El Mundo Today

2009/02/03

En busca de la felicidad

El Sr. Orato se levantó un día resuelto a encontrar la felicidad. Era un propósito que había fraguado en las alas de Morfeo y que, en lugar de elevarlo, como cabría de esperar en tales vuelos cósmicos, lo habían sumido en la más mísera depresión matutina. Pero el Sr. Orato era un hombre de recursos, aunque algo convencional. Había vivido siempre atado a un pañuelo de seda, a una posición equilibrada en un trabajo gris, a la soledad de un corazón desatendido y al desdén por aquellos que se hacían preguntas innecesarias sobre la existencia. Y he aquí que se hallaba ahora, después de tantos años sin deseos por satisfacer, asediado por esta repentina obsesión. Necesitaba dar con el paradero de la felicidad, que se había manifestado en su sueño como una mariposa de alas violáceas. Extraño presagio, dirían los dotados para la adivinación. Interesante mensaje del subconsciente, afirmarían las almas freudianas. Bobadas, resolverían los escépticos.

Cuando el Sr. Orato se proponía algo, no había ser en este planeta, ni obligación, ni moral capaz de detenerlo. Por ello, trazó un plan para ese día que culminaría en el ineludible encuentro con el famoso ente conocido como la felicidad. Llamó al trabajo para pedir el día libre aludiendo asuntos personales de extremada importancia; husmeó su armario buscando un atuendo acorde con la misión que lo esperaba en las calles de Santiago y, tras dudar durante unos segundos, se vistió el traje de explorador de su abuelo. Si la felicidad era una mariposa, sólo necesitaba un cazamariposas para que esta vestimenta fuese perfecta: casco quijotesco, pantalones bombachos, camisa descolorida, que se remangó cuidadosamente, y por último unas botas todoterreno. Las botas no eran su número, así que volvió a conocer un instante de inexplicable desolación. Y una duda se coló en el hueco existente entre sus dedos y la punta de las botas: ¿y si no encontraba la felicidad? Aquello lo hundió en la más desdichada de las muecas faciales que jamás había visto en su impecable espejo tallado.

Salió a la plaza de la catedral sopesando si el dolor que sentía en el pecho correspondía a la indigestión del desayuno rápido engullido en uno de los bares o a un mal mayor de carácter desconocido relacionado con su amargura particular. Agarró con ambas manos su cámara de fotos que, a falta de binoculares, completaba su atavío y masajeó disimuladamente su pectoral sin dejar de preguntarse las cuestiones más insólitas sobre su vida. En ese momento una imagen llamó su atención y hubo de sentarse petrificado en uno de los bancos de piedra de la plaza. El gran edificio de la catedral se mezclaba con el cielo y posaba majestuoso entre besos de rayos violáceos que se tornaban amarillos. Piedra oscurecida por la falta de luz del día; rayos tímidos del amanecer; caricias de amante. Y sus mejillas estremeciéndose de placer ante el calor de su propia agua salada. Dejó correr las lágrimas extasiado ante aquella hermosura. La cámara de fotos seguía colgada a su pecho, pero tal era la cantidad de sentimientos que asaltaban el corazón del Sr. Orato que aquel detalle le parecía superfluo en comparación con la inmensidad de lo que estaba experimentando.

Al tanto sus lágrimas se mezclaron con otros elementos acuosos procedentes del desconocido cielo. Había comenzado a llover y el Sr. Orato se relamía y saboreaba la lluvia como un loco. Levantaba los brazos y saltaba con auténtico gozo infantil. Sin percatarse de lo que lo rodeaba, se movía de un lado a otro, saltaba, reía, lloraba y se olvidaba de su propósito de la mañana, perdido en el momento aquel de sentirlo todo. Por fin después de cuarenta y pico años insípidos, había comenzado a vivir y aquel era su bautizo a esta vida, regalo de la mariposa. Al rato, comenzó a sentir cierta intranquilidad de nuevo y al observar las miradas de incomprensión y de burla de los transeúntes, adquirió una sospecha sobre sí mismo: estaba volviéndose loco. Y el terror comenzó a apoderarse de todo su ser. Y, mientras sentía el temor ante la vida y el que pudiera pensar su hermandad de humanos, mientras su conciencia lo hacía más vulnerable que nunca al ojo ajeno, una dicha particular, extraña, amarilla y violácea por su sabor dulce y amargo, le atrapó las entrañas y le habló telepáticamente de un gran amor que jamás abandonaría su interior.

(Continuará…quizás)

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