El Mundo Today

2011/09/20

Cena de Nochebuena

El sueño más impactante que puedo recordar lo tuve a los diecisiete años. Por aquel entonces, yo era un jovencito tan extremadamente tímido que para mí suponía un verdadero problema cualquier relación con personas desconocidas, convirtiéndose en un suplicio si se trataba de mujeres. Acababa de conseguir mi primer trabajo como camarero de fin de semana en el bar de un pueblo cercano al mío. El jornal era más mísero que escaso pero acepté el empleo porque me obligaría a entablar contacto con la gente, a superar mis complejos que en aquellos años paralizaban el ímpetu juvenil que aullaba en mi interior. Porque estaba hambriento de experiencias, ansiaba conocer lo que la vida podía ofrecerme.
No me equivoqué. A los pocos días mi encarcelado espíritu aprendió que no era tan complicado romper el hielo con un desconocido y empecé a acostumbrarme a las conversaciones triviales de taberna, a comentar jugadas de fútbol y manos de mus, a corear goles y protestar pitas.
Estos pequeños progresos espolearon mi audacia, tanto que decidí aventurarme en el misterioso y aterrador mundo femenino.
Ella era casi tan joven como yo. Pasaba gran parte de las tardes en la esquina de la barra, sentada frente a su interminable coca-cola y fumando un cigarrillo tras otro. Era bajita, no muy guapa, con una de esas melenas rubias cardadas que en aquel tiempo se estilaban en las discotecas, y un pequeño cuerpecito que albergaba más curvas de las que yo había imaginado que existieran en la realidad. Me recordaba a las heroínas de los comics de superhéroes galácticos, siempre embutidas en trajes elásticos que permitieran admirar su poderoso pecho, su cintura estrechísima, su cadera exacta.
Así era ella. O así la veía yo al menos. Las primeras conversaciones que entablamos, gracias a su iniciativa, naturalmente, fueron torpes y resbaladizas, sazonadas de mi rubor y de sus risas, pero poco a poco, tarde a tarde, fui tranquilizándome y empecé a disfrutar de su charla, de su pícara mirada, del movimiento de su cuerpo cuando saltaba de la banqueta hacia la máquina del tabaco.
Vivía sola. Acababa de emanciparse de sus padres, que se habían ido a la capital, y mantenía una relación con un novio con el que esperaba llegar a casarse.
Aquel año mi familia decidió pasar las Navidades fuera de la ciudad, en casa de unos familiares catalanes a los que todos adoraban menos yo. Hasta entonces nunca se me había ocurrido desvincularme de un proyecto de esta índole, ya que en mi casa se respiraba un ambiente muy tradicional y la Navidad era para pasarla todos juntos. Pero esa tarde le comenté a mi nueva amiga mis poco apetecibles planes brindándole, sin saberlo, la oportunidad que su traviesa mente esperaba. Apoyó los codos en la barra, sobre ellos su carita con esa mirada viciosa que me desvencijaba, y dejó caer su pecho sobre el mármol con un rebote que hizo vibrar su gimnástico canalillo y la piel de mi escroto.
-Podrías decirles que esa noche trabajas e invitarme a pasar una noche buena contigo en casa de tus padres. Estaríamos solos, ¿no?
No pude contestar. No me salió la voz. Un tartamudeo se me atragantó y, tras toserlo, asentí con la cabeza. Casi instantáneamente, la garra de la culpabilidad me atenazó el vientre pero, ¿cómo iba a negarme? Mentiría a mi familia, rompería la tradición navideña y llevaría a casa a una chica que además tenía novio; lo que fuera, pero mis manos me temblaban de ganas por explorar el cuerpo de esa especie de novia de Flash Gordon.
Fue una nochebuena sin cena. Yo era virgen, pero no iba a permitir que ella lo supiera, mi incipiente orgullito varonil me empujaba a simular una experiencia que no tenía.
Entramos en casa, cerré la puerta y la besé. Largamente, intentando olvidar la prisa y los nervios. Me arrodillé frente a ella, le quité las botas y le bajé despacio los pantalones escuchando cómo cambiaba su respiración. Eso me excitó tremendamente. Ella se apoyó en la mesa, se quitó con un movimiento la camiseta y el sostén, abrió levemente sus piernas e inclinó hacia atrás la cabeza. Yo, aún de rodillas, le di un beso suave en el muslo, justo al lado del borde de la braga. Miré hacia arriba y me abandoné en esa mirada a la belleza que se me ofrecía, a la heroína de cómic hecha carne, erguida ante mí, al suave e irregular movimiento de sus tetas, a la erección descarada de sus pezones. Dejé que esperara, que se sintiera recorrida por mi deseo, y sentí cómo ella lo recibía, cómo se abandonaba a la caricia de mis ojos, gimiendo quedamente y arqueándose muy poco a poco.
Apoyé mis manos justo al lado de su ombligo y la fui acariciando lentamente hacia arriba, hasta hacer suave presa en sus pechos. Ella gimió más fuerte y me miró. Era la primer vez que disfrutaba de los ojos humedecidos de una mujer excitada y sentí cómo crecía mi erección. Lo estaba haciendo bien, y me envalentoné. Cogí sus bragas por los bordes y las hice descender con lentitud, parando un momento en las rodillas. Calor, mucho calor. Un beso justo en la raíz del vello y ella que cierra ligeramente las piernas para que la prenda resbale y luego las abre más, con descaro, con el pubis alzado, mostrando y ofreciendo la belleza de su coño a mi boca. Parece que la estoy viendo, suspirando y gimiendo más fuerte aún al sentir el primer contacto de mi lengua, retorciéndose con la precaución de no alejarse de los labios, del calor, de la caricia suave y eléctrica que la hace sentirse envuelta y sumergida en su propia humedad, oyendo sus propios jadeos como si fueran de otra persona.
Apoyó sus manos en mis hombros y me empujó hacia el suelo. Me desnudó rápidamente, con decisión, expresando su prisa por ser penetrada, pero, de repente, se quedó quieta y se dedicó a observar mi polla erecta. La besó. Con tal suavidad que casi no sentí la caricia, casi la imaginé. Repitió el beso. Otra vez, pero con los labios un poco más abiertos. La besó de nuevo pero esta vez la pequeña presión hizo que mi glande resbalara un poco dentro de sus labios.
Y me corrí.
Sí, amigo, tontamente me corrí, de forma instantánea, incontrolable.
Escupió mi semen y un par de insultos. Estaba muy enfadada. Me llamó niñato y minutillo, y gritaba que la culpa era suya por liarse con meones, mientras se vestía con precipitación. Yo no podía reaccionar. Aterrorizado y muerto de vergüenza vi como daba el portazo y se iba sin poder articular una palabra.
El sentido del ridículo y el sentimiento de culpa se aliaron esa noche para ofrecerme un sueño que difícilmente olvidaré.
Yo veía a mi alrededor a toda mi familia: mis padres, mis hermanos, y hasta a los tíos catalanes a los que no había querido visitar. Estaban sentados en el comedor, en actitud de empezar a cenar, pero había algo extraño: el ángulo desde donde yo podía verlos, mi ubicación no era normal. De repente, entendí.
Estaba sobre la mesa, tumbado en una gran fuente y rodeado de un humillo de olor a tostado y una generosa guarnición de patatas y verdura. La cena era yo.
Mis familiares charlaban animadamente mientras mi madre empezaba a trincharme, dando explicaciones a los demás sobre cómo conseguir el punto de asado sin que la carne pierda jugosidad. Yo intentaba gritar, pero no podía. Tenía una manzana en la boca.
Tajadas de mi cuerpo iban distribuyéndose por los platos mientras mi hermana elogiaba las virtudes culinarias de mamá y yo descubro que a la cena también está invitada mi cardada amante, mi compañera de travesura, que saborea delicadamente un bocado especial: mi propio pene, empalmado de forma artificial.
-No le he metido bechamel para que no empalague -aclara mi madre-, el relleno está hecho con el hígado picadito y un poco rehogado.
Desde la fuente, mi cabeza ladeada observa cómo mi conquista chupetea dulcemente mi polla que cada vez se endurece más, y descubro que me excito y que siento sus labios a pesar de la amputación y el tueste. Gimo y muerdo la manzana, mientras mi verga en tensión da pequeños latigazos dentro de su boca que se dedica ya a chuparla entera, recorriéndola de arriba abajo una y otra vez hasta que no puedo más.
Empiezo a eyacular salvajemente y ella saca de su boca mi rabo y lo agita alegremente en el aire, rociando a todos de semen y trocitos de hígado que brotan de mi encabritado.



<< Penitencia    Reto nº 4>>

2011/09/18

Penitencia


Unos meses antes de hacer la Primera Comunión, los niños de mi clase íbamos dos veces por semana a la parroquia para que el cura nos diera catequesis. Un día me porté mal y me encerró en el cuarto oscuro, que no era más que una habitación con la luz apagada. Me quedé dormido y soñé que estaba en una plaza en la que jugaban un grupo de niños y niñas de mi edad. Las niñas se retiraron unos metros mientras que los niños formaban un corro y comenzaban a cantar esta canción:

“Examen de conciencia,
dolor de los pecados,
propósito de enmienda,
decir los pecados al confesor,
cumplir la penitencia
y a tocar, a tocar… ¡A Carolina!”.

Inmediatamente, apretaron a correr detrás de la tal Carolina; cuando la alcanzaron, le metieron mano por todos los sitios, ¡cómo se retorcía de gusto la viciosilla!
Carolina era la niña de la que yo estaba enamorado; mi primer amor platónico. Me desperté convencido de que ese sueño me lo había enviado Dios por haber sido malo.


<< Reto nº 3         Cena de Nochebuena >>

2011/09/12

Reto n.º 3

Envíame un sueño.
Entre los cientos de sueños eróticos que has tenido a lo largo de tu vida, seguro que ha habido alguno tan desasosegante que se ha quedado grabado en tu memoria para siempre, cuéntamelo.
Yo ya te envié uno de mis sueños en la primera carta, pero cumpliré mi parte del reto y te mandaré otro.


<< Beatriz y la espuma          Penitencia >>

2011/09/08

I saw a Pretty Girl

I saw a pretty girl.



She didn’t listen



to what I had to say.



She just got up then



and walked far away.



To where I don’t know!



Somewhere else I suppose!



Off she popped to a place



where another beautiful face



sat waiting for her expose.



Beautiful faces are just



wanting faces in quiet places.



Beauty within is more than lust.



So that pretty girl



can just fuck off to Boots



for some moisturiser,



dye for her dying hair



and age stopping fertiliser.

LAW AND ORDER

With the proper order of things



a pigeon flies in and out of a coffee shop



secreting and excreting things without a secret.

2011/09/07

El motivo (microrrelato 25)

En la aduana el guardia de fronteras le preguntó cuál era el motivo de su visita.
--Turismo --le soltó.
Por primera vez el guardia lo miró fijamente a la cara, durante unos ocho segundos.
--No me parece un turista --dijo mientras le sellaba tres meses--. Más bien un viajero.
¿Cómo no iba él a quedarse en un país así?

2011/09/05

Beatriz y la espuma

La mayor de mis obsesiones sexuales, la escena que más veces se repite en mis fantasías la protagoniza una antigua compañera de trabajo en una productora en la que estuve hace unos años. Su nombre era Beatriz.

Era alta y esbelta, con una figura no perfecta, pero sí impactante. Una de esas mujeres que al principio te choca, cuando te fijas más te decepciona y cuando insistes en la observación descubres que tiene mucho que lucir.

Su culo era tal vez un poco pequeño, no del todo armónico con la bella espalda que exhibía con sus audaces escotes traseros pero, eso sí, respingón y travieso, dotado de ese movimiento de escolapia inquieta que delata su presencia justo cuando se va.

La cintura era delgada pero algo sosa de curvas, y no habría llamado la atención de nadie de no ser por su función de enlace con los pechos más soberbios que en mi vida he contemplado; dos melones enhiestos con el botón justo en lo alto, temblorosos y altivos, siempre inquietantes bajo la gasa de las leves camisas con las que se atrevía a lucirlos sin el sujetador que, por la edad y el tamaño, parecería prenda necesaria. Esas increíbles tetas pasaban ya de la treintena y habían amamantado a dos hijos, pero se resistían a rendir su turgencia y se mantenían dulcemente erguidas en su potencia, majestuoso y vibrante altar de mi lujuria.

Destacando bajo su rizada melena, los enormes ojos negros de Beatriz se fijaron en mí desde el primer día y no hubo jornada laboral en la que su dueña no me obsequiara con algún comentario, dulces e inocentes flirteos con trastienda húmeda y caliente.

Pronto me rendí al encanto de aquel cuadrilátero mágico delimitado por sus ojos y sus tetas y, poniéndome a sus pies, le declaré mis honrosas intenciones de comérmela enterita. Ella me confesó que no existía nada que deseara más, pero que su fidelidad, no tanto a su figura de esposa como a la de madre, nos impedía mayor acercamiento.

Insistí, cortejé, imploré, pero nada me valió.

Desde entonces la imagen de aquellos dos tiernos infantes a los que nunca vi constriñó mi mente como un cilicio, y se afianzó de tal manera en mi pensamiento, como valladar a mi deseo, que pasaron a formar parte activa de mis más recurrentes fantasías onanistas.

Te cuento una. Se desarrolla en la cocina de Beatriz.

Ella friega los platos de espaldas a mí, con las manos sumergidas en la espuma del detergente. Lleva forradas sus piernas con unas mallas y la cintura liberada de una cortísima camiseta que encabrita su tieso pecho.

Los dos niños, sentaditos en dos sillas altas, engullen papilla y observan cómo yo me acerco a su madre por detrás y dejo posar suavemente mis manos en su cintura. Ella sigue fregando mientras acaricio su ombligo; los nenes comen. Conforme mis manos dulcemente trepan por la piel, la espuma del fregadero crece, la papilla bulle.

Alcanzo por fin mi meta y las yemas de mis dedos rozan los pezones, que se enervan al compás de la espuma. La madre se retuerce, gime temblores en sus tetas y yo, ya imparable, las poseo a manos llenas.

El fregadero rebosa de espuma, Beatriz se corre como una loca entre mis manos y los niños nos lanzan cucharadas de papilla mientras yo eyaculo.


<< Catarro infantil       Reto nº 3>>

2011/09/04

Here I am on the computer

Here I am on the computer


In Microsoft word with a paperclip


In the corner giving me advice.


My only wish is a future


Where my voyage turns to paper


And silent ideas can’t slip


as love floats by like a feather


Where once she had weight.


She was a feeling of crystal


so true like the smell of new


Leather in the nether world


Of dreams and sex pistols.


2011/09/03

Catarro infantil

En el tercer año de carrera conocí a una mujer de treinta y dos años que me desvirgó. Mi relación con ella fue lo más parecido a una drogadicción; estaba todo el día empalmado pensando en su cuerpo. Su raja era mi patria, mi universo y mi dios. Tal era mi encoñamiento que, cuando pasaba una temporada sin verla, sufría calambres de deseo en las piernas.

Lo curioso es que a ella le ocurría lo mismo conmigo; me decía que su marido era un eyaculador precoz, que siempre la dejaba con las ganas y que desde que habían tenido un hijo apenas la deseaba. Quería saciar conmigo toda el hambre que había acumulado a lo largo de su matrimonio y se daba auténticos atracones de polla. Lo que sentía por mi picha más que obsesión era devoción.

Creo que no me la tiré ni una sola vez; era ella la que se me follaba: me vampirizaba, me comía vivo. Cuando nos apareábamos, su cuerpo semejaba un amasijo de pirañas hambrientas y el mío, la carnaza.

Nuestro problema radicaba en que apenas teníamos oportunidad de vernos. Ella era la secretaria de su marido, por lo que iban y volvían juntos del trabajo. Y como tenían un hijo de pocos meses, el buen hombre, que era un padrazo, el tiempo que no estaba en la oficina lo pasaba en casa con la familia.

Hasta que llegó el invierno, el más caliente de mi vida. Su hijo se constipaba continuamente y ella, con la excusa de cuidarlo, se quedaba en casa, lo que yo aprovechaba para visitarla.

Como un polluelo espera, con el pico desmesuradamente abierto, la llegada de su madre con la comida, así me recibía ella, con las piernas separadas y el coño abierto, ansiosa de que mi picha le echara de comer.

Un día me confesó la causa de la mala salud de su hijo: por las noches sacaba la cuna con el niño al balcón para que se acatarrara.

Nunca intenté disuadirla.


<< Reto nº 2           Beatriz y la espuma >>


2011/09/02

Once again it’s raining

Once again it’s raining.

Now I’m complaining.

I must have a screw loose.

The world has become obtuse.

I think I’ll look for a Philips screwdriver

And be a neurological deep sea diver.

One by one I’d unscrew them all

And watch them hit the floor as they fall.

I’d unhinge the top of my skull then

And look at my grey brain between where and when.

I’d take a little bow and watch it tumble down.

Onto the floor it would fall. I’d kick it hard against the wall.

I wonder could I speak then or in my head make a noun.

Maybe then I wouldn’t be able to think or worry ‘bout things at all.


Ayatolas, no me toquéis la pirola


En estos tiempos tan políticamente correctos y lingüísticamente necios, en los que no sólo cualquier imbécil se cree con derecho a ofenderse por cualquier gilipollez, sino también lo más importante es impedir a toda costa que cualquier imbécil se ofenda, yo añoro las libertades de expresión y pensamiento perdidas, cuando los Siniestro, ¿recordáis, oh decrépitos?, osaban declararse nada menos que enemigos de Alá y, lo que probablemente sea aún peor, decían que no les gustaba el jazz. Yo hago míos estos geniales versos; y es que qué más se puede añadir, salvo la vindicación del derecho inalienable a blasfemar. ¡Me cago en Dios!

Sólo vine a comprar pan
--a mí todo me sale mal--,
sólo vine a comprar pan
y me enseñasteis el Corán.
En el desierto me verás
bailando el cha-cha-chá (sha-sha-shá).
Soy un enemigo de Alá,
no me gustan la rumba ni el jazz.

2011/08/27

Reto n.º 2

Lee esta cita de Céline:
Lo único terrible en nosotros y en la tierra y en el cielo acaso es lo que aún no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que no hayamos dicho todo, de una vez por todas, entonces quedaremos en silencio por fin y no tendremos miedo a callar. Listo.

¿Estás de acuerdo? ¿Sí?
Entonces confiésame tu mayor secreto: ese recuerdo o fantasía que nunca te has atrevido a contarle a nadie.


<< Los libros          Catarro infantil >>

2011/08/26

A City Corner

At a busy business corner


In a hectic city


I sat and observed.


On the street I observed the yellow


Chris-cross patterns where cars don’t stop


And people dangerously rush across


As I continually observed and cars swerved.


A suited man with pink tie crossed as I could imagine


The jeep to match his tie. He rushed across with mobile


Attached to his middle ear and his lap top weighing


Him down. Alone he was running over the dead yellow


Chris-cross patterns resembling his soul, unnoticed,


Never exposed in living colour as we all rush to


Desire’s meeting place far away.


Straight in front of me was a telephone kiosk that said


Pay by coins or card. A heart walks never to stay


Or lay as a rock as lard drips off a rich man and


The poor man stares back like a skeleton trapped in


His bones. We’re all displaying a fever about nothing


As the soul unnoticed tries to find its way, always


Asking for something to say in the bend and wind


Of our life’s inhaling traffic and the wailing price


We have to pay to walk, run and talk


With our fellow man.


2011/08/23

Los libros

Te advertí que mi fetiche era un tanto extravagante, júzgalo tú mismo: me excitan los libros o, para ser más exactos, el olor de los libros nuevos.
Mi fijación parte de una escena que contemplé a mis ocho añitos. Sucedió a comienzos de curso, acababan de llegar los libros de texto nuevos y la maestra nos pidió a varios niños que la acompañáramos al almacén para ayudarla a distribuirlos por asignaturas. Mientras realizábamos la tarea, envueltos en el tufillo a pegamento que desprendían los libros, la maestra se subió a una escalera y pude verle las bragas; pero lo que de veras me impresionó fue esa masa oscura que se adivinaba tras la tela y esos pelillos que se escapaban por los bordes. Yo no sabía que las mujeres tenían pelos en la pocheta y ese descubrimiento me produjo tanta excitación como desagrado.

Desde aquel día, el olor de los libros nuevos es la llave que abre el cajón de mi memoria en que guardo ese recuerdo, y su apertura me produce siempre unas vibraciones muy turbadoras en el perineo.
Hasta el momento, mi pequeña perversión bibliófila no me ha inducido a cometer ninguna tontería (que haya estudiado Filología no es consecuencia de ese fetichismo sino más bien de mi propensión a la necrofilia), salvo la de comprarme algunos libros que no me interesan nada sólo porque desprenden un intenso olor.

Por ahora no me ha dado por endilgársela a ningún libro por el cajo, pero no desespero; he notado que con la edad, que cancera todos los sentimientos, mi perversión está mutando y ha adquirido matices nuevos.
Un ejemplo. Hace unas semanas, mientras ordenaba mi biblioteca, se me cayeron varios libros al suelo. Cuando fui a recogerlos, observé que dos de ellos habían quedado en una postura bastante erótica, con sus páginas entrelazadas como si estuvieran abrazándose. Uno era El coño de Irene, de Louis Aragon y el otro, Camino, de Josemaría Escrivá. Esta coincidencia me hizo mucha gracia y me inspiró un juego que inmediatamente puse en práctica: reproducir las posturas del Kamasutra utilizando parejas de libros complementarios, tales como: El capital, de Marx y El necrófilo, de Wittkup; Dos agujeros, de Jameson y El amante bilingüe, de Marsé; El bajel de las vaginas voraginosas, de Bras y Las once mil vergas, de Apollinaire.
Este entretenimiento nos produjo mucho gustirrinín, a mi hermanito calvo y a mí.

Sé que a estas alturas de mi narración pensarás que te estoy tomando el pelo, pero tengo un documento que certifica la veracidad de mi historia: acabo de escribir un cuento erótico para libros. ¿Quién sino un fetichista de mi calaña podría crear un engendro semejante?
Te lo envío para que veas que no te he mentido।






Cuento erótico para libros



Hasta que la conocí, mi vida era más aburrida que un diccionario de rimas; no se imaginan lo triste que puede ser la existencia para un refranero español residente en una biblioteca pública। Mis días transcurrían en un anaquel de la sección de etnografía, flanqueado por Manu y por Flor: un manual de tradiciones populares y una floresta de frases proverbiales. Eran dos buenos chicos, pero esta clase de compañeros no podían satisfacer los anhelos de alguien que lleva escrito en su interior: “Más vale un día de amores que estudiar cien años entre doctores”. Yo ansiaba intimar con un bello ejemplar de piel suave o con uno de esos sonrientes volúmenes de cubierta rosa.
Y, por fin, un día mi sueño se cumplió; un chico de gafitas redondas y pelo revuelto me sacó junto con una antología de la literatura española. Era un ejemplar precioso. Cuando la vi, casi pierdo los papeles. Estaba encuadernada en piel carmesí jaspeada con cuatro nervios y tenía el lomo estampado en oro y los tejuelos verdes. ¡Por Gutenberg que en mi vida había visto unos tejuelos tan bellos!
No me podía creer que esa maravilla bibliográfica estuviera junto a mí en la penumbra de una mochila. “Ocasión perdida, ocasión ida”, pensé. Así que compuse un poco mis páginas y me presenté:
-Hola, me llamo Refranero popular español, ¿y tú?
-Antología de la literatura española.
-Encantado de conocerte -le dije besándole la portada.
Su olor a ejemplar joven, recién salido de la imprenta, me produjo un cosquilleo en el prefacio e hizo que mi timidez desapareciera ante la fuerza de mis instintos. “Amor que no es algo loco, logrará poco”, me dije, y le abrí mis páginas de par en par por el capítulo dedicado al amor.
-Gran hechizo es el amor, no lo hay mayor -le dije- y desde que te he visto estoy hechizado por ti. Estoy enfermo y sólo tú me puedes curar, porque la llaga del amor sólo la cura quien la causó.
La antología se quedó tapiabierta. Cuando se repuso de la sorpresa, me dijo:
-¡Ah! Callad, por compasión;
que oyéndoos, me parece
que mi cerebro enloquece
y se me arde el corazón.
Esta negativa me pareció una invitación. Me abalancé sobre ella, la estreché entre mis cubiertas y comencé a encuadernarla con besos. Ella se entregó, con las hojas temblorosas musitó:
-Déjame acariciarte lentamente
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad un continuarte
de ti mismo a ti mismo extensamente.
Lentamente le introduje extensamente el índice en el prólogo mientras ella me acariciaba el apéndice con su epílogo.
-¿Quieres que practiquemos la poesía oral? -me preguntó.
-La tradición oral es mi especialidad, florilegio mío, -le respondí.
Nos abrimos por la página 69 y disfrutamos de nuestro conocimiento de la lengua.
-¡Viva la lengua española! -exclamó fuera de sí, y añadió: ¡Échame un polvo!
Estas palabras erizaron mis guardas. Nada me excita más que un toque de vulgaridad en un libro refinado. La antología se dio cuenta de su abandono y puntualizó:
-Polvo será, mas polvo enamorado.
Me abrí por la introducción y extraje mi guía de lectura completamente enhiesta. Ella se quedó extasiada ante su tamaño, acariciándomela golosamente ronroneó:
-¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
-El caballo grande, ande o no ande -repuse.
Le interpolé la guía entre un opúsculo y un soneto con estrambote y cabalgué con brío sobre su lomo. Ella intentó calmarme:
-Detente, amor. No infundas ese aliento
tan rápido a las brisas. Aminora
un poco el paso. Da a tu movimiento
un nuevo ritmo ahora.
-Ya sé que pasito a pasito se va lejitos, pero es que estoy como un libro de motos -me excusé, y apenas pronuncié estas palabras, mi tinta se corrió।
-Lo bueno, si breve, dos veces bueno -dijo para tranquilizarme.
-Compréndelo, a gran subida, gran descendida; pero no te preocupes, que quien no cae no se levanta.
Mi guía se encabritó de nuevo y volví a interfoliarla. Esta vez nos compaginamos perfectamente. Ella susurraba:
-¡Qué bien cubres mis ámbitos! Sus muros
¡cómo me los ensanchas y los llenas!
¡Qué pleamar, qué viento acompasados!
La interfoliación fue apoteósica: nos plegamos, nos enlomamos, nos trashojamos, nos paginamos, nos encolamos y finalmente, desparramamos nuestros engrudos a la vez.
Exhaustos, nos tendimos boca arriba y permanecimos en silencio durante lago rato.
-Me gustas cuando callas porque estás como ausente -le dije.
-En boca cerrada no entran moscas -respondió.
Y es que dos que duermen en el mismo colchón terminan siendo de la misma condición।
Nueve meses después tuvimos una antología de la literatura popular que, por suerte, no era incunable.
<< Heidi           Reto nº 2 >>

2011/08/21

Heidi

Pues sí, lo has adivinado: tengo un fetiche oculto.
Te voy a contar una historia que he sufrido y gozado en mi propia carne. Es tan increíble que nunca se la he contado a nadie por temor a que piensen lo mismo que tú cuando acabes de leerla: que soy un embustero; pero te doy mi palabra de que es completamente cierta. Vamos, que te lo juro por Santa Heidi del Tirol y por la Virgen del Carmen, que son para mí lo más sagrado.
Ahí va.

Cuando yo tenía seis años, las calcomanías estaban tan de moda que prácticamente no había marca de chicle, frutos secos o pastelitos que no incluyera alguna como regalo. Los niños de entonces parecíamos yakuzas de tantas como llevábamos en el cuerpo.
Un domingo por la tarde, me compré un pastelito para merendar y dentro de la bolsa me encontré una calcomanía de Heidi. Mientras pensaba dónde colocármela, me entraron ganas de hacer pipí y entonces se me ocurrió la peregrina idea de pegármela en la colilla. Tal y como lo pensé lo hice: comencé a ensalivarme el pitilín, que con el masajillo se convirtió en pitilón, y me tatué la dulce Heidi en la tersa piel de mi falete erecto. Pero todo lo que sube baja; el pepinillo se puso lacio y el rostro de mi ídolo se llenó de arrugas, envejeciendo ochenta años en pocos segundos.
Tal fue mi terror al ver su cuerpecito menguante aprisionado entre pellejillos, que decidí resucitarlo a golpe de manubrio.
Entonces observé un fenómeno curioso: gracias al movimiento de unos pliegues estratégicamente situados, Heidi parecía guiñarme un ojo y sonreírme maliciosamente. Esto hizo que proyectara hacia la figura de la niña esa picazón tan agradable que hasta aquel momento era producida por razones puramente mecánicas. En ese instante, descubrí el erotismo y, unos minutos después, me corrí (en seco, claro) por primera vez. Sorprendido por la catarata de sensaciones que acababa de descubrir, me escondí en un edificio en obras y estuve toda la tarde dale que te pego, experimentando.
Desde ese día, Heidi quedó indisolublemente unida en mi mente con el sexo. Me bastaba ver su imagen para que mi pene alzara su cabecita, como Niebla al oír la voz de su ama.
Pasaron los años y la pequeña tirolesa continuó siendo la musa inspiradora de mis sueños eróticos. El asunto puede parecer hasta cómico; pero, a partir de los quince años, adquirió un cariz dramático para mí. A esa edad, por razones que sería largo explicar, ingresé en un seminario para estudiar bachillerato y con la intención de convertirme en sacerdote.
No hay ducha fría, ni amenaza del infierno, ni sentimiento de culpa capaces de doblegar el ímpetu de una picha de quince años, y, cuando mi cabeza pequeña se llenaba de sangre, mi cabeza grande se llenaba de Heidi. Jamás me atreví a decirle al confesor mi pecadillo; si masturbarme ya me causaba bastante vergüenza, me resultaba imposible confesar que lo hacía pensando en un dibujo animado que, además, era una niña. En consecuencia, todas las veces que comulgué lo hice en pecado mortal y, por lo tanto, cometiendo sacrilegio.
Me sentía como un pecador infecto irremediablemente condenado al infierno y tan impuro que me parecía que profanaba los objetos sagrados cuando los tocaba. ¡Si hasta me daba vergüenza mirarle a los ojos a Cristo crucificado! Pero lo peor aún estaba por llegar.
Durante la temporada de comuniones me encargaron que fuera a la Catedral de la Redonda a echar una mano. Al pasar frente a uno de los altares laterales, vi una escultura de la Virgen del Carmen que me dejó sobrecogido por la belleza de su rostro, pero sobre todo por su pose deliciosamente provocativa, con el cuerpo arqueado, el pubis adelantado y las manos abiertas, como diciendo: “Ven, tómame”. Tuve una erección instantánea, la más rápida que recuerdo haber tenido en mi vida.
Me alejé de allí tratando de olvidar lo ocurrido y pensando que el artista había esculpido la talla influido por Satanás; pero mi inconsciente, otro esbirro de Lucifer, no lo olvidó. Mezcló recuerdos, añadió obsesiones, las agitó bien y esa noche me sirvió en mis sueños un cóctel infernal.
Soñé que me estaba poniendo un preservativo que tenía dibujada la imagen de la Virgen del Carmen; pero me lo puse al revés y la imagen quedó grabada en mi pene.
En la siguiente escena de mi sueño, yo era un sacerdote que estaba oficiando la primera comunión a cinco heidis vestidas al efecto. Por una abertura de mi casulla sobresalía, espléndido, mi pene erecto con la figura de María tatuado en él. Las heidis, por turno, se arrodillaban frente a mí y, a modo de Eucaristía, me daban unos lametones en el glande.
Al igual que las sacerdotisas paganas tenían la obligación de mantener encendido el fuego sagrado, la misión de estas pequeñas parecía ser mantener vivo el ardor de mi verga para que la imagen sagrada no se marchitara.
Alcé la vista y vi a la Virgen del Carmen sobre su pedestal, con la túnica levantada, ofreciéndome su sexo apenas cubierto por una minibraguita blanca y transparente. En ese momento, me desperté con una erección de caballo, me masturbé imaginándome que mis cinco dedos eran las heidis y, después de eyacular, tomé la decisión irrevocable de abandonar el seminario.
Todavía pasé una temporada llena de remordimientos y de comeduras de coco; pero, finalmente, acabé reconciliándome conmigo mismo, e incluso he sabido sacar partido de mis obsesiones. Tuve una novia austriaca que en cada orgasmo me obsequiaba lanzando al aire el grito tirolés y, como sabes, trabajo en una productora de dibujos animados.


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Los libros

2011/08/19

Rioja



In white flashes


you live the Rioja dream.


Well past a sunbeam


you feel the pull, the shock


as a bull pierces your skin.


Within you feel its blood,


under a hood you touch every grape,


try to give it a name in its natural shape


and you then eat a meal with a thought you can't feel.


Eels swim in the rivers of your body


to close the dream permanently for one moment


and you wake up in morning with the scent


of a head you can't heal.


THAT'S BLOOD AS IT LEAVES YOUR BODY


2011/08/17

A Sea Anemone and I in a bar in Germany

Look over there

at that corner of the ocean!

We tried to name it:

We classified it in Phylum Oceania

or some shit like that.


Now I wonder did that

sea anemone over in the corner, cares

or bothered to even see me.


Under his blue ozone stealth

over urban wealth I heard a call.

It wasn't lreland! There was no "last orders".

We were in Bavaria looking for the ocean I think.

I said to myself I would drink to this sea anemone's

health.


I raised my glass

and cheerfully voiced out: "PROST!!!"


There was a long silence in the bar.

Mind! I was Irish and rather drunk.

Norm from Cheers would be proud

but not as loud.


At last he answered.

It was awful.


Red faced and vexed he shouted: "FUCK OFF!!!!"

If I was sober and my friends on earth were not over fishing cod
I'd understand why.

2011/08/15

Reto n.º 1

De las múltiples caras del erotismo, una de las que más me cautiva es el fetichismo. Me fascina el hecho de que las personas, que somos amos absolutos de las cosas, de pronto nos sintamos subyugados por un objeto o imagen hasta el punto de que nos excite tanto o más que el cuerpo de otra persona.

¿Tienes algún fetiche? Seguro que sí, pillín. Pues me lo vas a tener que contar, porque el primer reto consiste en que revelemos nuestros fetiches predilectos y, además, con toda suerte de detalles: describiendo sus características, posible origen, tonterías que hemos cometido por su culpa…
No temas hacer el ridículo al desvelármelo; te aseguro que por muy extravagante que sea tu fetiche, el mío lo es mucho más. Ya verás...


LoboTOMASízate de vuelta al post anterior
Reto Nº 1 ACEPTADO
 

Lobotomías 3

Retorcido amigo:
Tu historia del sandwich de macarrillas con golfilla en su jugo me ha estremecido. Esa mirada húmeda, esa lengua asomando por el extremo de los labios, esa tocata para órgano a dos manos, ese infante sufriente consiguieron lobotomizarme; sentí el fogonazo mental del que me hablabas. La historia estalló junto a la cárcel cerebral donde tengo encerrados a mis demonios y consiguió abrir una brecha en sus muros. Por ella se escaparon algunos de los prisioneros, que parrandearon por mi mente refocilando a unas neuronas y fustigando a otras, y esto me gustó.
Me parece una excelente idea la de que te tomes un descanso de tanto cuentito de niños, por teléfono tu voz estaba empezando a parecerse a la de esa presentadora de programas infantiles.
Por otra parte, tu invitación me place. No te equivocas, a pesar de que nunca te lo había comentado: mi despensa mental bulle morbosamente, la divina Deneuve no está sola.
¿Quieres vicio? Pues juguemos. Excavemos en el vertedero de nuestros cerebros, en esa zona recóndita y fangosa donde arrojamos las obsesiones ocultas, las miserias, los recuerdos dolorosos, las insatisfacciones, los vómitos que nos han producido nuestros más íntimos apetitos y nuestros delirios masturbatorios. Reciclemos ese material para fabricar bombas mentales: historias que resquebrajen las paredes de la cárcel cerebral del otro para que se escapen los demonios que están encerrados en ella.
En esta labor de demolición nos puede ayudar saber que todo lo que seamos capaces de imaginar ya ha sucedido alguna vez. No me cabe la menor duda de que entre los miles de millones de personas de toda calaña que han habitado sobre la tierra, en algún lugar del mundo y en algún momento de la historia alguna de ellas ha realizado alguna vez cualquier acto que podamos imaginar, por monstruoso y extravagante que nos parezca.
Mas, si nos ponemos a jugar, que sea en serio. Todo vale. Y vale más si se adentra en el terreno de lo transgresor, lo prohibido y lo incorrecto. Y como todos los juegos necesitan una tirada, las tiradas del nuestro serán los retos: cada uno podrá retar al otro a escribir sobre cualquier tema. El retado y el retador deberán escribir sobre dicho tema y todos los retos serán aceptados.
En este viaje que vamos a emprender al rincón oscuro de nuestro jardín, los retos serán el punto de partida y las estaciones.
Sí señor, me gusta el juego. El cerebro es uno de mis dos juguetes corporales preferidos y me gusta jugar en pareja con ellos. Ya he organizado una división de neuronas zapadoras y un comando de neuronas subversivas e incluso he reclutado para la causa a un par de espermatozoides cosmopolitas que vagaban por mi cerebelo. Cuando hayan fabricado las primeras bombas, las lanzaré sobre tu república de neuronas. Espero tener buena puntería y que sus explosiones te duelan dulcemente en lo más íntimo.
Y como estoy de mano, abro la partida: muevo ficha y te mando el primer reto.
Un abrazo.


F.

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2011/08/10

Lobotomías 2

Querido amigo:
Lamento de veras no haber podido disfrutar de un par de noches de fiesta a tu lado, pero quien manda, manda y la productora me está volviendo loco con el último guión. Crear series de dibujos animados no es tarea fácil; he de sintonizar con la mente de los niños, seducir su espíritu inquieto sin inquietar a los mayores y, al mismo tiempo, sintonizar con éstos en su aburrido empeño didáctico sin aburrir a los primeros.
Menos mal que cuento con la afortunada intervención de algún amigo que me ayuda a desasosegar la calma chicha de mi adiestrada mente de fabulador infantil con la narración de sus perversos sueños. Has de saber que acertaste de lleno, cosas del azar, y te colaste en mi último escenario literario.
Estoy trabajando en un episodio navideño plagado de casitas blancas y renos saltarines y un ejército de belles de jour han tomado al asalto el inocente paisaje nevado en el que mi mente fabulaba.
He de perdonar, no obstante, tu intromisión por el placer que obtuve leyendo tu relato. Hay en él una extraña ambivalencia de sentimientos que no sólo me resulta familiar sino que ha ocupado mi pensamiento de forma obsesiva durante unos años hasta que, por exigencias de mis quehaceres literarios, hube de pastorear a buen redil todo mi rebañito de duendes húmedos.
Me dices que no sabes qué voy a pensar de ti por confesarme tu sueño. ¿Escandalizarme? Desengáñate, no existe una línea divisoria entre mentes perversas y mentes bien pensantes, esa frontera está en cada uno, en todos sin excepción. Es la barricada interna con la que intentamos defendernos de los innombrables seres que habitan nuestras más oscuras estancias. En el sótano, maltapiado y con fisuras, todos albergamos a unas criaturas gelatinosas y encorvadas, cubiertas de un vello húmedo y eléctrico, apéndices tersos y vibrantes que se yerguen desafiantes, y hambrientos orificios musgosos y calientes con un fondo tan profundo que nos comunican con la noche de los tiempos.
Y no son hostiles, no lo son, a pesar de su aire depravado y sucio. Su repugnante aspecto es tan sólo la consecuencia de tantos años, de tantas generaciones de reclusión. ¿Qué oculto prisionero podría mantener su porte elegante en un oscuro agujero, qué parte de su anatomía o de su mente podría salvarse del deterioro de no pisar la superficie ni respirar la luz?
Nuestros privados demonios no están tan alejados de nuestros ángeles. De hecho, caminan juntos a menudo. Recuerdo la primera vez que me enamoré. Yo estaba en cuarto de EGB y ella estudiaba en la escuela femenina cercana a la mía. Era tan bonita… rubia, de ojos azules y cuerpo de niña aún. Mi amor era platónico y perfecto, no imaginaba nada que pudiera mejorar el placer de seguirla de lejos cuando salía de clase, pisar sus pasos e imaginar una limpia familia a su lado.
Una tarde, en la oscuridad del cine de la catequesis, oí a alguien quejarse en la fila detrás de la mía. Me volví para descubrir que era mi ángel, entre dos macarrillas del barrio con las manos bajo sus bragas.
Al volverme, ella cruzó su vista con la mía. Tenía los ojos entreabiertos y húmedos, y su lengua asomaba en un extremo de sus labios. Era la primera vez que me miraba.
Muchas veces me masturbé llorando mientras pensaba en esta escena, experimentando un placer cercano al masoquismo. Esta sensación se grabó tan hondo en mi cerebro que, cada vez que he vivido, o me han contado, o he leído o he visto en el cine una historia, me ha provocado un efecto similar, lo he atesorado en mi memoria como una joyita.
Supongo que los psicólogos le habrán puesto nombre a este tipo de sensaciones; pero yo las llamo lobotomías porque me parece que esta palabra es la que mejor expresa ese estallido que se produce en la mente cuando chocan y se mezclan en ella lo placentero con lo desagradable, la sacudida que sufrimos cuando nos aguijonean ese tumor mental, ese amasijo de monstruos tumefactos.
Como ves, no eres una rara avis, yo creo que todas las personas han sentido alguna vez ese placer malsano; el horror, el dolor y lo monstruoso, como el pecado, suscitan una extraña fascinación.
Durante un buen tiempo he dejado apartada mi colección de perversiones lobotómicas por su incompatibilidad con los relatos infantiles que he de generar cada día y en los que provocan ciertas interferencias inapropiadas para la moral de los padres de mis pequeños clientes, pero estoy dispuesto a tomarme unas breves vacaciones si tú, buen amigo, me proporcionas material fresco. Uno se cansa de comer siempre en casa, y estoy convencido de que tu despensa esconde buenas viandas.
A cambio te ofrezco un paseo por los oscuros rincones de mi dulce matadero personal. Tengo colgadas a secar unas cuantas piezas que seguro serán de tu gusto.
Quedo a la espera de tus noticias.
JC