El Mundo Today

2011/12/23

Barren is the night

Barren is the night.


Subjective is the light.


The streets pass by.


Shop doors close and die.


People always say goodbye.


The ocean always greets the moon.


The drunken man may arise about noon.


He may forget his problems


As he converses with his goblins.


In angel stealth and with absence of breath


the streets get wetter so I will greet my death.


I gasp at the stars that talk to loneliness tonight


For people can be the darkest clouded night.


You just have to whisper to nature in the modern light.


वहत यू हेअर इन Santander

Cats at Night



The cats late at night


scream as they fight


or cry. I don't know which.


They scream, "Paul"


as the light in my bedroom,


the bedside light talks to the moon


and the splinters of my mindless


conciousness


as a beautiful woman helps


me walk into a wall


so now I can only hear the cats scream


out my name.



"Paul" , they'd shout



or so it seems


in my world of deep thought


she could have possibly entered to redeem.


2011/12/05

Asunción correcta pero fallida (nº. 27)

En Asunción preguntas por la Chaca en un cruce con semáforo donde tiene su territorio Demetrio, un limpiaparabrisas. Nada más verte y oírte esas zetas, tan interdentales ellas, Demetrio te hace ver, casi sin palabras, que en la Chaca con suerte sólo te atracarían, y eso un domingo a mediodía. Se ofrece pues a pillar faso por ti (¿a qué, si no, ibas tú a querer bajar allá?), a cambio de una comisión del 50 por ciento. Y de tu confianza. No hace falta decirlo, pero lo dice.
En cuanto le ves alejarse con la plata adelantada, te das cuenta de que el riesgo es excesivo: ya tiene 20.000 guaraníes. ¿Qué necesidad tiene de importunarse para lograr una ganancia de 10.000?
Tu asunción es correcta, pero fallida. Precisamente porque carece de otras dignidades, necesita demostrarse digno de una confianza básica, especialmente ante un desconocido y extranjero. Sólo por eso a los diez minutos regresa al punto convenido trayéndote un alijo de una calidad como no habías conocido. Y dejándote una lección de señorío. Antes de darle un anticuado apretón de manos, le ofreces, además de su comisión, una parte del alijo
--Yo prefiero fumar crack --te aclara al rechazarla.
No te cabe duda de que así es. Demetrio es hombre de palabra. 

2011/11/26

Virtuosas matrices han engendrado vástagos perversos

Si scires de incommoda quae parentes ad vos stare
tu non dormias felicitas in tali dui quam numquam lavari
et non ad magnificum turpis
te operas
et non cogites de omnibus quae times
Hoc scire debes non anima tua deserta per infantiam tuam nubila
propter otium fuit
quod frustra errare trans mare magnum sicut mirum nauta
tuas in tua damna sola tua infirmitate

2011/11/24

Buena chica

Como todos los sábados, llegó al chalet unos minutos antes de la diez.
Saludó a sus padres con un beso, se lavó los dientes, volvió a besarlos para desearles las buenas noches y subió a su habitación.
Papá y mamá se miraron complacidos, orgullosos de su hija y satisfechos de sí mismos por la educación que habían sabido proporcionarle.
-¡Reza tus oraciones antes de acostarte! -gritó papá desde el salón.
Pero ella no lo oyó; estaba ensimismada mirando las marcas de mordiscos que le habían dejado en los muslos esos tres vejetes tan cachondos con los que había pasado la tarde.


Reto nº 6 >>
<< Mi amigo Luis

2011/11/15

Mártires y camicaces

 
Me contaba hoy un amigo nuevo que una vez, combatiendo en un conflicto neocolonial como peón de la Guerra Fría, se vio literalmente hundido hasta el cuello en mierda ...y eso era lo menos malo. Se había escondido en un estercolero para despistar a los perros del enemigo, que lo andaba buscando con intención de ni molestarse en apresarlo. Con tan poco envidiable perspectiva, mirando pasar una y otra vez patrullas enemigas a escasos metros de su posición, en la más pavorosa de las soledades, mi amigo se dijo: "Si salgo de ésta, todo lo demás me chupa un huevo"; y cumplió su promesa, lo que no significa que ahora le dé todo igual, sino más bien que aquel día estableció un orden de hierro en su personal jerarquía de qué merece la pena y qué no.
A mí mismo me llegó otra vez una advertencia parecida, en forma más amable y tal vez por eso menos efectiva; específicamente forma de maceta derribada por el viento hacia la calle desde la terraza de un quinto piso: su impacto objetivo, inapelable, a escasos centímetros de mi posición, en el paso de cebra de la calle Gallo a la altura de Córdoba, me hizo recordar con claridad cegadora hasta qué punto no es una frase hecha eso de que podemos morir en cualquier momento, inopinada, absurdamente, sin previo aviso, orden ni sentido. De la manera más inútil, arbitraria, gratuita. Y no habrá gloria en nuestro sacrificio, porque ni sacrificio será.
Se sacrifican los mártires, como bien sabe mi nuevo amigo, que reconoce sin equívoco la victimista mirada del mártir y huye de ella como de la Dictadura, porque el martirio da mucho miedo justificado. Es la peor muerte, una cargada de razones, sierva de una Causa superior que la legitima. A la inversa, ese sacrificio escupido con nula elegancia a la cara de la mayoría afortunadamente incapaz de gestos presuntamente tan nobles es lo que convierte a una Causa en buena y justa, al punto de volverla efecto: "si antes pudiera ser que no tuviésemos razón, ahora sí que no hay duda de que la tenemos, como demuestra más allá de toda duda la sangre del mártir", vean, miren, admiren: sus mutilaciones, su ab-negatio, sus sesos esparcidos sobre la fachada de la vieja biblioteca pública de Mondragón.
(Los etarras pertenecen a un género martirológico especialmente repugnante: el de "si te mato, la culpa es tuya". ¿Ves lo que me obligas a hacer? ¿Es que no tienes corazón? Etc.)
En cambio un camicace que se precie obedecerá invariablemente a su personal código del honor, propio de un aristócrata. Aun cuando él crea con toda sinceridad estar sacrificándose por su Emperador, su principal impulso será el amor propio, lo que en mi opinión vuelve su muerte mucho más estética, incluso artística de puro subjetiva.
En su caso, paradójicamente, la gloria del sacrifico consiste en que no se trata propiamente de un sacrificio. En el fondo el camicace no muere en otras aras que las de su propio orgullo. Su sufrimiento no le reza a ningún Dios, sino que por el contrario le sitúa a él por encima de Dios, como decía Simone Weil. Más que someterse al Orden superior que le gobierna, impone caprichosamente el suyo particular, cierta suerte de caballerosidad, a lo que juzga caos ingobernable.
Asusta mucho, sí, comprobar sin ningún género de dudas que algunos eligen y hasta anhelan ser mártires, prefieren ser abatidos intentando saltarse el Muro de Berlín (opción heroica-sacrificial) a cruzar de hecho al otro lado por el procedimiento de excavar pacientemente un túnel durante años (solución pragmática que permite asistir al final de la película en fila 8 y hasta con cerveza y palomitas).
Pero más aún asusta el camicace, por la gélida determinación, sin énfasis ni aspavientos, que le dicta su Código. Este no se inmola para cambiar la realidad, sino que es su más imperturbable servidor. Un mártir es útil a la Revolución e igualmente útil a la Contrarrevolución, se presta gustoso a ser manipulado; el camicace se limita a cumplir con su deber: la opción más digna cuando ya no quede nada por hacer (ni un minuto antes). El primero es fanático; y también el segundo, pero su fanatismo es del género pragmático.
La estética del camicace se aprecia ejemplarmente en los pocos artistas cuyo malditismo es auténtico, sin pose ni artificio: una vocación abnegada que empieza por negar al yo para someterse incondicionalmente al gran Arte con la entrega absoluta que exige el Amor desinteresado: la consecuente coherencia, a prueba de todo, de un Van Gogh o un Óscar Domínguez; la ciega fidelidad al ideal estético de un Artaud o un Leopoldo Mª Panero, cuya lucidez extrema desemboca fatal en la locura; la estoica impavidez de un José Tomás que, viendo con claridad al toro venir a embestirle, no se desplaza un milímetro de su posición, en la certeza de que un torero jamás cede sus terrenos a la bestia: antes bien, le dicta cuáles son los suyos, por dónde debe pasar. Y que de vez en cuando el toro te quite de en medio no refuta esa verdad, la corrobora.
También don Quijote es un camicace, y nunca más suicida que cuando recobra la cordura perdida por la fidelidad a una imagen irrenunciable de sí mismo. Hacia el final de la Segunda Parte (cap. LXIV), el bachiller Carrasco, uno de los terapeutas que pugnan por devolverlo al redil de la Realidad, idea la estratagema de retarlo a duelo, so disfraz de Caballero de la Verde Luna y condición de que, si Quijano cae derrotado, entrará en razón, o sea que se curará; o lo que es lo mismo: se rendirá, se apeará del rocín, domesticará a su desbocado yo, enemigo de cualquier felicidad; apagará su noble orgullo, su dignidad humana, como al más devastador de los incendios, abjurará del código que guía los hechos que importan de su vida, traicionará a su ideal más sagrado, es decir a Dulcinea.
Tamaño sacrificio es demasiado pedir de todo camicace digno de tal nombre, porque como decíamos el camicace casi nunca se sacrifica ni menos se justifica: pone ante todo su suprema voluntad de no rendir cuentas a nadie ni a nada. Por eso, cuando a la primera lanzada Carrasco descabalgó a Quijano y le puso la lanza sobre la visera diciendo:
»--Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.
Éste, yaciendo inerme e indefenso sobre la pútrida arena de la Barceloneta, "molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
--Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra".
No es imprescindible ser muy inteligente para darse cuenta de que don Quijote no puede responder otra cosa; y no por haber estado loco, sino porque los excesos de su locura le han otorgado la lucidez de saber que, en su desesperación, a un derrotado sólo le queda el honor de una muerte de camicace que no se sacrifica sino por sí mismo.
En el extremo opuesto al quijotismo, que no se sacrifica por nada, porque su honor le veta la inmolación de su yo, Cristo, Nuestro Salvador, es el Supremo Mártir. Pero, careciendo de madera de suicida, en el huerto de los Olivos se siente camicace, duda, nota intuitivamente que algo no anda bien, se da cuenta de que para ese cáliz no da la talla. Demasiado amargo. Al Redentor le falta el aristocrático orgullo del camicace, más que a nadie a Él, que ha convertido la humildad en valor supremo del cristianismo, llegando a lavar los pies a sus subordinados, indignidad entre lo friki y lo porno-chic en la que jamás incurriría un camicace, por no hablar de lo de poner la otra mejilla o perdonar 490 veces, que ya es como para perder hasta la cuenta.
Conclusión. Vaya usted por ahí enjabonando los pinreles a sus mandados y ya me contará lo que le duran el mando y el respeto. Esa misma noche, mientras el Maestro literalmente suda sangre, sus no tan fieles discípulos, los apóstoles en quienes por fuerza no tendrá más remedio que delegar, sucumben al sueño y caen todos sin excepción en brazos del pagano Morfeo. No sólo por el pequeño detalle que a ellos no los van a crucificar, que también, sino sobre todo porque tanto el canon del mártir como el del camicace dictan de forma determinante que ambos trágicos héroes deben enfrentarse en perfecta soledad al destino elegido. Y en un trance así cuenta más que nada saber qué cosas, y cuáles no, de verdad importan.

2011/11/12

The Big Gang Bang


Al principio era el Caos infinito, hasta que llegó la Gea, con su soberbio par de bufas, hogar seguro de cuantos inmortales dioses, fuente de todo Orden, moran las nevadas cimas del Olimpo. Al fondo de Gea está el tenebroso Tártaro. Eros, el más hermoso de entre los dioses, ablanda a las perras y endurece a los mastines, insuflando la insensata voluntad en sus corazones. Del Caos surgieron Érebo y la negra Nix, que echaron un polvo bien echado, del que nacieron Éter y Hemera. Gea parió al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así morada siempre segura de los felices dioses, esa panda de salidos. Ya puestos, parió también a los grandes Ourea, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en boscosos montes; y al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, en este caso, no se sabe por qué, sin mediar el grato comercio.
Un poco puta ya salió la Gea, que chingando con Urano alumbró: a Océano, de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe, de áurea corona, y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Cronos, de mente retorcida, el más terrible de los hijos, quien se llenó de un intenso odio hacia su padre. Ya que se había metido en canción, la coneja de la Gea parió también a los Cíclopes, de soberbio espíritu, a Brontes, a Estéropes y al violento Arges, que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo.
Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, pero en medio de su frente había un solo ojo, con su niña y todo, no confundamos.
Cíclopes era su nombre por eponimia, ya que en efecto un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos. También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo. Qué queréis que os diga: a mí este cuento de Hesíodo con Gang Bang incluida me resulta mucho más comprensible, verdadero y entretenido que la presuntamente científica cosmogonía del Big Bang.

2011/11/09

Politics

I question politics


It’s tourettes ticks


for me. Shit it is


with man as a ruler


as he tries to fool her.


I say:


“Fuck off to you sir


I’ll rule myself today”


2011/11/07

Edible Animals IV -- Helix Pomatia



Lo primero que hay que hacer con el caracol es engañarlo, porque un caracol no engañado, al primer contacto con el agua hirviendo, se retraerá a lo más profundo de su concha, dificultando su necesaria extracción. El no menos necesario engaño se realiza sometiéndolo a una cocción muy lenta, que empieza con agua fría (y sal). De este modo el gasterópodo, al notar la lenta pero inexorable subida del calor, saca el cuerpo de su concha; y así, con sus carnes gentilmente servidas al comensal por el cadáver exquisito, lo sorprende la muerte, como nos sorprende a casi todos, porque todos somos novatos al morirnos.
No hace falta decir que la tapa del perol donde así se engañan los caracoles deberá estar puesta ...o tal vez sí haga falta. Una vez lo omití al explicar este arte del engaño a una cocinera del pueblo neoyorquino de Liberty, quien después de haberlo puesto en mejorable práctica me llamó por teléfono para reprocharme amargamente que hubiera olvidado el detallito. Conmovida por el cruel sino de los caracoles y para no asistir a él, esta cocinera, que además era mi jefa, había abandonado la cocina dejándolos en la olla sobre el fuego; y éstos hicieron lo que habríamos hecho usted y yo: salir de allí a toda la velocidad que les permitían sus pies-estómagos. Cuando la pobre mujer calculó que ya estarían con la mayoría, es decir muertos, regresó a la cocina, para encontrárselos por todas partes de ésta --incluidas algunas de difícil acceso como el techo-- y aun fuera de ella. Semanas después del incidente, que se saldó con el indulto colectivo de los bichos, todavía encontró unos cuantos detrás del frigorífico.
Mis relaciones con los caracoles siempre se han caracterizado por cierta unilateralidad: ellos están ahí y yo me los como. La culpa es suya por estar tan cojonudos. Yo desde luego los engaño, pero con la tapa puesta por si algún recalcitrante no se aviene a dejarse engañar y, no contento con eso, tiene además la impertinencia de guiar a los demás a la Libertad invertebrada, como un vulgar cacerolero indinao.
Esta obligatoriedad de la tapa también rige para la cesta en la que se recogen (¿cazan?) los mejores caracoles, que son los silvestres, teniendo especial fama los de Chernobyl, por sus amenas mutaciones; y es que ser caracol no necesariamente equivale a ser tonto: recoja usted caracoles al húmedo de tras una tormenta de verano y guárdelos en una cesta descubierta; ya me contará cuántos de ellos no escapan de su encierro trepándole insolentes por la espalda o bajándole por su pantalón de cazacaracoles. Alguno hasta se lanzará al vacío con insospechada agilidad desde el borde de la cesta; pues que el caracol es animal lento de movimientos pero ágil de reflejos. Lo sabe cualquier inocente niño que le haya percutido inocente e interminablemente con el dedo en el ojo, como parte de su aprendizaje para la vida en humana sociedad.
Los mejores caracoles silvestres que he intrépidamente cazado estaban tan felices en un bosque holandés, provocándome de la manera más imprudente. Tras milenios sin que nadie les molestara aparecí yo, experto depredador provisto de una bolsa de plástico con capacidad para unos tres kilos que llené en cosa de cuarenta minutos. Ni se enteraron (según declararon a la prensa progre los caracoles testigos supervivientes, "todo ocurrió muy rápido"). Además de ser muy abundantes, tenían un tamaño tan respetable que a muchos de ellos podía reconocérseles por la cara. "Epa, Fulano", y tal. No pocos trepaban por la húmeda corteza de los árboles, hasta la altura de mi mano, para facilitar su captura. Holanda siempre fue un país muy avanzado.
Mi caza furtiva pero tolerada de caracoles, European Tour 1993-2000, me causó en una ocasión problemas con la Policía inglesa, con las agravantes de nocturnidad y alevosía. Provisto de una linterna recogía yo a mis víctimas, que haciendo gala de un pésimo timing se habían encaramado a la tapia de un jardín de la calle Lancaster de Farnham (Surrey). Serían las 11 de la noche cuando un vecino juzgó mi comportamiento sospechoso y avisó a la bobfia, que no podía creer lo que vio mientras yo alumbraba con mi linterna el interior de la bolsa: con imperturbable flema británica, mis moluscos prisioneros iban ascendiendo con la vana intención de huir de ella, dejando por el camino un rastro tan mucoso que convenció a la bobfia de que mi locura era benigna, prácticamente inofensiva. Por si les quedaban dudas, hice una alusión a shakesperianas tempestades de verano que habría convencido al más escéptico miembro del Surrey Constabulary.
Informado de mi estrafalaria pero anodina conducta, propia de un extranjero subdesarrollado además de sucio, algo estúpido, un poco de mal gusto y un mucho cutre not to mention quite peculiar, barbaric and cruel, el mismo vecino que me había denunciado me indicó, a la luz del día siguiente, dónde le pareció ver muchos lindos gasteropoditos: en un rincón de su propio jardín donde él solía derramar la cerveza pasada que le sobraba al fondo del tonel. Me dijo que prefería que yo me ocupara de ellos, devorándolos según la receta de mis riojanas abuelas, a perseverar en su vieja costumbre de pisarlos con sus botas de entretiempo. Ese día aprendí que a los caracoles el olor a cerveza les atrae de forma irresistible. A mí me pasa lo mismo.
Parece ser que la baba de caracol es buena para regenerar la piel, o eso dicen los publicistas que te la venden al grotesco precio de 70 euracos el tarro (más gastos de envío). Yo recomiendo a las señoras (a quienes a juzgar por la publicidad está destinado el producto en cuestión) que se ahorren dinero y molestias adoptando media docena de gasteropoditos y se coloquen sendas hojas de coliflor en las mejillas y/o en la almejilla para que en las largas noches de invierno les paseen por la cara a voluntad, defecándoles también a voluntad en el lunar del pómulo durante el paseo. No será chic, pero seguro que hay hasta quien lo encuentra vagamente humanitario.

La receta. Aprendí a cocinar caracoles mirando cómo los hacían mis abuelas, que jamás compraron ninguno, vivo ni embotado. Éste era su modus operandi, con un añadido alavés que aprendí de san Prudencio. Para 5 personas sin remilgos.

1 kg de caracoles vivos y famélicos
150 g de jamón cortado en tacos
Otro tanto de chorizo en dados
250 g de champiñones u otra seta comestible
10 g de psilocybe semilanceata u otra seta tóxica.
Una cebolla grande
Media cabeza de ajos
Medio kilo de tomates
Tres guindillas o alegrías bien picantes
Aceite, sal y pimentón dulce

(Los caracoles deberán dejarse sin comida ni agua un mínimo de ocho días, en un lugar fresco y ventilado. Lo mejor: una criba vuelta del revés en el alto. Hay quien los purga en harina, aunque esto tiene el inconveniente de que se nota para mal en el sabor. Purgados o no, es preciso lavarlos varias veces en agua templada con sal y vinagre. Un método mejor, que aprendí en Santander, es remojarlos en el mar, dentro de una red --por ejemplo amarrándolos a una roca donde golpeen las olas--; pero en La Rioja es difícil de aplicar.)

Modus. Engañar a los caracoles sólo hasta que mueran, sin dejar hervir el agua. Si está de buen humor puede cantarles una nana o ponerles el "Some Like It Hot" cantado por Marilyn Monroe (hasta ahora ninguno se ha quejado). Escurrirlos bien y lavarlos un poco bajo el grifo, con agua fría. Reservar. Mientras tanto, en una cazuela, sofreír la cebolla y el ajo. Cuando estén dorados añadir el jamón, el chorizo, los tomates (pelados) y los champiñones (también pelados) et al.; salar y rehogar unos quince minutos a fuego vivo, con la tapa puesta para que tampoco huya ningún champiñón. Añadir los caracoles y dejar cocer otros cinco minutos. Finalmente añadimos agua hasta cubrir los caracoles, más las guindillas y el pimentón, y cocemos a fuego lento hasta que reduzca. Dejar reposar unos quince minutos antes de servir. Es plato que admite recalentamiento al día siguiente; y algunos dicen que así sabe mejor. Son, naturalmente, unos bárbaros civilizados.

Edible Animals III
Edible Animals V

Mi amigo Luis

Sólo hay una persona en el mundo a la que odio de verdad, a la que odio con las tripas: a Luis. De niños pertenecíamos a la misma pandilla, pero él era el jefe y yo su esclavo. Me trataba como a una bolsa de basura, disfrutaba humillándome y ridiculizándome, sobre todo si había chicas delante.
Convirtió mi infancia en un infierno y mi adolescencia en una tortura interior. Sólo cuando me fui del barrio comencé a recobrar mi autoestima, y hasta que no terminé la carrera no reuní la seguridad suficiente para acercarme a una mujer.
Por eso le invité a mi boda, para restregarle por los morros a mi esposa, para que viera que el bufón había conseguido enamorar a una princesa preciosa que guardaba su pureza para él.
Durante el banquete disfruté mirando cómo contemplaba con lascivia los maravillosos pezones de mi mujer. Y contemplando yo a la suya, que ya parecía la madre de la mía. De todos los sabores de aquel día, el de la venganza fue el más dulce.
Su regusto me duró hasta después del baile, salí al aparcamiento y vi a mi antigua pandilla riéndose alrededor de un coche. Me acerqué para ver qué ocurría.
En su interior Luis estaba desvirgando a la que ya era mi esposa.


Buena chica >>
<< Morbo


2011/10/30

Morbo

La citó en el parque.
Pensaba tanto en ella que necesitaba verla de vez en cuando para luego poder soñarla lo más exacta posible, con su olor exacto, sus rasgos exactos y la textura exacta de su piel.
Antes de salir de casa, se descapulló el pene; quería que estuviera bien despierto mientras estaba con ella y sabía que el roce de la tela del pantalón con el glande lo mantendría en un estado de semierección permanente.
La mujer se cubrió el pubis, humedecido ante la expectativa del encuentro, con las braguitas que siempre se ponía cuando pensaba en él.
Se besaron en la mejilla, prolongando el beso para captar plenamente el olor del otro. Después conversaron sobre cuestiones intranscendentes, pero sus cuerpos hablaban de otro tema. Las miradas ávidas dirigidas a zonas estratégicas, los pezones erguidos de ella, el movimiento de los muslos de él oprimiéndose los testículos eran los signos de ese lenguaje con el que sus cuerpos habían tratado de comunicarse durante años sin conseguirlo.
Esa tarde, sin embargo, el hombre captó el mensaje y respondió abrazándola con la urgente brusquedad de un primerizo y besándola con la voracidad de quien ansía recuperar a mordiscos el tiempo perdido en una juventud malgastada.
La mujer se sentó sobre él, rodeándole las caderas con los muslos para restregar su vulva contra el miembro endurecido.
Se miraban sorprendidos ante su propio atrevimiento; se habían masturbado tantas veces pensando el uno en el otro, habían derramado tantos litros de fluidos soñando con momentos como el que estaban viviendo, que ahora no sabían qué decirse. Volvieron a besarse, dejando que sus lenguas se dijeran sin hablar lo que nunca se habían atrevido a confesar con palabras.
Desde un banco cercano, un adolescente los observaba con disimulo, tratando de obtener información de primera mano sobre la misteriosa técnica del beso. Para el resto de la gente eran una más de las parejas del parque.
No sabían que él era sacerdote.
No sabían que ella estaba casada.
No sabían que eran hermanos.


<<Mi amigo Luis
Brindis>>

2011/10/22

Brindis

Cuando ella lo abandonó, el pasillo empezó a ganarle terreno poco a poco.
No podía tocar nada, todo cedía al apoyarse.
Se convirtió en un blando bufón de trapo de sueños inconclusos, convertidos en gelatina pegada en el techo.
Al convencerse de que no volverían a pastar los camellos en su seto, dejó de amaestrar caracoles y de controlar su mundo desde la ventana.
Desistió de poner rienda a la materia.
Cuando ella volvió a casa, las paredes habían ganado la batalla. El suelo se mecía en olas casi imperceptibles y el aire estaba frío.
Lo encontró en el pasillo, colgado de una viga, desnudo y empalmado.
Una nota en un sobre minúsculo rezaba:
“Brindo la muerte de este toro a mi gran amor,
a mi dulce sueño,
a ti, mi vida.”


Morbo>>
<< De un diario

2011/10/13

Página de un diario

Yo la quería mucho. Aún la quiero. Seis años viviendo con la mujer que amas son una bendición. Pero ella se quejaba. Siempre se quejaba. No siento, me decía. Te quiero pero no siento. Ella corría enloquecida tras su orgasmo. Yo me conformaba felizmente con su frío.
Yo la quería mucho. Aún la quiero. Seis años de querer a una persona no es algo que se olvide en media hora. No te apures, le decía. No hay obligación, esto es un juego. Te quiero tal como te siento. Fría. Y por las noches añoraba cuevas húmedas. Me masturbaba. Frutas abiertas. Agua caliente.
Yo la deseaba mucho. Aún la deseo. Probaba cien caricias, inventaba mil juegos. Me sometía. La sometía. Compraba juguetes. Imaginaba roles. La untaba de aceite. La noche entera un beso. Todos sus rincones. Mis dedos por ella. Mis labios, mi lengua. Como un poseso. Enardecido, loco.
Enamorado.
Todo inútil. No siento, me decía. Te quiero pero no siento. Ella decidió que el calor se le negaba. Dejó de preocuparla. Yo me conformaba. Dejé de masturbarme. Así me sentía más fiel. Más cercano. En mis sueños ya no había musgo. Casi. Y fuimos felices un tiempo. Pero ella cambió. Siempre cambiaba. Decidió que había miedo. Ella corría enloquecida tras su frente. Yo me conformaba feliz con su presencia. También me la negó.

Llovía lejos, en algún sitio, y ella se fue. Un mes que parece un año. Seis años que no son nada. Nada. No soy nada sin ella.
Hoy ha vuelto. Esta mañana. Eran las seis y ha vuelto. La luz en la cocina era bonita. Amanecía, y en mi corazón casi. Sus ojos alegres y ya está, he dicho, pero no. No era eso.
Estoy cansada, cariño. Pero tenía que contártelo hoy mismo. Ya siento. Nunca creí que fuera así. Tan bello. Un joven árabe. Así, en un bar, sin conocerlo. Me miraba y ven, me ha dicho. Y yo, como si no fuera yo, con él, toda la noche. Sin descanso. Mi cuerpo suyo, mi piel, toda yo como si no fuera yo, en su manos. Mi entrega. Te trataré como a una diosa. Y cantaba cosas bajito. Y me soplaba. En la nuca. En los pezones. En un muslo. Me tocaba suave. Me agarraba fuerte. Me hacía daño. Me volvía loca. Y su verga de repente como si no cupiera. Y era yo la que gritaba. Era yo, cariño. ¿Te imaginas? Te trataré como a una perra. Y yo, como si no fuera yo, hambrienta. Lo lamía. Todo su cuerpo, cada palmo. Le pedía más, dame más por todas partes. Era yo que suplicaba. Cariño, ¿te imaginas?

Sí, yo imaginaba. Claramente.
Entre mis vísceras partidas, las imágenes. En mi vientre roto ella a cuatro patas. Sobre mis riñones desgarrados sus labios chorreantes. Bajo mi corazón abierto ella abierta en un gemido.
Se ha dormido. Está agotada mi amor. Y en nuestra cama se ha dormido. Yo la miro. Qué bonita la luz en su pelo. Se lo acaricio. Suavemente. Con todo mi cariño lloro. Suavemente.


<<Brindis
Mujer junto al mar >>

2011/10/08

Mujer frente al mar

Ahí estaba ella.
De espaldas a mí.
Frente al mar.
Los codos apoyados en la barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante, dibujando en su espalda una ladera que moría en la suave elevación de las nalgas.
Esa tarde no llevaba el vestido acostumbrado, ese leve dibujo de tela blanca que caía de sus hombros desnudos acariciándola al son de la brisa, trazando sus formas allí donde el viento quisiera ceñirla. Esa tarde, el tejido gris de su chaqueta escondía la piel que me tenía obsesionado desde hacía tiempo y un nuevo aire elegante parecía hacerla más inasequible que nunca. Tal vez por eso, esa tarde, me acerqué a ella.
Me apoyé en la barandilla, justo a su lado. El rompeolas es un lugar alejado y solitario, pero ella parecía no dar importancia a mi proximidad. Sus gafas oscuras seguían dirigidas hacia algún punto del mar. Su inmovilidad espoleó mi audacia y permití que mi mano, guiada por su propio impulso, acariciara suavemente la media allí donde la falda le permitía nacer.
Un leve respingo. Sólo eso, y una ola que se encrespó levemente. Nada más. Ella no dijo nada, ni siquiera se movió, mantuvo su postura y prendió el cigarrillo que pendía de sus labios. Y mientras mi mano dibujaba la cara interna de su muslo, la dura línea de su nalga, el suave límite de su braga, yo supe que ella no iba a entregarme su mirada. No quería verme ni saber quién era. No iba a volverse, me concedía su espalda y se entregaba a mi caricia con la falta de pudor del que está solo, elevando un poquito sus nalgas, arqueando de forma casi imperceptible la cintura y moldeando entre sus labios el humo del cigarro.
Su vulva era una esponja caliente que palpitaba en la yema de mis dedos, que la recorrían sin prisa una y otra vez, saboreando golosos la hinchazón cada vez más evidente. Ella empezó a gemir muy bajito, de forma acompasada al ritmo de las olas, cabalgando en ese mar que me robaba su mirada y que a cada instante yo sentía más bravío.
Echó la cabeza atrás y en un instante su respiración se transformó en algo ronco y agitado y mis sienes comenzaron a latir llevando calor hasta mis ojos y todo se aceleró.

Tras unos instantes de silencio, ella, siempre de espaldas a mí, se ordenó con paciencia sus prendas, se ajustó las gafas y se alejó. Sólo entonces me dí cuenta de que un hombre la esperaba en un coche.



<< Pág. de un diario

Reto nº 5 >>

2011/10/06

“De perros es ladrar a quien no se conoce” -- Heráclito (microrrelato 26)


Había calculado quedarse allí unos seis meses y se volvía al día siguiente. Como oliendo la mala onda que de él dimanaba, y como si la calle les perteneciera, todos los perros y perras de Eugenio Bustos sin excepción y sin conocerle, o por no conocerle, le ladraron mientras arrastraba por la acera su intacto equipaje desde el hotel hasta la terminal de micros. Su nueva vida había durado aproximadamente unas 36 horas.

2011/10/04

Reto n.º 5

Del anterior reto he extraído una conclusión: cuando mentimos mostramos nuestra verdad más profunda. Quizá sea porque nuestros fantasmas han estado tanto tiempo ocultos en su escondrijo que les da vergüenza salir desnudos, les resulta más fácil exhibirse vestidos con los ropajes de la ficción. ¿Qué te parece si creamos un taller de confección literaria para tejerles disfraces?
Convirtamos nuestras obsesiones en cuentos utilizando personalidades falsas para mostrar nuestra auténtica personalidad.

Hagamos literatura. 



<< Tarde de fútbol
Mujer frente al mar >>
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2011/09/29

Tarde de fútbol

Mis sentidos la fueron conociendo sucesivamente.
Una noche de verano me despertaron unos alaridos de mujer, en un principio pensé que alguien la estaba golpeando, pero cuando mis neuronas se despabilaron, pude distinguir, entremezclados con los aullidos, unos estertores masculinos y entonces comprendí lo que pasaba: el piso superior volvía a estar ocupado y mi nueva vecina era una bomba sexual. Por la mañana me faltó tiempo para mirar sus nombres en el buzón: Fernando y Leila.

Las noches siguientes, antes de acostarme, me quedaba un buen rato apoyado en la ventana con la esperanza de volver a escuchar esa serenata de gemidos para masturbarme a su compás. Pero los fornicios de la pareja parecían ser tan escasos como intensos, sólo oía el entrechocar de unos frascos de cristal seguido de una oleada de perfume caro. ¿Utilizaría mi vecina el mismo pijama que Marilyn? Sólo pensarlo me enervaba.

Necesitaba verla, proporcionar un cuerpo a mis fantasías sonoras y auditivas. Siempre que oía unos pasos o una puerta cerrarse en la galería superior, me lanzaba a la ventana que daba al patio para ver si era Leila, pero nunca era ella; debíamos de tener horarios opuestos.

Por fin, un día, mientras esperaba el ascensor, una mujer entró y me saludó, la reconocí por su perfume. Era bonita, sí, pero era algo mucho mejor que eso, era pura carnalidad comestible y acariciable. Al verla, acudió a mi cerebro un aluvión de palabras: suave, jugosa, mordisco, seda, sabrosura, melón, esponja, satén.
-¿A qué piso va?
-Al cuarto.
En los pocos segundos que duró el viaje me dio tiempo a repasar todo su cuerpo con la mirada y a imaginarme su pubis con bragas y sin bragas, sus piernas con medias y sin medias, sus pechos con sujetador y sin él. Y, mientras tanto, algo de mí iba ascendiendo a la vez que el ascensor.
Ella se dio cuenta de lo que pensaba; pero, lejos de enfadarse, me devolvió una mirada de socarrona complicidad y al despedirse, sus ojos se detuvieron un momento en el bulto de mi pantalón.

Morder cada centímetro de ese cuerpo, acariciarlo poro a poro, besarlo lunar a lunar, lamerlo de hueco en hueco se convirtió en mi obsesión. Tramé mil estrategias para conseguirlo y me decidí por la que me pareció más viable: hacerme amigo de su marido.
Fernando era un fanático del fútbol, siempre que se jugaba un partido se le podía ver en el bar de la esquina gritando y aporreando las mesas; éste fue mi banderín de enganche. Fingí ser hincha de su equipo y, cuando ganaban los nuestros, lo celebraba pagándole unas cañas. Terminamos siendo camaradas.

Un día que retransmitían una final, lo invité a mi piso y me esforcé en ser un anfitrión ejemplar; lo obsequié con todo tipo de frutos secos y de bebidas alcohólicas, me debía una.
El siguiente fin de semana me la pagó invitándome a su casa para ver un partido de la selección. Me abrió la puerta Leila, que llevaba puesta su mirada socarrona y una batita azul dos tallas más pequeña que su cuerpo, le llegaba hasta la mitad del muslo y tenía el último botón desabrochado.

El escenario estaba preparado para vivir una intensa tarde de fútbol: la mesa repleta de canapés, la televisión encendida y sin voz y la radio a todo volumen (decía Fernando que así se enteraba mejor de los partidos).
Los jugadores salieron al campo y Leila se paseó por la sala desplegando su carnalidad. Yo no le quitaba ojo de encima, sobre todo cuando se agachó para servirnos unas cervezas y la abertura entre el segundo y el tercer botón se ensanchó dejando ver unas bragas blancas, con agujeritos. Ella respondía a mis miradas con sonrisas picaronas, se notaba que le gustaba ser admirada con la vista.

Cuando acabó el despliegue, se sentó con las piernas cruzadas frente a nosotros, en un sillón situado al lado del televisor, y se quedó pensativa, chupándose el dedo meñique de la mano en la que apoyaba la cabeza. Mis pupilas no cesaban de recorrer de hito en hito a la niña de mis ojos y en los ojos de mi niña se encendió una lucecita traviesa. Se retrepó en el sillón y bajo el azul de sus bata apareció el blanco de sus bragas aderezado de puntitos por los que su abundante vello rebosaba.
-¡Uuyy! El balón ha pasado lamiendo el poste de la portería española -exclamó aliviado el locutor.
Posé la mano sobre mi postecillo. Ella se lamió los labios.
-Me parece que como no abramos espacios se nos va a presentar un panorama muy muy oscuro -aseguró un comentarista.

Con un gesto le pedí que se abriera de piernas. Lo hizo, mostrándome una vista panorámica de su entrepierna, cada vez más oscura a medida que sus bragas se humedecían.
-¡Venga! ¡Abrid espacios! ¡Abrid espacios! -gritaba el marido con el oído pegado a la radio.
Leila se desabrochó el segundo botón, y el tercero. Luego continuó con los de arriba: uno, dos, tres…Yo me desabotoné la bragueta. Ella se levantó, se situó delante del televisor y terminó de abrirse la bata.
-Está claro que nosotros somos superiores, pero esto no sirve de nada si no mostramos nuestros poderes sobre el terreno -sentenció el comentarista.
Yo me saqué la polla, la mujer deslizó el sujetador hasta debajo de sus pezones, el marido dio un puñetazo en la mesa:
-¡Joder! ¡Ya me estoy empezando a cabrear! ¡Qué pandilla de mentecatos!
Su esposa se levantó el borde de las bragas para enseñarme el túnel.
-¿Qué tal, Fernando? ¿Cómo lo ves? -le pregunté.
-Lo veo muy negro, muy muy negro -respondió esbozando media sonrisa.

Hay dos cosas que me admiran de este hombre: el sentido del humor con que se toma su ceguera y la vehemencia de su afición futbolística pese a no haber podido ver un partido en su vida.
Leila, caramelito engolosinado, se aproximó a nosotros, derritiéndose mientras caminaba, y se sentó en el sofá entre los dos. Acuné su pecho con mi mano y su lengua con mis labios. Al fin la conocía con los cinco sentidos, y con los cinco me proponía gozarla. Le besé los hombros, lamí su cuello, mordí su oreja; mi mano descendió hasta el vientre, se demoró en el ombligo, ascendió por la espalda hasta las axilas, circunvaló la aureola de los pechos y pellizcó los pezones. Después mi lengua recubrió de saliva la ruta que mis manos habían abierto.
-¡Penetrad por las bandas, jodidos! -bufó el marido.
Le acaricié el interior del muslo mientras mi pulgar recorría por encima de las bragas el surco de su raja.
Fernando descargó su indignación con el árbitro:
-¿Pero vas a tocar el silbato de una vez?
Leila me agarró el pito y se lo metió en la boca. Mi mano continuó su expedición, me entretuve un momento peinándole el vello púbico y luego paseé por el monte de Venus y por las ingles.
-¡Profundizad! ¡Profundizad! -jaleaba Fernando.
Le introduje la mano entre las bragas y la coloqué sobre la vulva, masajeando al mismo tiempo el pubis; le abrí los labios con los dedos y hurgué dentro, extendí sus jugos alrededor del clítoris hasta que se puso duro y utilicé el dedo corazón para acariciarlo a la vez que el interior de la vagina.
-¡Tapad huecos! -clamaba el marido
Me apetecía un montón metérsela a su mujer, pero tuve que conformarme con follármela con los dedos. Reservé el pulgar para mimar el clítoris y hundí el índice y el corazón en su acuosa gruta.
-Si no hay coordinación, no vamos a ninguna parte -aseveró el comentarista.
Leila acompasó el movimiento de sus caderas al ritmo de mis dedos, que cada vez se iba haciendo más rápido. Estábamos a punto de estallar, ella no podía reprimir más sus jadeos y de vez en cuando se le escapaba un gorjeo.
-Gggg…
Si continuábamos, su marido nos iba a descubrir, pero no podíamos detenernos. Leila proyectó su furia reprimida contra mi trabuco y comenzó a zarandeármelo frenéticamente. No resistí más y me abandoné. Mi semen salió disparado hacia el televisor y se incrustó en la escuadra derecha de la portería justo en el momento en que un balón atravesaba la izquierda.
-¡Ggggool! ¡Gggol! ¡Auuú! ¡Auuú! ¡Gol de Rauuúl! -aulló Leila.
-¡Goool! ¡Oh, oh, oh! ¡Goh, oh, ohl ! -bramé yo.
-¡Joder, chicos! -dijo su marido-. Hay qué ver con qué pasión vivís el fútbol. Cuando mete un gol España, parece que os estáis corriendo de gusto.


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2011/09/28

What would happen?


if one fine morning


the world just ate itself?


Without any warning


no space-time continuum


or those awful jobs


or worrying ‘bout the self.


No more boredom in a room


or cleaning clothes and washing delph.


No more hangovers or love disasters.


No more Birthdays or Christmas days.


No more crap or walking on crap.


No appliances breaking or dripping taps.


The ultimate end of everything


must be all and something.


For one, no more no sleeping at night.


Why doesn’t it just go and eat itself?


Maybe now it’s working up an appetite.










Luna de miel

Llevábamos una semana secuestrados en esa selva y hasta ese día no se habían metido con nosotros.
Aquella noche mi mujer se durmió pronto, pero a mí me robaba el sueño el bullicio que llegaba desde fuera de la choza; las carcajadas y los cánticos de los guerrilleros que nos mantenían retenidos y que probablemente habían recibido una partida de alcohol. Los diálogos fueron derivando a fanfarronadas obscenas y cada uno de los cuatro competía en imaginación enumerando sus hazañas sexuales. Y, ante mi sorpresa, era la única mujer del grupo armado la que más animaba con sus comentarios aquella tertulia.

Fue la primera en entrar. Sus orgullosos ojos azules brillaron en la puerta, húmedos de licor y de lujuria. Nos sacaron del catre a empellones y a mí me ataron a una silla de pies y manos, con las piernas muy separadas. Vi a los hombres, cuatro bestias de mirada sucia endurecidas por la guerra, reprimir los gritos de mi amada a bofetadas, y yo enloquecía intentando romper mis ligaduras.

La mujer, que hasta ese momento se había mantenido aparte observando la escena, ordenó a sus compañeros con un gesto que cesaran su violencia, se acercó a mí contoneando su cuerpo y me susurró:

-Tranquilo, papito. No será así como salves a tu niñita del deseo de estos puercos -comenzaba a desabrocharse la guerrera-. Te voy a hacer pasar un buen rato, mi amor, pero tú vas a tener que mantenerte calmadito.

Uno de sus pezones, negro y pequeño, brotó tembloroso entre la tela sobre un pecho redondo y perfecto que atrajo mi mirada a pesar de la situación. Se arrodilló frente a mí y mientras abría mi bragueta, clavaba en la mía su mirada obscena y se humedecía con la lengua sus carnosos labios.

-Te la voy a chupar, mi amor. Como nunca te la han mamado. Y cuando te corras en mi boca te van a temblar hasta los huesos pero... ¡ay, papito!, si lo haces, si no aguantas más y me das tu leche, le estarás dando tu mujer a mis amigos, y esos cuatro animales se emplearán a fondo con tu nenita. Así que calma, mi amor, no te me vayas a correr.

Desde el primer momento se volcó con pasión en la perversa tortura, recorriendo mi glande con su lengua, engullendo en su boca mi verga entera, mordisqueando suavemente la base, sorbiéndome entero entre sus labios, y era tal el placer que obtenía de ello y de las caricias que ella misma se proporcionaba que pronto noté en los espasmos de su boca y en sus gemidos que se estaba corriendo.
Cerré los ojos y apreté los dientes intentando contener los latigazos que recorrían mi cuerpo mientras ella seguía ordeñándome con fruición. Procuraba imaginar con nitidez la terrible y sucia escena que sucedería tras mi rendición, me ayudaba a retener la eyaculación la visión de esos cuatro gorilas arrancando las ropas de mi esposa, manoseándola todos al mismo tiempo, obligándola entre vejaciones a adoptar humillantes posturas en las que los cuatro accedieran a un hueco por donde penetrarla.
No podía más. Dirigí la mirada a mi esposa para fortalecer mi ánimo y descubrí con pavor en sus encendidos ojos, en sus labios entreabiertos, que estaba caliente como una perra en celo, excitada como yo nunca la había visto.


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2011/09/27

Para Gala Vulin: Lobotomía mentirosa: El botones o "No hay marcha en Nueva York"



O eso decía Mecano. Joder. ¿Mecano? ¿En serio? Déjense de joder, ¿quieren? Creo que hasta tenían la desfachatez de acabar la canción asegurando que preferían Madrid.
Vamos a ver, un poquito de por favor: no tengo nada contra Madrid; es más, tengo mucho a favor, si lo sabrá Madrid. Pero si hablamos de marcha, déjense de joder: Nueva York es imbatible. Como muestra, un botón.
El otro día, sin ir más lejos, estuve en el Cave Canem con Allen. Me gusta ir a escuchar la rumba y el jazz, cuando me da el bajón; aunque esta vez estábamos porque le había dado el bajón a Woody; y es que siempre fue un aprensivo.
Woody me pagó el viaje. En turista. Siempre tan tacaño. Esta vez decidí no fingir que me gusta cómo toca el clarinete. Todo tiene un límite. Pero nuestra amistad es antigua y acabaré perdonándole.
De todas formas dio igual: la compañía aérea había incurrido en la irritante práctica del overbooking, esta vez con el resultado colateral de que le quedaban plazas en primera. Andaban buscando pasajeros sobrantes de turista que fueran bien vestidos para pasarlos a primera a precio de turista sin desmerecer demasiado; y como es natural me eligieron a mí. Me felicité por mi previsión: la noche anterior había indicado a mi mucama que me hiciera la raya del pantalón como sólo una madre sabe.
En Primera Clase nos sirven champán como si fuera gratis. Me han sentado al lado de una viuda millonaria de unos 61 con pinta de pasarse media vida en el gimnasio. Le pregunto si se ha hecho un transplante de cuerpo o un implante de cabeza. Ella se ríe y moja bragas. Lo sé, lo (a)noto. No sé si las moja como se debe o en plan pérdida de orina a lo Concha Prolapso, pero empiezo a sentir curiosidad por averiguarlo. ¿Se habrá hecho la cirugía hasta en la concha?
A los veinte minutos de conversación me ofrece que me vaya a vivir con ella a Virginia Oriental, un estado que ni siquiera existe. Entiendo que la oferta es en régimen de puto, es decir de jigolo, y me halaga que suponga en mí las capacidades sentisementales que la empresa exige.
Me sabe mal dejarla con las ganas. Parecía tan complaciente, al menos en potencia. Pero, como dice don Mariano, "hay que actuar con responsabilidad". De todas formas, y se ponga como se ponga el líder del PP, una vez en el aeropuerto le dejo que me la casque el tiempo necesario en el habitáculo donde las madres cambian el pañal a sus cachorros.
El embajador de España en Washington se ha desplazado al aeropuerto Kennedy para recibirme. Se disculpa, el muy pelotudo, por el retraso y yo sin mirarle le digo que es igual, que mi avión también se ha retrasado. Su compañía es tediosa, pero al menos me evita los engorrosos controles con los que acá se humilla a la plebe. Para que me deje en paz, le informo de lo que pienso del actual Gobierno en general y de la ministra de Exteriores en particular. No omito una descripción cuartelera de "el culo y las bufas" (aquí creo que he levantado la voz más de la cuenta) de la Sra. ministra. El chofer del Sr. Embajador me deposita en mi hotel.
Suena el teléfono. Es Donald Trump, que se ha enterado de que distingo al establecimiento con mi visita y presencia y me invita a una orgía con su harén para que haga lo propio con su suite. Para ayudarme a pensarlo, le digo que me mande a alguna y así me hago una idea de qué esperar. Me envía a dos, madre e hija. Les parezco simpatiquísimo a las dos. Es normal. Cuando quiero soy bastante majo; y Donald, no digamos. Don es un tío la mar de enrollado.
En la cama intento complacerlas, pero la paja de la millonaria me ha dejado algo desganado, todas esas pulseras de perlas. De todas formas la madre se esmera tanto, que es forzoso corresponderla. La hija también recibe lo que le corresponde. De recepción me envían a un botones de 18 años para asegurarnos todos, empezando por el director del hotel, de que las chicas no se queden decepcionadas.
Pido que me dejen solo para dormir la siesta tranquilamente, pero otro botones de más edad hace subir a una camarera de las que le van a Dominique Strauss-Kahn, a que me haga compañía hasta que me duerma. Después ronco tanto, que se va a dormir a la suite. A las dos horas vuelve el botones joven (nunca me acuerdo de cómo se llama; el viejo, tampoco) con Lou Reed y la actual amante de este: Idoia López Riaño (a) "la Tigresa". Yo le digo a Lou: pero qué haces con esta hijaputa; y él me dice: bue, no es la Nico, pero para un rato vale: no sabes qué mamadas hace la hijaputa esta; y yo: bah, no será para tanto; y él calla significativamente. Qué lecciones nos da Lou.
Tienen razón los putos progres: no hay nada como recargar las pilas. En el momento de percutirle mi love juice a Idoia, (a) "la Muelle", en el cielo de la boca, echo la cabeza atrás, los codos atrás, y grito: "¡Rajoy!" con toda mi alma. Idoia acusa el golpe, pero es una mujer de paz y se lo traga todo. Tiene razón Burracalba: esta vez va en serio. Encima la he obligado a ponerse un tricornio con la estrellita del Mundial 2010. Le queda ridículo, como debe ser. Inmundicia para Sigmund.
Dios, me encanta Nueva York. Aun así despierto de mi segunda siesta un poco inquieto. ¿Será el jet-lag? ¡No!: es que comparto la fascinación de Burracalba por la Tigresa; y la de la Tigresa por la Benemérita. ¡Si Rosón levantara la cabeza!
Me pongo a leer a Turguénev. Yo soy así. Vuelve a llamarme Trump diciéndome que dónde cojones estoy, que las tías no hacen más que preguntar por mí. Después de recordarle que jamás debe levantarme la voz, le aseguro que por hoy ya he puteado bastante. Él me dice: "No sabes lo que tengo aquí arriba, no te lo puedo ni explicar".
La curiosidad me puede. La Muelle parece habérmela dejado viva, cosa rara en una asesina; y además el botones viejo me trae unas píldoras azules que me dejan como nuevo. Ya arriba, Trump se empeña en que bese en la boca a todas las chicas de la fiesta, cosa que hago con una excepción (¿cómo puede tener a semejante callo en el harén?). En fin, una cosa lleva a la otra...
Hemos usado la cama de Don. Impresionante. Daba vueltas. Sus perras me la dejan tan seca, que no sé si me servirá para mear, en lo que queda de mes; y desde luego las erecciones están descartadas. ¿Habré perdido mi encabritado entre las sábanas? Entonces me dicen: "Tenemos una sorpresa muy especial para vos".
Resulta ser Scarlett Johansson, que como una loca adopta la misma pose que en la tercera foto robada y me exige que la sodomice. Fuerte y sin lubricantes, monsergas ni contemplaciones. Llamo, urgentemente, al botones joven. También al viejo, por si acaso. Los viejos se las saben todas. Luego conecto la cámara del móvil y busco una silla cómoda para contemplar el espectáculo mientras degusto un Lagavulin.

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2011/09/21

It's the season

It´s the season.


It's cold outside.


Where can we hide?


We're all guilty of treason.


A bee germinates a flower


within our hours.


A metal meets the solid state


with our powers.


What can we do above our maladjusted scour?


How can we be as we try to live up to our potential?


We live in residential areas,


we go to the one job,


the one shop,


the one house and wake up


to the voice, the one choice-


this society.


Joyce and Borges stayed up late writing stuff.


They confused us. They were right. They bluffed us.


Don't mention love to me!


Get me an old type writer


and like cartoon characters eating corn on the cob


I could write about it.


Nothing is written on the page.


It happened to fast


shown as the unknown pleasures that be.


I love you Snow White.


I look down from a height.


I saw it all fade.


Above 30 degrees celsius


an Irish man finds it uncomfortable.


Switch spades.


I'm digging from the one hole.


A lost husky-


Oh my God, she's nagging me.


Listen to me woman I'm just wondering


where I left my dancing shoes!


Fuck this world!


I wouldn't open up the curtains


only for my pet pot plant. Good morning pet pot plant!


Fuck this paper politics,


this origami government


and the financial resentment.


I'm going to build a paper airplane


and throw it at the sun or


hire a man with a gun.

2011/09/20

Cena de Nochebuena

El sueño más impactante que puedo recordar lo tuve a los diecisiete años. Por aquel entonces, yo era un jovencito tan extremadamente tímido que para mí suponía un verdadero problema cualquier relación con personas desconocidas, convirtiéndose en un suplicio si se trataba de mujeres. Acababa de conseguir mi primer trabajo como camarero de fin de semana en el bar de un pueblo cercano al mío. El jornal era más mísero que escaso pero acepté el empleo porque me obligaría a entablar contacto con la gente, a superar mis complejos que en aquellos años paralizaban el ímpetu juvenil que aullaba en mi interior. Porque estaba hambriento de experiencias, ansiaba conocer lo que la vida podía ofrecerme.
No me equivoqué. A los pocos días mi encarcelado espíritu aprendió que no era tan complicado romper el hielo con un desconocido y empecé a acostumbrarme a las conversaciones triviales de taberna, a comentar jugadas de fútbol y manos de mus, a corear goles y protestar pitas.
Estos pequeños progresos espolearon mi audacia, tanto que decidí aventurarme en el misterioso y aterrador mundo femenino.
Ella era casi tan joven como yo. Pasaba gran parte de las tardes en la esquina de la barra, sentada frente a su interminable coca-cola y fumando un cigarrillo tras otro. Era bajita, no muy guapa, con una de esas melenas rubias cardadas que en aquel tiempo se estilaban en las discotecas, y un pequeño cuerpecito que albergaba más curvas de las que yo había imaginado que existieran en la realidad. Me recordaba a las heroínas de los comics de superhéroes galácticos, siempre embutidas en trajes elásticos que permitieran admirar su poderoso pecho, su cintura estrechísima, su cadera exacta.
Así era ella. O así la veía yo al menos. Las primeras conversaciones que entablamos, gracias a su iniciativa, naturalmente, fueron torpes y resbaladizas, sazonadas de mi rubor y de sus risas, pero poco a poco, tarde a tarde, fui tranquilizándome y empecé a disfrutar de su charla, de su pícara mirada, del movimiento de su cuerpo cuando saltaba de la banqueta hacia la máquina del tabaco.
Vivía sola. Acababa de emanciparse de sus padres, que se habían ido a la capital, y mantenía una relación con un novio con el que esperaba llegar a casarse.
Aquel año mi familia decidió pasar las Navidades fuera de la ciudad, en casa de unos familiares catalanes a los que todos adoraban menos yo. Hasta entonces nunca se me había ocurrido desvincularme de un proyecto de esta índole, ya que en mi casa se respiraba un ambiente muy tradicional y la Navidad era para pasarla todos juntos. Pero esa tarde le comenté a mi nueva amiga mis poco apetecibles planes brindándole, sin saberlo, la oportunidad que su traviesa mente esperaba. Apoyó los codos en la barra, sobre ellos su carita con esa mirada viciosa que me desvencijaba, y dejó caer su pecho sobre el mármol con un rebote que hizo vibrar su gimnástico canalillo y la piel de mi escroto.
-Podrías decirles que esa noche trabajas e invitarme a pasar una noche buena contigo en casa de tus padres. Estaríamos solos, ¿no?
No pude contestar. No me salió la voz. Un tartamudeo se me atragantó y, tras toserlo, asentí con la cabeza. Casi instantáneamente, la garra de la culpabilidad me atenazó el vientre pero, ¿cómo iba a negarme? Mentiría a mi familia, rompería la tradición navideña y llevaría a casa a una chica que además tenía novio; lo que fuera, pero mis manos me temblaban de ganas por explorar el cuerpo de esa especie de novia de Flash Gordon.
Fue una nochebuena sin cena. Yo era virgen, pero no iba a permitir que ella lo supiera, mi incipiente orgullito varonil me empujaba a simular una experiencia que no tenía.
Entramos en casa, cerré la puerta y la besé. Largamente, intentando olvidar la prisa y los nervios. Me arrodillé frente a ella, le quité las botas y le bajé despacio los pantalones escuchando cómo cambiaba su respiración. Eso me excitó tremendamente. Ella se apoyó en la mesa, se quitó con un movimiento la camiseta y el sostén, abrió levemente sus piernas e inclinó hacia atrás la cabeza. Yo, aún de rodillas, le di un beso suave en el muslo, justo al lado del borde de la braga. Miré hacia arriba y me abandoné en esa mirada a la belleza que se me ofrecía, a la heroína de cómic hecha carne, erguida ante mí, al suave e irregular movimiento de sus tetas, a la erección descarada de sus pezones. Dejé que esperara, que se sintiera recorrida por mi deseo, y sentí cómo ella lo recibía, cómo se abandonaba a la caricia de mis ojos, gimiendo quedamente y arqueándose muy poco a poco.
Apoyé mis manos justo al lado de su ombligo y la fui acariciando lentamente hacia arriba, hasta hacer suave presa en sus pechos. Ella gimió más fuerte y me miró. Era la primer vez que disfrutaba de los ojos humedecidos de una mujer excitada y sentí cómo crecía mi erección. Lo estaba haciendo bien, y me envalentoné. Cogí sus bragas por los bordes y las hice descender con lentitud, parando un momento en las rodillas. Calor, mucho calor. Un beso justo en la raíz del vello y ella que cierra ligeramente las piernas para que la prenda resbale y luego las abre más, con descaro, con el pubis alzado, mostrando y ofreciendo la belleza de su coño a mi boca. Parece que la estoy viendo, suspirando y gimiendo más fuerte aún al sentir el primer contacto de mi lengua, retorciéndose con la precaución de no alejarse de los labios, del calor, de la caricia suave y eléctrica que la hace sentirse envuelta y sumergida en su propia humedad, oyendo sus propios jadeos como si fueran de otra persona.
Apoyó sus manos en mis hombros y me empujó hacia el suelo. Me desnudó rápidamente, con decisión, expresando su prisa por ser penetrada, pero, de repente, se quedó quieta y se dedicó a observar mi polla erecta. La besó. Con tal suavidad que casi no sentí la caricia, casi la imaginé. Repitió el beso. Otra vez, pero con los labios un poco más abiertos. La besó de nuevo pero esta vez la pequeña presión hizo que mi glande resbalara un poco dentro de sus labios.
Y me corrí.
Sí, amigo, tontamente me corrí, de forma instantánea, incontrolable.
Escupió mi semen y un par de insultos. Estaba muy enfadada. Me llamó niñato y minutillo, y gritaba que la culpa era suya por liarse con meones, mientras se vestía con precipitación. Yo no podía reaccionar. Aterrorizado y muerto de vergüenza vi como daba el portazo y se iba sin poder articular una palabra.
El sentido del ridículo y el sentimiento de culpa se aliaron esa noche para ofrecerme un sueño que difícilmente olvidaré.
Yo veía a mi alrededor a toda mi familia: mis padres, mis hermanos, y hasta a los tíos catalanes a los que no había querido visitar. Estaban sentados en el comedor, en actitud de empezar a cenar, pero había algo extraño: el ángulo desde donde yo podía verlos, mi ubicación no era normal. De repente, entendí.
Estaba sobre la mesa, tumbado en una gran fuente y rodeado de un humillo de olor a tostado y una generosa guarnición de patatas y verdura. La cena era yo.
Mis familiares charlaban animadamente mientras mi madre empezaba a trincharme, dando explicaciones a los demás sobre cómo conseguir el punto de asado sin que la carne pierda jugosidad. Yo intentaba gritar, pero no podía. Tenía una manzana en la boca.
Tajadas de mi cuerpo iban distribuyéndose por los platos mientras mi hermana elogiaba las virtudes culinarias de mamá y yo descubro que a la cena también está invitada mi cardada amante, mi compañera de travesura, que saborea delicadamente un bocado especial: mi propio pene, empalmado de forma artificial.
-No le he metido bechamel para que no empalague -aclara mi madre-, el relleno está hecho con el hígado picadito y un poco rehogado.
Desde la fuente, mi cabeza ladeada observa cómo mi conquista chupetea dulcemente mi polla que cada vez se endurece más, y descubro que me excito y que siento sus labios a pesar de la amputación y el tueste. Gimo y muerdo la manzana, mientras mi verga en tensión da pequeños latigazos dentro de su boca que se dedica ya a chuparla entera, recorriéndola de arriba abajo una y otra vez hasta que no puedo más.
Empiezo a eyacular salvajemente y ella saca de su boca mi rabo y lo agita alegremente en el aire, rociando a todos de semen y trocitos de hígado que brotan de mi encabritado.



<< Penitencia    Reto nº 4>>