penosa y no volví a experimentar con la miel ni sus propiedades embellecedoras. Lástima. Os conmino, sin embargo, a probar la mezcla y a compartir vuestras experiencias con nosotros. Quizás descubramos un milagro para la eterna juventud facial. (Sonrisa irónica).

La próxima vez os hablaré de las propiedades curativas de la miel, basadas en un archivo Powerpoint que ha estado corriendo por la web esta última semana. Mientras tanto, os dejo que probéis el truco mencionado, el cual ha hecho estornudar a una sensible nariz, pero quizás haga las delicias de vuestros delicados rostros.

2008/07/08

Apuntes para una visita a Dublín

Seas mochilero, viajero de lujo, turista rematado o simplemente comerciante en viaje de negocios, habrá algo que te sorprenderá de Dublín: lo caro que resulta visitar y conocer esta ciudad. Por eso, hoy te voy a presentar un lugar que no suelen destacar las guías turísticas y que resulta totalmente gratis.

Se encuentra en el Phoenix Park, que con 712 hectáreas es el parque público amurallado más grande de Europa. Hay un autobús de reciente creación que por un solo euro se detiene en diferentes partes del parque, incluido el zoo, el centro de visitas y la Farmleigh House. En este parque también podrás, con un poco de suerte, contemplar algunos ciervos.

La semana pasada me acerqué a la puerta de Castlenock del Phoenix Park (hacia el norte) y si bien no vi ningún ciervo, sí tuve la suerte de hacerme amiga de algunos burros y, como están en peligro de extinción, decidí rendirles homenaje en esta foto.
Para acceder a esta entrada del parque, se puede coger el autobús 37 en Hawkins St. Otra de las puertas del parque se encuentra muy cerca del río Liffey, a poca distancia de la fábrica de Guinnes, que sólo recomiendo como visita si te hace verdadera ilusión. A mí pagar 15 euros por ver una exposición sobre la fabricación de la cerveza y una vista panorámica de Dublín me parece excesivo.

Me acerqué a la entrada de Castlenock con la idea de visitar la mansión Farmleigh, que fue propiedad de Edward Guinness, biznieto del fundador de la fábrica Guinness, Arthur Guinness. Hoy en día se utiliza para alojar a jefes de estado y otras personalidades.
Establos de la Farmleigh House

En la mansión se organizan conciertos y otras actividades; por eso conviene echarle un vistazo a su sitio web por si hay algo organizado: www.farmleigh.ie. También hay ferias de libros de segunda mano y de antigüedades, mercadillo de comida en ciertos días, varios jardines y lagos. Existe una visita guiada para ver el interior de la casa y es totalmente gratis. Que el carácter austero del exterior de la vivienda no os disuada; merece la pena explorar lo que esconde su interior y entrar en una nueva época.

En el lugar se respira una gran tranquilidad. No hay muchos turistas. Verás a los jardineros trabajando a medida que visitas el jardín. Verás caballos y burros. Verás recuerdos de otra época y podrás regresar al ruido de la ciudad con el agradecimiento de un día sencillo y agradable.

2008/06/17

¿Qué significa ayudar?

Al buscar en el DRAE el significado de este verbo, se nos remite a otros muy similares: auxiliar y socorrer o cooperar. También aparece la siguiente definición: "Hacer un esfuerzo, poner los medios para el logro de algo”. Ésta nos lleva a deducir que ayudar requiere realizar una acción, hacer algo. Cada vez que pensamos en ayudar a alguien, se nos ocurren mil acciones que podemos emprender para socorrer a esa persona, para cooperar en la solución de lo que consideramos su problema, ahora ya convertido en nuestro, pues deseamos ayudar o se nos ha pedido ayuda. Ahora bien, ¿es eso realmente lo que significa ayudar? ¿Cómo sabemos que alguien nos está pidiendo ayuda y no compartiendo sus pesares como forma de desahogo? ¿Hemos considerado como posibilidad de ayudar la pasividad y la renuncia absoluta a actuar?

Todas estas preguntas abren muchos más interrogantes: ¿Cuándo debemos optar por prestar ayuda y cuándo por retirarla? ¿Somos los más indicados para ayudar a la persona que nos parece necesitara ayuda? ¿Quién decide quién necesita ayuda y quién no? ¿Podemos ayudar a alguien que no desea ser ayudado: es eso ayudar o controlar? ¿Dónde está el límite entre la ayuda incondicional y la manipulación cooperativa?

Hoy no quiero emitir sentencias, sino abrir interrogantes, buscar vuestras opiniones sobre este tema. He hecho trabajo voluntario en varias ocasiones y tengo una opinión muy concreta sobre este asunto, pero me gustaría conocer vuestros puntos de vista. Animaos e intentad responderme.

2008/05/27

Figura triste

La imagen de tu tristeza
colgaba de mi alma
como ropa sin secar.

Figura suspendida, pesada,
casi invisible y sin vida,
miraba sin mirar
el desamor de los días.

Frecuentaba tu hastío
mi cuerpo cansado,
dolorido y mancillado y resuelto
a no perdonar
por vivir su camino.

La imagen de tu tristeza
se colaba con empeño
entre dichas de desván.

Figura sonreía, alegre,
risueña como ella era,
abierta a la vida
sin miedos ni
penas.

Y la imagen volvía,
con dolor e insistencia,
conquistando tu tristeza mis sueños,
invadiendo sin reposo ni guía
los poros de mi aliento.

2008/05/19

Colaboración(III): Segundas oportunidades

Esta semana cumplimos años y por eso vamos a tener algunas publicaciones extra. Ésta es la primera: una colaboración de una querida lectora y amiga. Os dejo con sus palabras:

Acababa de llegar y ya le estaban diciendo adiós. Se sentía cansado, hambriento y falto de cariño. Para eso había venido, con más ilusión que ganas, para que ahora le hicieran esto.
Sin embargo, albergaba una esperanza: en cuanto le conocieran, le querrían. De eso estaba seguro. Había recorrido un largo camino desde ninguna parte y se negaba a rendirse.
Pero sentía su rechazo y le dolía, más que nada porque él ya la quería aún sin conocerla. Ese amor le dio esperanza, así que decidió luchar para convencerla, pero era demasiado tarde, otro había llegado primero y se llamaba Miedo. Él ya lo conocía, era implacable y siempre ganaba sus batallas. Sus fuerzas empezaban a flaquear.
Sólo le quedaba apelar a su Instinto, ése sí que era más fuerte y podría vencer a Miedo. Y casi lo consigue. Sin embargo, no estaba en su destino quedarse y debía irse por donde había venido.
Pero si acababa de llegar…
Daba igual, se había adelantado y no tenía derecho. Estaba tan impaciente por vivir que no había sabido esperar su turno y se había precipitado. Así que gritó al marcharse, para que no le olvidaran, prometiendo que regresaría algún día, cuando fuera el momento. Y pidió perdón por el sufrimiento causado.
Y tan pronto como llegó se fue, pero se aseguró de dejar su huella. Plantó la semilla del Instinto, para que cuando le tocara regresar, ésta ya se hubiera convertido en un frondoso árbol. Y Miedo no tuviera nada que hacer.
Había preparado bien el camino. La próxima vez podría quedarse.
Entretanto, sólo le quedaba esperar en ninguna parte a recibir la ansiada llamada. Una llamada que no dudaba recibiría algún día y, entonces, emprendería de nuevo el viaje, seguro de que esta vez, podría quedarse y crecer. Podría, por fin, nacer.


Escrito por Swallow

2008/05/17

Homenaje a Celso Emilio Ferreiro

Hoy es el día de las letras gallegas y no puedo por menos que rendir homenaje a uno de mis poetas gallegos favoritos: Celso Emilio Ferreiro. Os dejo con uno de sus poemas:

IRMAUS
Camiñan ao meu lado moitos homes.
Non os coñezo. Sonme extraños.
Pero ti, que te alcontras alá lonxe,
máis alá das sabanas e das illas,
coma un irmau che falo.
Si é túa a miña noite,
si choran os meus ollos o teu pranto,
si os nosos berros son igoales,
coma un irmau che falo.
Anque as nosas palabras sean distintas,
e ti negro e eu branco,
si temos semellantes as feridas,
coma un irmau che falo.
Por enriba de tódalas fronteiras,
por enriba de muros e valados,
si os nosos sonos son igoales,
coma un irmau che falo.
Común temos a patria,
común a loita, ambos.
A miña mau che dou,
coma un irmau che falo.


Un mimo especial a nuestros lectores "hermanos".

2008/05/06

El viaje

¿Os habéis imaginado alguna vez ser un elemento de la naturaleza, sentir como una flor, un árbol, un gato, un río? Una de las capacidades más misteriosas del ser humano es la imaginación. Misteriosa y poderosa. Nos permite visitar reinos de dudosa existencia, concebir ideas que se concretarán en máquinas o invenciones o, centrándonos en el tema a tratar, despertar sensaciones a través de elementos de la naturaleza.

Alo, el chamán músico, nos conminó a imaginarnos que éramos una gota de agua. Nos indicó que iniciaríamos un viaje. Afirmó que si lográbamos sentir como una gota de agua, estaríamos cerca de la curación. ¿Curarse de qué, pensé? E inmediatamente supe responderme. Sin malestar físico alguno, llevo algún tiempo con un dolor profundo en el alma. Quizás la música de Alo podría aliviar aquel sentimiento de tristeza.

Cerramos los ojos y la música comenzó a sonar. Imaginé una pequeña gota de agua y los sonidos me hacían golpear el pavimento empedrado de una calle de Santiago. Me sentía precipitarme contra los adoquines y despedazarme sin preguntarme qué ocurriría después de aquel momento; me sentía morir y renacer de nuevo en otras gotas, sintiendo la paz y la aceptación de la muerte y la vida, ambas parte de mí misma.

Después, comencé a viajar, me sentí parte de una flor, subir por el tallo desde el suelo húmedo, nacer en capullo y abrirme luego en una sonrisa de color. Sentía la felicidad de formar parte de aquella vida, a la cual acariciaba y amaba con placer. Luego pasé al morro de un animal que parecía una llama peruana, aunque me percaté de que ya no me imaginaba que yo era la gota sino que estaba viendo la gota desde fuera, como humana. Opté por retomar el viaje y meterme de nuevo en la “piel” de una gota de agua.

La música me llenaba por completo; era rápida, continua, vibrante. Comencé a verme arrastrada en festivo correr como parte de las aguas de un río. Sentí la comunión con las demás gotas, cada una de nosotras banal e importante para el río que componíamos y el viaje terminó en el océano, libre, puro y pacífico. La música se detuvo con unos sones tranquilos. Yo permanecí en el océano unos minutos más. Se estaba tan bien allí, tan tranquila, como gota de agua que había alcanzado la unidad con los seres de su mundo. Con los ojos cerrados dejé que aquella paz me inundase hasta que la voz de Alo me devolvió a la realidad y volví a ser la humana que os escribe.

La paz del océano permaneció junto a mí durante varios días. La curación había surtido efecto. La tristeza seguía ahí, pero ya no me pesaba como antes. Ahora me alegraba de sentirla pues formaba parte de mi vida, ya que buena o mala, aquella sensación me pertenecía.

2008/04/15

Una fiesta poco habitual

Hoy es martes; mañana me toca publicar un artículo en la bitácora. El tiempo apremia y, aunque tengo mil ideas, no he hallado hasta ahora el momento de plasmarlas. Os escribo esto en una hora muerta antes de salir pitando para subirme al avión que me llevará unos días a Pontevedra. ¡Galicia, patria queridaaaaaaa! ¡Galicia, de mis amoorreeeeessss! Ay, no, si es Asturias. Bueno, perdonadme este lapsus mental, que me puede la euforia del viaje.

Hoy os quiero hablar de otro viaje, mucho más acorde con mi condición de D.Ruida. Todo comenzó con la invitación a una fiesta de cumpleaños de una amiga, digamos que se llama Lali. Lali y yo compartimos profesión, pero hace unos años ella buscó una alternativa a un trabajo bastante metódico y comenzó a introducirse en el mundo de los masajes, el yoga, la meditación y el crecimiento interior. Me comentó que habría un invitado muy especial en su fiesta, que llevaría a cabo cierto rito yogui. Por supuesto, como D.Ruida, me sentí apasionada con el tema y esperaba expectante el día marcado.

Al llegar, Lali me señaló en volandas a quien sería nuestro maestro de ceremonias, llamémosle Alo: un hombre delgado, en la cuarentena, con pelo canoso y varias calvas. Si me hubiese fijado mejor y supiese lo que vendría más adelante, lo habría relacionado con Gandalf, pero en aquel momento sólo se me ocurrió que el muchacho en cuestión parecía de lo más normal.

Y dentro de la normalidad se desarrolló la fiesta en el salón del apartamento de Lali mientras comíamos unos platos vegetarianos exquisitos, bebíamos una copichuela y charlábamos los invitados entre nosotros. No pasó mucho tiempo antes de que una música dulce y melodiosa, vago recuerdo de las leyendas ancestrales, me empujase a abandonar tan gustosa compañía y dirigirme al cuarto adyacente, de donde provenían los sonidos.

Unas diez personas nos sentamos de forma desordenada en dos semicírculos en torno a Alo, que sonreía con tranquilidad mientras nos mostraba sus colgantes y sus instrumentos. También nos enseñó sus amuletos. Todos ellos tenían un gran significado simbólico. Si se hubiese colocado unas plumas en el pelo, en vez de Gandalf lo hubiese asociado con un hechicero de una tribu india. Y, en efecto, se presentó como un chamán, y un chamán celta, en sus propias palabras, por provenir de una región de tradición celta.

Antes de seguir relatándoos qué ocurrió en aquella fiesta, creo que sería conveniente comentar brevemente qué es un chamán. Citando wikipedia sobre el chamanismo:

“El Chamanismo se refiere a una clase de creencias y prácticas tradicionales similares al animismo que aseguran la capacidad de diagnosticar y de curar el sufrimiento del ser humano y, en algunas sociedades, la capacidad de causarlo. Los chamanes creen lograrlo atravesando la línea con el mundo de los espíritus y formando una relación especial con ellos. Aseguran tener la capacidad de controlar el tiempo, profetizar, interpretar los sueños, usar la proyección astral y viajar a los mundos superior e inferior. Las tradiciones de chamanismo han existido en todo el mundo desde épocas prehistóricas.”

Yo había oído hablar de los chamanes, incluso fui invitada a una sesión de iniciación hace unos años, pero nunca me había fiado de estos seres que decían poder hablar con los muertos. Rechacé la invitación por asustarme este tipo de prácticas esotéricas y por miedo a acabar metida en una secta o algo peor. Ahora con más fortaleza espiritual y menos miedo a ser influida por circunstancias externas, pretendía presenciar este rito chamánico, abierta a lo que pudiese ocurrir y dispuesta a no emitir juicios. Intentaré transmitiros de forma objetiva lo que ocurrió y lo que sentí para que vosotros saquéis vuestras propias conclusiones.

Pero antes debo subirme a un avión y el tiempo apremia, así que dejo aquí mi historia, que os prometo es tan real como el vuelo de Aerlingus que me llevará a Galicia. Volveré pronto para contaros el viaje poco habitual al cual nos condujo Alo, el chamán músico.

2008/03/26

Oscar a la mejor canción original

Aunque la ceremonia de los Oscar ya ha pasado a la historia reciente de nuestras ocupadas mentes, Dublín sigue conmemorando el triunfo de Glen Hansard y Markéta Irglová como compositores de la mejor canción original de 2008. Su cara aparece en los escaparates de las tiendas de discos y en todas las papelerías en la portada de la revista irlandesa de música pop Hotpress.

Glen Hansard cuenta en un vídeo de youtube que Falling Slowly habla de la maravillosa experiencia de sentirse atraído por una mujer en una fiesta y descubrir que es la suya propia. Mi interpretación de la canción, en cambio, era totalmente distinta. Creía que la letra de la canción se refería a la historia narrada en la película. Si bien esto no me sorprende conociendo las canciones que suele componer Glen Hansard para su grupo The Frames, las cuales se prestan a diversas interpretaciones.

Once es una sencilla historia de amor, que narra el encuentro de dos barcos a la deriva (Glen y Markéta) que se dan ánimos para llegar a la orilla y deciden separarse una vez alcanzada ésta al considerar que el futuro no les reserva una historia común. Es una historia conmovedora y triste a un tiempo, con mucha música y diálogos de un gran realismo. Se trata de una especie de vídeo casero realizado por unos amigos para mostrarnos una pequeña fotografía musical de la vida dublinesa. Si deseáis leer una crítica más profesional de la película, echad un vistazo a esta página: http://www.decine21.com/peliculas/Once-10610.asp

La simplicidad de la película encaja perfectamente con la imagen que tengo de The Frames. Las actuaciones de este grupo exudan sentimientos de comunión y agradecimiento ante la creación musical y humana. Tras ofrecernos lo mejor de su música, Glen Hansard nos saluda y aplaude humilde y tímidamente desde el escenario, a nosotros, a su público, sonriente, respetuoso y agradecido ante tantas miradas iluminadas. Y es que su talento no sólo radica en la calidad de su música y de sus letras, cuya valoración dejaré a los expertos en estos temas, sino también en la sencillez de su persona. Glen nos habla al corazón como espectadores y nos abre una pequeña ventana a la bondad del género humano.

Por eso cada vez que escucho Falling Slowly no puedo por menos que pensar en los sentimientos universales que unen a los seres humanos, en los desafíos y las oportunidades que nos presenta la vida, en el agradecimiento por el amor y las amistades vividas, de corta o larga duración, en la tristeza de un adiós y en la alegría de un reencuentro, en el camino donde nos adentramos casi a ciegas, en las sorpresas que nos depara el futuro y en la posibilidad de volver al hogar, pues éste se encuentra en el interior de uno mismo y uno lo va amueblando poco a poco con muebles de su propio diseño. Hagámoslo con inmenso amor y no esperemos ya más. Reciclemos lo viejo, limpiemos nuestra casa, coloquemos cada cosa en su lugar y, mientras lo hacemos, disfrutemos de la travesía de hacerlo, que es la travesía del vivir. Nuestra vida comienza ahora.

Os dejo con un vídeo de The Frames de la canción Falling Slowly:

2008/03/05

La planta de la celda

Al fin había caído en manos de los niños un objeto de deseo, curiosidad y rebeldía. La planta lucía varias flores y se exhibía ante ellos esbelta, desafiante y orgullosa. El niño más alto, que no era el mayor, pero lideraba el grupo, se acercó lentamente a la maceta que la sostenía y tanteó sus fuerzas frente a las de semejante ser vivo. En cuanto la vio indefensa, estática y miedosa ante su presencia, se envalentonó y convocó a los demás. “Empezaré por la flor más pequeña" parecía decir mientras su mano se aproximaba a ésta y la arrancaba de cuajo con la fuerza de un demonio. La apretó en el puño y la deshizo en el acto; en seguida, abrió la boca y la devoró con la ansiedad y el deseo de quien no ha comido nunca carne humana. Mientras su boca se tornaba roja con la sangre del sacrificio que acababa de producirse, los otros niños observaban la escena entre excitados y ofendidos. El niño más alto, poseído por un fuego infernal, sonrió ante su hazaña y pensó en el inmenso placer que le reportarían el resto de las flores de la planta. En ese momento, sonó una sirena en el exterior y hubo de atender a otros asuntos...

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En Loganta existe una calle que se llama simplemente calle Mayor pues es la más grande del pueblo. En ella se encuentra la comisaría de policía y por segunda vez ese día Rutilda se dirigía hacia allí para averiguar el paradero de su hija, a quien habían detenido la noche anterior. No se le había imputado cargo alguno; se trataba a todas luces de una detención ilegal. Rutilda estaba dispuesta a denunciar el hecho y a buscar justicia, aunque era de todos sabido, ella incluida, que su hija había sido arrestada debido a su relación con Justin. Éste se había visto obligado a abandonar el país un mes antes tras haber escapado de una redada a la sede de su partido. Todos sus compañeros habían decidido dispersarse por diversas zonas del país, pero dado que él era el objeto de la batida, creyeron más prudente que Justin tomase un avión con rumbo desconocido. El porteador lo llevaría con documentación falsa a un lugar seguro, donde su vida estaría a salvo. Cada vez que Rutilda se preguntaba si su hija correría la misma suerte, una punzada de dolor le atravesaba el hígado. Y, sin embargo, debía prepararse por si ocurría.

Ya a primera hora de la mañana había ido a la comisaría con la intención de organizarlo todo. Su plan era en primer lugar enterarse de la prisión donde la habían llevado y en segundo presentar una denuncia si no se le aclaraban los cargos de su detención. Le habían dicho que el responsable no se encontraba de servicio y debía volver esa tarde. Luego visitó a Madame Rocans, a quien llamaban así por el aspecto francés de su apartamento, aunque no era francesa ni había estado nunca en Francia. Se informó sobre los pasos que habría de seguir en caso de tener que sacar a su hija fuera del país. Quince mil dólares en efectivo. El sueldo de tres años. La educación de sus nietos. La casa donde vivía. Atravesada por el pánico y la preocupación, se acercó a la casa de Zafiro. Él prometió ayudarla y se tranquilizó. Zafiro y ella habían crecido juntos en aquel barrio y aunque no eran más que vecinos, se trataban como hermanos. Siempre habían compartido el pan, los trabajos y las preocupaciones. Esta situación superaba todo lo que habían vivido anteriormente. Se oían tantas cosas por ahí: muertes, torturas, violaciones…

Mientras procuraba no pensar en ello, Rutilda inició por segunda vez aquel día los trámites policiales pertinentes para averiguar dónde se hallaba su hija. Tras una escueta entrevista con unas gafas gruesas y una pluma de oro, se enteró de que había sido arrestada por el temido Órgano de Informaciones. Ahora sólo le quedaba conocer el lugar exacto de la prisión para arrancársela de las manos a semejantes bufones del régimen. A los halcones sin escrúpulos, a la peor calaña, pobrecilla. Salió del despacho del comisario con el corazón en un puño. Tan agitada se encontraba que se olvidó de presentar la denuncia. Sus principios acababan de verse absorbidos por una presencia más omnipresente. El hambre de justicia comido por el terror a la inacción. La prisa se le antojó el único remedio a aquella catástrofe. Y mientras su corazón se aceleraba y todos sus músculos se contraían con fuerza, su mente no cesaba en su trajinar: debía hacerse con el dinero, llamar a sus conocidos, movilizar a los compañeros del partido; debía volver a comisaría, preguntar a los guardias, chantajear a quien fuese necesario. Debía sacar a la niña de aquella pesadilla.

Tomó el camino equivocado para volver a casa y hubo de volver sobre sus pasos; decidió comprar algo de pan, cambió de dirección de nuevo: no se vio con fuerzas para hablar con la panadera; giró hacia su casa y así se la vio avanzar y retroceder perdida por la calle Mayor o quizás por la vida, mientras su alma lloraba por dentro la suerte de una mujer que había llevado en su seno no hacía tanto tiempo. Al pasar por la plaza, una vendedora ambulante le ofreció una vela y sintió la imperiosa necesidad de comprarla. Quería llevarla al altar doméstico que poseía. Deprisa. Aquel acto se había convertido en cuestión de vida o muerte. Rápido. En su apresuramiento se le cayó el bolso al sacar la cartera y con él la vela que le había tendido la mujer. Preguntándose si aquello no sería un mal presagio, echó a correr a su casa para presentar la ofrenda lo antes posible. La encendió con manos temblorosas. Y alzó los ojos llorosos ante la imagen negra con una incógnita en la mirada. Se mantuvo así quieta unos instantes, de rodillas ante el altar casero. Y mientras la llama se iba consumiendo, la esperanza y la tranquilidad regresaron a su ser. Se abandonó a unas lágrimas silenciosas y contuvo su tristeza sólo cuando los niños llegaron de la escuela y preguntaron cuándo volvería su madre.

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Al caer la tarde los niños se reunieron una vez más alrededor de la planta. Curiosos, trataban de ver en su mirada orgullosa un símbolo de poder, pero no hallaban más que desidia. Las hojas estaban adquiriendo haces mortuorios y las únicas flores supervivientes deslucían en una sala demasiado oscura. La miraron desde todos los ángulos, como interrogándola o interrogándose sobre la futilidad de su vida. Esta vez el niño más alto mostró una corrección sin precedentes. La miró cariñoso, la piropeó con adulación y hasta se le vio comenzar un amago de caricia. La planta insistió en su porte altivo; irguió sus hojas con vigor y sus flores parecían querer iniciar un ataque. El niño más alto se sintió atacado y herido en su amor propio. Apartó a los otros niños y alzó los brazos al cielo como queriendo conjurar toda la maldad del universo en aquel gesto; agarró dos de las flores más hermosas y las partió entre sus dedos. El sabor rojo de la carne humana penetró en un seno carcomido por miles de ausencias. Y luego la sensación de alivio rezumó por todos los poros de una piel reptil, un alivio perecedero, pero válido y excusable. En un suspiro el niño más alto se alejó relajado, feliz de tener un deber por cumplir y de saber cumplirlo con saña de inquisidor.
Los otros niños huyeron asustados ante tanta maldad insana y se refugiaron en recipientes de cristal hechos a medida. La planta quedó a oscuras en una celda sin luz, con menos flores y temiendo la muerte en breve.

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Veinte cuervos se habían posado en el tejado de Rutilda el día de la detención de su hija. Veinte cuervos por veinte días que habrían de pasar antes de que ésta pudiese finalmente reencontrarse con ella, pero de momento sólo habían pasado nueve. Rutilda había recurrido a todas las personas que podrían contar con la información que precisaba, había repasado una y otra vez la posibilidad de reunir el dinero necesario para costearse una fuga y la manera de llevar ésta a la práctica, pero no acababa de ver claro el siguiente paso a seguir. Zafiro la había visitado el día anterior con noticias alarmantes. Su niña no se encontraba en una prisión, sino en un cobertizo destartalado que utilizaban los esbirros del Órgano de Informaciones para sus devaneos insanos. A tan solo dos horas de camino, su liberación se presentaba difícil debido al cabecilla de los guardias, conocido con el nombre de Comandante Mort. Zafiro había insistido en la necesidad de denunciar la detención ilegal; ello no influiría en la situación de su hija, pero desvelaría las artimañas del Órgano de Informaciones y su impunidad política. Zafiro se mostraba inflexible en este punto; los compañeros de partido habían dado la vida por cambiar la situación que se vivía en el país, pero si ciudadanos como Rutilda no tomaban cartas en el asunto y mostraban el valor necesario, el país “nuestro país quedará siempre hundido en la miseria, en la ignorancia más absoluta, en la represión, oculto a los ojos internacionales”. Rutilda sabía que Zafiro estaba en lo cierto, pero el miedo había penetrado poco a poco en su fuero interno, como una niebla lenta y espesa. Los miembros del Órgano de Informaciones eran conocidos por su crueldad, por su brutalidad. Eran las alimañas de un gobierno que se decía democrático. El mero hecho de poner una denuncia en su contra pondría a su familia en peligro y podría conducirla a la muerte.

Arrodillada ante la imagen negra, la mañana del noveno día Rutilda buscaba otra vía de acción para rescatar a su pequeña. La imagen de la diosa permanecía inmune a sus plegarias, a sus ruegos y lloriqueos. Encendió más velas e intentó concentrarse. Llevaba allí postrada desde hacía más de una hora, desde el canto del gallo. Buscaba otra salida, algo más sencillo, mas pese a su insistencia, el rostro de su protectora se mostraba inflexible. Por un momento le recordó la cara grave de Zafiro en su conversación de la noche anterior. El rosario dio mil vueltas en su mano; no conseguía concentrarse; se preguntaba si sería realmente necesario presentar la denuncia, si ello cambiaría la situación de algún modo, si los dioses realmente le pedían aquel sacrificio tan doloroso. Se preguntaba por el bienestar de sus nietos. En ese momento, la más pequeña de las nietas trepó a unas de las sillas de la cocina y preguntó por el desayuno. Había tenido un sueño precioso, decía, en el cual ella y sus hermanos vivían en una casita roja, en una ciudad muy grande y hermosa donde había muchos parques con flores y árboles. Y su mamá los esperaba todos los días al salir de la escuela…

Antes de que su nieta acabase el relato, Rutilda había tomado una decisión firme. Abrazó a la pequeña con fuerza y le pidió silencio con una sonrisa forzada. La inocencia de aquella niña consiguió disipar sus dudas y sus miedos. A veces los dioses hablan por boca de los niños y quizás el sueño era premonitorio de un futuro mejor en otra tierra; en otro país, si cabe, pensó. Rutilda ya no se sentía el cuerpo de tantos dolores como notaba. Dio el desayuno a la niña y la vistió como una autómata. Dejó a su hermano mayor al cargo de la casa y se dirigió una vez más a la calle Mayor. Se obligó a pensar en la cena que prepararía esa noche para evitar caer en la trampa del pánico. Ya se había hecho conocida en comisaría, pero hubo sorpresas en las miradas al expresar su intención de aquella mañana. Todo pareció detenerse el momento que denunció la detención de su hija. “Verduras al vapor” pensaba mientras escribía su información personal, “pollo en salsa”, describía el hecho y "plátanos dulces" para firmar al final del impreso.

Dos días más tarde comenzaron las amenazas. Llamadas de teléfono que sobresaltaban a los niños cuando veían el terror en la cara de su eternamente sonriente abuela. Coches que perseguían de cerca, lentamente, siguiendo los pasos para alterar el ritmo de corazones inocentes. Mensajeros de la calle que se acercaban con cartas anónimas, gritos de muerte y advertencias siniestras. Personas apresuradas que parecían querer engullirla en medio de una calle poblada y la dejaban marchar unos pasos más adelante. En Rutilda se había despertado el pavor, pero también otro sentimiento más poderoso, el cual la empujó a regresar a comisaría y denunciar esta vez los hechos contra su persona: el orgullo y la determinación. Y así los días fueron pasando entre amenazas, denuncias y revoloteos de cuervos. Más velas aparecieron en el altar doméstico. Más preguntas, ahora silenciosas, en los pequeños huérfanos.

Un día se le hizo tarde al volver del trabajo en el mercado y ya caía la noche. Un turismo se cruzó en su camino y de él salió un soldado vestido de civil. Rutilda echó a correr; pensó que venían a detenerla. El hombre la persiguió por entre los puestos del mercado y la alcanzó poco más allá. La miró amenazador mientras la asía del brazo derecho. La empujó hacia el interior del vehículo y allí se las hubo de ver con otro militar, que le pidió una suma dada y le comunicó la fecha exacta en que irían a liberar a su hija. El Comandante Mort se encontraría fuera de la ciudad y sería el momento adecuado para proceder a la fuga.

Quince días después de su detención Rutilda supo que su hija vivía. Cinco días más tarde, el hombre del coche iría a buscarla para recoger el dinero y conducirla a su encuentro. Cuatro días antes de la fecha combinada, se recibieron noticias de que Justin se encontraba en Irlanda. Tres días antes de la fuga Mme Rocans preparaba un pasaporte francés y contrataba a un porteador que hablaba inglés. Dos días antes del encuentro, Zafiro y su mujer se llevaban a los niños a casa de la hermana de Rutilda, a cinco horas de camino de Loganta. Un día antes Rutilda se instalaba en la vivienda familiar de Zafiro tras haber vendido su casa. Estaba segura de que no saldría con vida de aquella empresa y, sin embargo, ya no tenía miedo. Sólo ansiaba reunirse con su hija.

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La planta se iba muriendo en aquella celda oscura, sin ventilación ni luz solar. Sin flores, notaba el frío en el cuerpo y olvidaba gestos que la hacían feliz, aguas y caricias otoñales. Se hacía difícil imaginar momentos agradables, dichas cotidianas tras aquellos abismos. La puerta se abrió de nuevo. Se dejó estar en su esquina, con la mirada baja, como todas sus hojas, hastiada de tanta visita molesta. Una vez más se preparó para combatir, pequeña como era, dolorida como estaba, insignificante como se sentía. Aunque las fuerzas le empezaban a fallar. Sabía que se acercaba el fin. Sabía que no podría aguantar muchos días más en aquel cuarto, en aquellas condiciones. Alzó la mirada y se dispuso por primera vez a pedir clemencia.
La mirada de los niños había cambiado. Su madre se hallaba frente a ellos inquisidora. Cuando vio a la planta, su corazón dio un vuelco. Se abalanzó sobre ella y la cubrió de mil palabras cariñosas, de mil consuelos, de mil caricias verbales. Con sumo cuidado la levantó en su maceta y la llevó al exterior. Se alejó con ella hacia una casita roja y decidió transplantarla al jardín. Excavó con ahínco y veneración el hoyo necesario y con extremada delicadeza, posó dulcemente la planta en tierra firme y la regó con una mezcla fertilizante. De ahora en adelante, la tierra madre se ocuparía de ella. Sonrió satisfecha y se perdió en el interior de la vivienda.


La tortura sigue existiendo en muchos países del mundo. Este relato está inspirado en hechos reales. Si quieres tener más información, consulta http://www.es.amnesty.org/

2008/02/13

La empanada

Entré en la pequeña tienda coruñesa y no pude dar crédito a mis ojos: frutas y verduras de todos los tamaños y colores esperaban ordenadas en cestos caseros y bien dispuestos, recién llegadas de la huerta; huevos caseros a granel reposaban en una caja situada tras el mostrador, donde la sonrisa de la vendedora los guardaba en bolsitas de plástico a petición de los clientes; y quedé prendada sobre todo del pan de bolla, redondo y hermoso, que se exhibía en el estante superior al de la caja de huevos y que yo no podía por menos que admirar embelesada. Si no fuese por naturaleza introvertida, sé que mis ojos dejarían correr lágrimas de placer. Después de vivir 3 años en Irlanda, en una época donde lo más excitante en cuestión de verduras eran las lechugas iceberg, donde los huevos eran siempre de granja o de corral y donde el pan, ¡ah! ¡el bendito pan! ¡el auténtico!, sólo podía adquirirse en algunas tiendecillas especializadas del centro, mi corazón se exaltaba ante estas visiones de otro tiempo, mágicas, sencillas y rehabilitadoras.

Compré lo que necesitaba e inicié la temible subida a la cuesta empinada de “Los Castros” de camino a casa. El pan descansaba en la bolsa de plástico que me había ofrecido la dueña del local, no tan sonriente con la nueva clienta que era yo, quizás incómoda con las miradas desproporcionadamente ávidas que había propinado a su mercancía. Su desdén había caído en el olvido de mi mente, que seguía con ansiedad el vaivén de la verde bolsa donde se hallaba la bolla de pan. Si no tuviese la corteza tan gruesa, dejaría toda la carga en el suelo, abriría la bolsa verde, lo cortaría allí mismo con las manos y lo probaría al instante. Prometía tales placeres gustativos. Le eché un vistazo y me pregunté si lo habrían cocido en un horno de barro, como el pan que según mi madre se cocinaba en la casa de la única bisabuela que conocí. O si habría sido cocido en un horno de leña de los modernos, como el de la casa de mis abuelos paternos, propietarios de una panadería, donde mi padre había trabajado desde los 10-12 años hasta el día en que se incendió el local. Lo consultaría con él. Mi padre sabría qué tipo de horno sería necesario para cocer un bollo de estas características. Mi habitual escepticismo de adulta dio paso a la credulidad de una hija entregada a la adoración de su padre al considerar cuestiones tan serias como la cocción de un bollo de pan.

Y es que recordaba el movimiento de sus manos, callosas debido a las altas temperaturas de los hornos, impacientes entonces por recoger el pan y recibir el día cantando sobre una bicicleta que saciaría el hambre de muchas casas, firmes ahora ante su decisión de demostrarnos cómo se hacía una buena empanada, delicadas para convencer al agua del amor de la harina y crear con ellas una suave pasta que iría conduciendo con sus manos hasta formar la masa mágica. Yo no podía despegar mis ojos de aquellos movimientos, tan decididos y ligeros a la vez, ahora de una mano, ahora de las dos, movimientos ejecutados de manera despreocupada con un saber aprendido desde la cuna.

Primero se creaba una cordillera de montañas de harina en una mesa limpiada con esmero previamente por mi madre. La cordillera era circular y había un valle interior donde mi padre dejaba caer suavemente la mezcla de agua templada con levadura fresca y una pizca de sal. Luego comenzaba la fase del cortejo, en la cual mi progenitor dibujaba dulcemente el perfil del valle con el movimiento concéntrico de una de sus manos, dejando que el meñique tocase la base de las montañas para incorporar éstas de forma gradual al valle. En unos instantes constatábamos que, efectivamente, la fe mueve montañas.

Mientras tanto, la cocina se iba llenando de un olor tan familiar como delicioso al afanarse mi madre en torno a una sartén donde, tras haber calentado un chorrito de aceite, se sofreía el bacalao, previamente escamado y picado con cariño, y las uvas pasas, que todos habíamos librado de los incómodos rabos. Así se cocinaba poco a poco el “mejunje”, como le llamábamos, que rellenaría la empanada.

Ante estos olores tan nutritivos, las manos de mi padre habían alcanzado una velocidad mayor y una de ellas movía la masa aquí y allá como si estuviese bailando un tango. La otra permanecía inmóvil al otro lado del cuerpo, tranquila pero pendiente de todo. Transcurrido un tiempo prudencial, si prudente es llegar al punto del hastío en el amasado, mi padre juntaba los dedos y hacía el gesto del karateca antes de romper el ladrillo; acercaba la mano al bollo grande que había creado y, en lugar de romperlo, lo marcaba con la señal de la cruz. Después, llegaba la odiada espera: la sartén del bacalao apagada ya y a un lado de la cocina, la masa colocada suavemente en un barreño y arropada con varios paños para que se calentase y creciese. Yo me moría de ganas de levantar toda aquella maraña de paños para comprobar si por fin había desaparecido la señal de la cruz y las manos de mi padre podían volver a bailar con la masa.

Mientras esperaba, solía entretenerme con los dibujos animados de la tele o, si el día estaba soleado, quizás diese unas vueltas en la bici o es posible que jugase con mi hermano a alguno de los innumerables juegos que nos inventábamos. Todo a fin de que el tiempo pasara más deprisa. Y así era. En menos de nada, ya estaba mi padre de nuevo retirando la masa del barreño, previa aspersión de harina por la mesa de la cocina, otra vez gracias al diligente movimiento de una de sus manos. Mi hermano y yo ocupábamos nuestro lugar de costumbre a ambos lados de la mesa y veíamos cómo el gran bollo giraba una y otra vez; giraba, daba vueltas, subía y bajaba, en fin bailaba el tango con aquellos dedos callosos y manchados de harina, los cuales al final lo dividían en dos mitades que formarían la parte superior e inferior de la empanada. Mi padre lavaba cuidadosamente una botella de vino vacía, pues no teníamos rodillo, y la cubría de una ligera capa de harina. Con ella procedía a extender los bollos de masa hasta convertirlos en dos capas de tamaño parecido.

Mientras mi hermano y yo atendíamos atentos al amasado, mi madre había encendido el horno, donde habría de cocerse la empanada. Ésta se elaboraría por pasos: primero se colocaría en la fuente del horno una base enorme de masa, después la capa de mejunje de bacalao con uvas pasas y al final otra porción de masa volante más pequeña. Con sus dedos, el antiguo panadero recogería los extremos de la base inferior que caerían sobre los lados de la fuente y los enrollaría hacia el interior con una magia sorprendente. Estos serían los futuros curruscos que tanto gustaban a mi madre. En la superficie superior, mi hermano y yo decoraríamos la empanada con los buñuelos que formaríamos con los restos de la masa. En ella se leerían nuestras iniciales, aparecerían círculos o cuadrados, la “S” de Superman, o cualquier otra cosa que se le ocurriese a nuestra mente infantil.

El calor del horno comenzaría a calentar la pequeña cocina cuando mi padre decidiría abrir un pequeño orificio en el centro de la empanada y añadir unas gotitas de aceite de oliva a la abertura, toque final que indicaba el momento de introducir la empanada en el horno, cosa que hacía con delicadeza y atención de experto. A partir de ese momento, todos esperábamos expectantes durante minutos a que la empanada adquiriese el color dorado que nos permitiría comerla con la alegría de saberla el producto de todas nuestras manos
Ante estos recuerdos, la llegada a la puerta de mi casa casi me sorprendió. Hoy no me había fatigado la subida a “Los Castros”. Entré directamente a la cocina y dejé las bolsas en la mesa. Saqué el pan de bolla y corté una rodaja con el cuchillo. Probé un pedazo con glotonería. Su aspecto no me había engañado. Era realmente delicioso. Me preguntaba si alguna vez mi padre me enseñaría a hacer un pan tan rico del mismo modo que me había enseñado a hacer empanadas. Soñé con una casa de campo hecha en la piedra del país, en la cual instalaría un horno como los de antes; soñé con tardes de domingo amasando como mi padre; soñé con la paz y la tranquilidad de este futuro que me había regalado por un momento el recuerdo de un pasado pacífico y tranquilo.

2008/01/23

La buenaventura

Este fin de semana fui a una exposición artística clandestina en el centro de Dublín. Detrás de varios cerrojos, una puerta miniatura y un patio corroído por la acción del tiempo, se hallaba una sala pintada totalmente de blanco. La exposición llevaba por título “Chances” (oportunidades, aunque también suerte, fortuna, ventura).

En un rincón un par de músicos de nacionalidad latinoamericana emitían sonidos suaves, mientras una pantalla gigante a sus espaldas mostraba imágenes de la naturaleza. En el medio de la sala varias cajas pintadas de blanco dibujaban a modo de losas una ruta hacia el blanco piano. Tras él una mujer de origen asiático leía unas improvisadas cartas mientras echaba un vistazo a la palma de la mano bajo la temblorosa luz de una vela. La oscuridad que escondía el piano contrastaba con la blancura del resto de la habitación.

Las dos primeras cajas contestaban Yes o No a las preguntas mentales de los curiosos bebedores de vino caliente que nos congregábamos allí. En la tercera reposaba un dado que nos mostraba nuestra suerte según el lado en el que cayera. La última caja era un dispositivo de música destartalado que nos recordaba que debíamos ver La vie en rose al emitir la melodía de esta canción.

Excitados y expectantes, unos cuantos españoles hicimos cola para averiguar nuestro futuro más allá de la oscuridad del piano.

Al día siguiente me costó levantarme de la cama. Tras varias semanas de vacaciones en España, me había sorprendido la energía con la que había vuelto a Dublín, salvo esa mañana. La adivinación había puesto fin a mi fuerza y a mi mirada positiva. Y es que las cartas contradecían mi corazón y me negaba a creer en ellas, pero su peso me retenía y me vencía.

Me asusta pensar que aquel episodio pueda influirme de tal manera y cambiar mi destino de una forma tan frívola y me resisto a su influjo, pero ya me siento presa de aquellas palabras premonitorias; ya mi mente se ha esclavizado y se aferra a ellas para evitar que mi cuerpo, sano y vivo, tome el control. La mente, mi mente, adora estas exhibiciones de poder esotérico pues le ayudan a salir de este cuerpo alegre y ligero cuya alma la controla.

Ayudadme, estimados lectores, os suplico que escribáis una solución a este desasosiego que me embarga al conocer un posible futuro que empapela mi vida. Mostradme el camino para salir de esta oscuridad que se apoderó de mí tras un viejo piano blanco. Quedo a la espera de vuestras sugerencias, yo, vencida de nuevo, presa de mi nombre: D.Ruida.

Nota: Quiero aclarar a mis queridos amigos que este relato es mera ficción, aunque está basado en hechos reales. He recibido mensajes personales de ánimo. Los agradezco de corazón, pero el desasosiego lo está sintiendo de forma ficticia D.Ruida, no vuestra amiga. D.Ruida sigue esperando colaboraciones para publicar que pongan remedio a su congoja. (30-01-08)

2008/01/02

Pascual y María

Después de intercambiar mil mensajes de correo electrónico, estaban sentados ahora uno frente a otro en una cafetería cualquiera del centro de una ciudad cualquiera. Cada uno se había hecho una idea del otro y se disponían a descubrir la realidad escondida tras la palabra escrita.

--- Así que tú eres Pascual.

--- El mismo que viste y calza.

“Y con un toque muy clásico, por cierto. Nunca pensé que fuese así" - pensaba María mientras se rizaba un mechón de pelo con la mano derecha para tranquilizarse.

--- Pascual, tengo que hacerte una pregunta...

--- Y yo miles. Habla tú.

“Ya pensaba hablar yo". Siguió rizándose el mechón rubio.

--- No tengo mucho tiempo, Pascual.

Pascual tornó en una mueca su sonrisa abierta. María era una rubia muy atractiva y no entendía sus prisas. Al fin y al cabo, ella había sido quien lo había citado en aquella cafetería mediocre. Con cierto aire de decepción, se ajustó las mangas del jersey rojo y miró el reloj distraídamente.

--- Pues tú dirás.

--- Quería hablarte de la frase del otro día.

--- Refréscame la memoria.

María notó el tono glacial de esta última frase y se estremeció. No sabía cómo continuar tan delicada conversación.

--- No marcho nunca solo. Lado a lado caminamos mi sombra y yo. Dijiste que la habías escrito tú.

--- Así es.

--- Sin embargo, firmaste el mensaje con otro nombre, un nombre de mujer, Juana.

--- Dudo que haya hecho eso.

María miró en torno a sí buscando apoyo a sus palabras en las mesas vecinas. No sabía cómo continuar. Tragó saliva y enrojeció.

--- Fue como contestación a un mensaje mío en el cual te decía que no me sentía sola, pero me gustaría caminar acompañada.

--- Sí, me acuerdo de tu mensaje.

--- Estaba firmado con el nombre de Juana. Pensé que eran palabras célebres de Juana de Arco o algo así.

--- No, yo me inventé la frase.

--- Eso me decías en los siguientes mensajes. Es todo muy extraño, Pascual.

--- No veo qué te asombra tanto.

--- Nuestro encuentro, estos meses y los mensajes. Tu frase firmada con nombre de mujer.

María se removió en la silla. Recordó que llevaba un elástico en el bolsillo y se recogió el pelo en un moño antes de proseguir. Necesitaba tiempo para pensar cómo exponer aquello. Pascual no parecía comprender su ansiedad ante aquellos mensajes. Parecía aburrido ante su insistencia. Tantos meses esperando aquel encuentro y ahora debían hablar de un mensaje de tantos. María era una mujer muy extraña. Se disponía a ajustarse el cabello en plena cafetería. Quizás no sabía que la naturalidad tenía ciertos límites.

--- Sentí tu frase como un eco de mis propias palabras. Sentí que las había pronunciado u oído yo antes.

--- Eso se llama “déjà vu”. Es muy frecuente que ocurra.

--- No, no, no era un déjà vu. He tenido déjá vus en otras ocasiones, pero esto era distinto. Por eso necesitaba hablar contigo. No quería ser malinterpretada. Necesito hablarte de muchas cosas.

--- Bien, pues aquí estoy—volvió a mirar el reloj disimuladamente. Si se apuraba, todavía llegaría a casa a tiempo de ver el partido. Había renunciado a él para estar allí, pero las cosas habían cambiado. Los ojos de María lo hechizaban, pero no se dejaría enredar. Esta mujer no había hecho más que decir tonterías desde que se habían conocido.

--- Pero antes me gustaría saber por qué firmaste con nombre de mujer, por favor dímelo.

--- Te repito que no lo recuerdo. Siempre firmo mis mensajes de la misma manera, ya lo sabes.

--- Éste no. Sentí que había llegado el fin.

--- El fin de qué exactamente…

--- El fin de esto, de nuestras conversaciones, de este misterio.

--- ¿Misterio? Misterio ninguno. Nos conocimos en el gimnasio. Nos pasamos el email y nos dio por enzarzarnos en una conversación virtual durante meses. Nos hemos divertido y el otro día me pediste que quedase contigo en este café. Y punto.

--- ¿Y nunca has notado nada extraño en estos meses?

--- ¿El qué?

--- ¿Recuerdas cuando me comentaste que te habías comprado una bicicleta?

Pascual asintió.

--- Esa misma mañana, antes de recibir el mensaje, había dado el primer paseo en mi bicicleta vieja. Llevaba aparcada en el garaje de mi casa durante meses.

--- Pura coincidencia, ¿de eso querías hablarme? ¿De bicicletas?

“Ese horrible jersey rojo se va a estirar si sigues tirando de él de esa manera”, pensó María. La actitud de Pascual comenzaba a enojarla, pero se había propuesto descubrir si él había vivido las mismas coincidencias y el porqué de aquel misterioso mensaje en que firmaba con nombre de mujer y la ira no iba a disuadirla de su misión. Respiró hondamente.

--- No, no quería hablarte de bicicletas. ¿Recuerdas el mensaje sobre el perro que apareció por tu casa?

--- No me digas que tú te compraste un perro en esa semana.

--- No, mi perro desapareció esa semana.

--- Claro y seguro que también era un Golden Retriever.

--- Sí, ¿el tuyo también? Vaya.

Pascual miró a María con cierta indignación. Ésta no podía ser la mujer inteligente con quien había intercambiado mensajes de filosofía y política. La María de su mundo no se preocupaba por cosas tan banales como las bicicletas y los perros. Sin embargo, era curioso observar que, en efecto, se habían producido ciertas coincidencias entre ellos. A pesar suyo, aquella perorata superflua comenzaba a interesarle. Además, la suavidad con que María se acariciaba aquel rizo lo clavaba a la silla. Quería tocar aquellos cabellos con sus manos. El enfado y la fascinación lo tenían preso en aquella cafetería, no sabía qué aroma tendría este café.

--- Hace un mes me enviaste una frase que había escrito la noche anterior en un cuaderno. Lo había dejado en la mesilla de noche y me fui al trabajo con la frase en la mente. Cuando vi tu mensaje, comencé a temblar. Sentí que desaparecía, que me diluía en medio de la nada.

--- Sólo son coincidencias, casualidades, nada más.

“¿Se diluía en medio de la nada? Esta mujer ciertamente tiene problemas mentales”, pensó Pascual. Decidió no prolongar más la escena. Una conversación con una lunática siempre es interesante, pero cada cosa en su justa medida. El rizo tendría que buscarse otras manos.

--- Pero es que ahora firmas el mensaje con un nombre de mujer.

--- Te repito que no me acuerdo de eso. Tengo que marcharme…

--- Sólo un momento. Cuando recibí ese mensaje, me sentí desaparecer. Tus palabras eran mis palabras. Tu firma era mi nombre real. Era como si me estuvieses escribiendo, como si me estuvieses inventando. Ya no sé si existimos los dos y vivimos una serie de increíbles coincidencias, o si el que vive eres tú y yo no existo más que dentro de tu mente.

Al decir estas últimas palabras, María comenzó a sentirse mal. El aroma del café penetraba dolorosamente en su corazón. La cabeza le daba mil vueltas y tenía la sensación de que se desplomaría sobre la taza blanca de un momento a otro. Pero no ocurrió así. Mientras cerraba los ojos, María sentía frío y una inmensa ligereza. Al abrirlos, se alisó las mangas del jersey rojo que había decidido ponerse aquella mañana. Miró el reloj y se terminó el café. Pulsó la tecla para enviar el mensaje y sólo en el último momento se dio cuenta de que lo había firmado con un nombre que no era el suyo: María.